Amor de verano, el principio y fin de un romance express

Cuando el sol, la arena y el mar tornan todo romántico, pero todo cambia cuando regresas a la Capital. ¿Habrá sido todo efecto del calor?

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(cc) michelle-vilay

Ropa interior, chalas, toalla de playa, bronceador, bikini, tenidas favoritas, secador, plancha de pelo, cepillo de dientes, mi maquillaje. Sí, tengo todo para comenzar mis esperadas vacaciones. Por fin me voy de esta ciudad que se pone inmensamente insoportable en verano. Todos andan muertos de calor y eso, al parecer, repercute en el mal humor de los santiaguinos, que sueñan, al igual que yo, con salir de aquí.

Creo que mi adicción a la playa viene desde chica. Recuerdo cuando con mi familia metíamos toda la casa a la camioneta para irnos por casi un mes a Algarrobo o cuando con mi mejor amiga pasábamos todo el verano en las ricas playas de Tongoy, en el lindo resort de Puerto Velero.

Ahora las cosas han cambiado un poco. Ya no tengo casi tres meses de vacaciones, sino que éstas se han reducido a sólo 20 días hábiles, tiempo suficiente como para desconectarse del trabajo y desenfrenarse un poco.

Este verano, el grupo de viaje se amplió. Ya no somos cuatro sino cinco chicas, pero mucho mejor, porque la amiga que se sumó es de las que pone orden y así la cosa no es tan desordenada como el año anterior.

Verano 2010

-No entra mi maleta en tu auto, muy chica tu cagá.- me dice Caro. – Es que metiste todo tu closet en ese bolso pues, ¿cómo pretendes que entre? Ya no importa, trata de llevarlo adelante-, le digo. Cuando ya está todo listo, nos vamos por fin a las ricas playas de Bahía Inglesa. En ocho horas y media y harta de manejar, ya estamos viendo el mar y sin darnos cuenta, nos estamos tomando unos mojitos que preparé, en la terraza de la casa que arrendó Clau, la que no está nada de mal. Tiene vista al mar, un buen living, terraza para tomar sol, una pequeña piscina y tres piezas. Dos, para distribuirnos entre nosotras y una para citas. – Una nunca sabe cuándo puede aparecer un amor de verano-, dice Clau mientras nos explica el porqué de elegir una casa tan grande para las cuatro.

Es muy sabia mi amiga, pues de seguro uno que otro amor de verano aparece. De hecho así fue como ocurrió.
Son lo mejor las fiestas en la playa. Mar, arena y un buen DJ, que transforma la noche en una situación óptima para encantarse con cualquier chiquillo. Obvio que las piscolas juegan lo suyo y también el cielo estrelladísimo que se ve por esos lados. La verdad es que lo único malo es el frío que hace en las noches por el norte, pero con el calor humano y el baile todo se soluciona. Son las tres de las mañana. Un tipo alto, ni muy flaco ni muy gordo, de espalda ancha, me saca a bailar. Es el momento preciso, porque estaba aburrida de bailar con mis amigas, que a esas alturas están bastante pasadas de copas al igual que yo. Además, hay que decir que el copete a una la pone bien fresca.

El “baile-conversado”, parte con un ¿cómo te llamas?, luego vienen las otras preguntas de rigor, qué hacemos de la vida, cuándo llegó cada uno al norte, cuando nos vamos, dónde vivimos y si tenemos pareja. Esta última es muy importante, ya que dice si vale la pena seguir bailando o no. Ambos estamos solteros.

Ya son las cinco y media de la mañana y estamos un poco aburridos de la música. A esas horas lo encuentro más guapo que hace un rato atrás. ¿Vamos a sentarnos cerca del mar?, me dice. Sin contestarle camino junto a él. La verdad es que no me acuerdo cómo, pero no pasó mucho tiempo entre que nos sentamos y él se acerca a darme un beso, yo se los respondo, sin pensar mucho en que no veo a mis amigas hace más de dos horas.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero por fin puedo escuchar la música de mi celular, pues el dj hace rato que dejó de poner música. Miro lo pantalla, es Andrea. –Oye loca de patio, como te vimos a lo lejos pasarlo tan bien, nos vinimos a la casa. Te dejamos las llaves debajo del macetero. Una cosa, la pieza número tres se ocupa después de por lo menos tres visitas de ese tipo a la casa, así que ni lo pienses, chau-. Entre risas corto la llamada y le digo a mi nuevo amiguito que tengo que irme. Se ofrece a acompañarme. Nos paramos y acepto su propuesta, mientras siento que tengo arena hasta dentro del ombligo.

