Las técnicas de un chileno para seducir a un gringo

De puro copuchenta Roberta captó un caso de estudio en un bar.

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En un momento en que le dimos pausa a una conversación muy entretenida, reparamos con unos amigos en que al gringo -con cara de ¡aquí estoy ¡- se encontraba sólo en la mesa de al lado y hace rato que un chileno se lo estaba joteando de lo lindo. Somos copuchentos… otra de las virtudes Bicentenarias. Así que mientras seguíamos conversando entre nosotros, disimuladamente cada uno prestaba oreja a lo que estaba pasando al lado.

El chileno era canchero, seguro, bien plantado –se le notaban los viajes de estudio transandinos-, con pinta de tener “al menos” un sueldo reguleque. Comenzó hablando en inglés; que sonaba bastante pasable entre el ruido del happy hour, y siguió, parece a petición del gringo en spanglish; seguramente para practicar el idioma.

Como ya, entre nosotros nos habíamos puesto al día y la cosa prometía – como material de estudio quiero decir- le pusimos toda nuestra atención a la escena que se desarrollaba en la mesa contigua. En el grupo habían, periodista, socióloga, actriz, psicólogo con ganas de pegarle el palo al gato, pacifista, vegetariano, la artista que nunca falta y otros especímenes. Estaba tan bueno el asunto que casi juntamos las mesas. Porque el joteo pasó a engrupimiento formal y el gringo estaba fascinado. Cómo todos habíamos sido seducidos más de alguna vez, queríamos evaluar la técnica. ¡Y el tipo era pésimo! pero pésimo; malo, malo.

Porque me imagino que no habrá mayor diferencia entre el joteo hombre-mujer y viceversa que con la seducción hombre-hombre, mujer-mujer. Joteo es joteo. Los mismos lugares comunes, frases cliché, sonrisas seductoras, miradas idem; más otras de soslayo – de ésas como quién no quiere la cosa, pero que de repente se sostienen-, rozar la mano como al descuido; al prender un cigarro o acercar una copa, disculparse…atacar de nuevo, cruzar las piernas, descruzarlas, rozar por accidente el pie, disculparse, tocarse el pelo, jugar con los aros, conducir la mirada hacia el cuello -sin sacar los colmillos-. Servir más vino, u otro trago sin preguntar, y disculparse. Escuchar, no interrumpir, reír de los chistes. Ser irreverente, exótico, progre y políticamente incorrecto en la justa medida…Lo clásico.

Pero pasado el tiempo, cuando finalmente decides formalizar la relación te preguntas ¡qué le pasó! si era tan encantador, simpático, mundano, hasta sexy, atento, oía todo lo que le decía, acotaba en consecuencia, celebraba “todos mis encantos”, tierno, cariñoso…un mix de warrior con osito de peluche. Le pasó que cuando todo era perfecto te estaba joteando y que las cosas ya se salieron de control y que producto del largo tiempo que llevan juntos las cosas inevitablemente cambian.

Pongámonos serios, volviendo al gringo -que a estas alturas estaba listo para el matadero- entregado, devolviendo unas miradas cada una más aterciopelada que la otra. Llegamos a la conclusión que el chileno era muy novato, había estado encerrado mucho tiempo.

El sabor local, ésa mezcla de perturbadora incompetencia, meter la pata, darse cuenta tarde, disculparse aún más tarde –sin saber muy bien de qué, porque para mi mamá soy perfecto- y cagarla la otra vez. Con un desempeño de área más o menos; pero empeñoso, la advertencia elegante de si la c. me avisa. Así como decir un chiste muy malo o nada que ver entre medio, convertir lo que podría haber sido un éxito en fracaso. Tener la pinta del medio galán con la voz de Luis Miguel cuando no está cantando.

Pudiera suceder, que por andar chaqueteando, pelando y no apreciar el producto nacional, éstos gringos se lo lleven, le cambien la denominación de origen y tengamos escasez de jotes tiernos. ¡Oh cielos, qué horror…que el SAG no lo permita nunca!