El clítoris no se come y la clamidia no es una flor

Rodrigo Jarpa nos cuenta cómo se inició en el su área y nos aclara todo sobre la clamidia.

El otro día mientras leía el texto que adjunto más abajo, me acordaba de mis primeros acercamientos teóricos hacia la sexualidad. Creo que debo haber tenido unos 10 años, ciando junto con mis amigos del barrio hacíamos “matita solita” para ver quien seria el encargado de cumplir la misión de ir a comprar una revista porno.

No la podíamos comprar a Don Custodio Pacheco, que era el kioskero de la esquina, porque nos conocía desde siempre y nos daba vergüenza pedirle algo así, entonces el misionero tenia que ir en bicicleta a un kiosko lejano…nos juntábamos en un club hecho de ramas de árboles y fumábamos cigarros que no aspirábamos, para después bañarnos en colonia y atragantarnos con mentiras para que no nos fueran a descubrir.

Junto con esto veíamos las codiciadas revistas de “monas piluchas” que de monas no tenían nada. Algunas veces yo pedía llevarme una para la casa para leer los textos, lo que llamaba bastante la atención de mis amigos que no entendían mucho que yo quisiera leer y no solo mirar las imágenes.

Dentro de los relatos eróticos de estas revistas de origen español muchas veces leía de hombres que hablaban de comerle el clítoris a las mujeres, lo que a mi corta edad y sin saber muy bien que era el clítoris se prestaba para todo tipo de interpretaciones y fantasías, bastante alejadas de la realidad, las que luego compartía con el resto de la “pandilla”. Por mucho tiempo llegamos a pensar que la mujer tenia algo en la vagina que se comía y que luego le volvía a crecer…

Por desconocida que pueda ser, la clamidia es uno de esos bichitos puñeteros que rondan en nuestra vida sexual sin que apenas reparemos en unas consecuencias que van desde la infertilidad hasta lesiones mucho más serias en el resto del organismo. ¡Glups! Y más si tenemos en cuenta que, detectándola a tiempo, se cura con simples antibióticos y se previene de una manera tan sencilla como esa bendita barrera de látex que tanto ayuda. Pero como más vale prevenir que curar –sí, lo reconozco… hoy parezco mi madre-, hay que saber de qué se trata antes de asustarse sin motivo.

Aunque ni siquiera el nombre nos resulte familiar, es mucho más común de lo que nos imaginamos: se calcula que Europa y Estados Unidos cuentan con más de 3 millones de infecciones nuevas cada año. Algo que ha procurado que una revista de esas serias de medicina –el British Medical of Journal nada menos- recomiende hacerse una prueba de esta infección al cambiar de pareja sexual.

Una prescripción bastante lógica si tenemos en cuenta que nuestros vecinos ingleses multiplican sus infecciones año tras año. El rango “favorito” de edad para esta bacteria: mujeres de entre 16 y 27 años. Suena a casting, sí, pero es algo mucho más peliagudo.

Esta enfermedad con un nombre tan mono se transmite en las relaciones sexuales sin protección del tipo que sean, tanto vaginales como anales. Y es que, que no se nos olvide, la cara menos mala de no utilizar protección en una relación sexual es pegarse un susto tremendo y tener que acudir a la nueva píldora del día después para ponerle remedio. Lo complicado es lidiar con que esas bacterias invisibles son más comunes de lo que nos imaginamos y que, como “buenas” ETS, les va el misterio. Uno nada sano para nuestro cuerpo si tenemos en cuenta que permanecen mudas en el organismo hasta que ya han empezado a causar daños en él. Los síntomas no resultan del todo identificables –más allá de ardores, picores y, en nosotras, dolores en la zona pélvica- y se dan su margen para aparecer.

Así que, como sabiamente dicen las madres, nada como pasarnos una ITV ginecológica una vez al año para confirmar que todo marcha bien en nuestros adentros y pensar que esa clamidia es, únicamente, “una flor”.