Llegamos a la puerta de mi casa veraniega y nos despedimos con un beso en la mejilla. No sé por qué pasa eso. Le estuve dando besos varias horas y ahora que caminamos, que se me pasó el efecto del alcohol y que conversamos temas con algo más de contenido, me da vergüenza darle un beso, raro. En fin, cuando estoy por entrar, me dice si le puedo dar mi número de celular. Lo pienso por algunos segundos y se lo doy. Comenzó mi amor de verano.

Dos días después de conocernos, quedamos en juntarnos en la playa. Luz del día, todos los reflejos buenos y poca ropa son los factores que analizo y me ponen nerviosa, ya que ahora viene la prueba de fuego y descubrir si la hice bien o mal en darle mi número. Mis amigas, no han hecho más que ponerme más nerviosa, diciendo que no me acompañarán a conocerlo, aunque finalmente sí lo hacen.

El tipo es un encanto, anda mejor de lo que lo recordaba y su grupo de amigos encaja perfecto con mis amigas. Desde ese día comenzó un verano muy entretenido. Carretes eternos, asados, paseos turísticos, algunos excesos, anécdotas para recordar y otras para olvidar. Entre tanta buena onda, mi amiguito tuvo la venia para conocer la pieza tres.

Hasta aquí todo perfecto. Ya quedan pocos días para volver a la capital y con las chicas aprovechamos al máximo lo que nos queda por disfrutar del norte de Chile. Salimos más, casi ni dormimos y yo, por mi parte, tengo varias citas de a dos con mi amor de verano. Vamos a ver el atardecer, salimos juntos a algún pub y caminamos horas.

Hoy es la última noche. Mañana a las diez nos levantamos para dejar todo en orden y volver a la realidad. Mi pinche me dice que obvio que nos vemos en Santiago, que me va a llamar y un sinfín de cosas medias cursis, que en ese momento me empiezan a poner un poco incómoda. Ese día él aloja conmigo en la pieza tres, al otro día nos ayuda a cargar el auto y a tratar de ordenar la casa, pues el sueño y los estragos del carrete, no nos dejan movernos con facilidad.

En Santiago

Lata, estrés, bocinazos, levantarse temprano e ir a trabajar, describen mi primera semana de regreso. Como recomendación dejen un par de días libres en la capital luego de las vacaciones, porque llegar un domingo e ir al tiro el lunes a la oficina es lo peor del mundo. Además, ese mismo día comienzan, desde tempranito, los mensajitos cursis de mi amor de verano, los que miro y ni pienso en contestar. Por la buena onda le respondo algunos, pero después no me dan ganas. Al rato comienza a llamarme y ya me apesté.

Es jueves y él ya está en el estacionamiento de mi oficina para llevarme a un bar, que según dice, es increíble. A penas me arreglo, creo que quiero quitarle ese interés en mí. Me subo a su auto al verlo siento que el tipo se ve horrible con camisa y sus pantalones elegantemente sport. Al parecer, el sol, la arena, el mar y sobre todo el calor, lo transformaron, ahora descubro que es cero mi gusto. Solo fue un príncipe azul express.

Después de la velada, el chico me deja en mi casa y por supuesto que esa noche hay solo risas, recuerdos del verano y besos en la mejilla. Al dejarme en mi casa, me pregunta si me pasa algo. -A buen entendedor pocas palabras- le respondo. Me bajo del auto, me despido con la mano y entro. Sí, definitivamente la magia se esfumó y ya no lo quiero ver más.

Pero ahora comienzan otras increíbles vacaciones y quizás, un nuevo amor de verano.