“El auto cuidado”

La nueva columna de nuestro sexólogo Rodrigo Jarpa.

(cc) Flickr.com/_ankor

Carolina, de 17 años, o Carola para los amigos, estaba viendo las noticias encerrada en su pieza mientras esperaba que la Pao la llamara por teléfono. Durante la espera se pintaba las uñas de los pies sobre su cama y, de fondo, se escuchaba el noticiario de la noche, en el que hablaban de la importancia del auto-cuidado durante estas Fiestas Patrias. Hacían especial hincapié sobre si iban a tomar alcohol, sin importar mucho el cuánto se tome, había que pasar las llaves del auto.

Hasta que finalmente sonó el teléfono. Era la Pao quien llamaba entusiasmadísima para darle la gran noticia de que tenía permiso para ir al paseo de Papudo que tenían programado con otros dos amigos para este 18. Carolina estaba muy contenta de que su amiga del alma pudiera ir, porque ella no conocía muy bien a esos chicos del paseo. Hasta había pensando que si no iba su amiga, ella tampoco.

En la conversación telefónica, Paola le comentó a Carolina sobre otra preocupación: esa especie de herida en “el poto de adelante” que le apareció después de acostarse con el “cara de clitoris”, ese otro amigo. Así es que la Carola se comprometió con su amiga a acompañarla al consultorio después del 18 para saber de qué se trataba la herida.

Al día siguiente, Carolina estaba lista para partir; las amigas quedaron de juntarse a las cuatro en la casa del Enzo, el pinche de la Pao y dueño del auto que las llevaría a destino. Antes de salir de la casa se despidió de su madre, quien aprovechó la oportunidad de insistir: “Dile a este cabrito del Enzo que no se le ocurra manejar si ha tomado aunque que sea una gota de alcohol sino, se las va a ver con tu papá”, lanzó la madre antes de agregar: “Ayer, en las noticias, dijeron que con esto del auto-cuidado los ‘pacos’ iban a estar más jodidos que nunca”… luego, ambas se despidieron con un beso.

Cuando llegaron a la casa del Enzo, él y su amigo estaban esperando excitadísimos y con ganas de partir. El auto estaba con el motor en marcha y desde lejos se podía escuchar un reggaetón a todo dar.

Ya estando todos sentados, el loco Claudio sacó un pito extra large y en un inglés mal pronunciado dijo: “Why drink and drive, when you can smoke and fly?”. El Enzo contestó: “Sabís, yo con un par de chelas manejo mejor… a lo que su amigo retrucó: ¿Cómo van a estar tan agujas con lo del auto-cuidado y eso que hablan en la tele?

Ya en Papudo, el grupo fue a la “boti” a comprar una promo de piscola y dos cervezas para los cuatro. Bajaron a la playa y comenzaron el ritual. Cuando ya se habían tomado casi una botella de pisco, Carolina le comentó a la Pao que no se sentía muy bien, que no había comido nada, que por favor la acompañara a comprar unas ramitas.

Pero la Pao estaba muy entusiasmada con el Enzo, así que sin pensarlo, le gritó al loco Claudio que acompañara a su amiga. Ante la petición, el chico no lo pensó dos veces. La Carola miró a la Pao con la peor cara que pudo y partió de mala gana con “el loco Claudio”.

Ya era de noche y mientras caminaban, Claudio abrazó a Carolina, quien se negó en un principio a ser receptiva. Cuando llevaban dos cuadras de caminata, Carolina pidió un descanso y así terminaron sentados en la plaza. Esto fue interpretado por el loco Claudio como la oportunidad de su vida y apenas pudo, le dio un beso y comenzó a toquetearla; lo único que ella hacía era decirle “¿pero qué hacís hueón, qué hacís?”.

Ante tan débil defensa, Claudio hizo lo que quiso y cuando la estaba penetrando, ella sólo repetía: condón, condón… “no poh Carola, si esa wea es como bañarse con botas”, fue la simple respuesta.

Al día siguiente, en la tarde, todos comenzaron a despertar en la cabaña que habían arrendado, sin que ninguno supiera cómo había llegado allí. Todos estaban con ropa, se sentían cochinos y con sus cabezas a punto de explotar. Ante este panorama deprimente, la Pao propuso reparar fuerzas y pasar la caña con un par de “chelas” y la última “colita” que quedaba. “Excelente idea, pero vamos a pata pa’ que no le vaya a pasar nada al auto”, respondió Enzo.

El resto de la jornada fue bastante similar a la de la noche anterior. El día domingo arreglaron las cosas y partieron de vuelta a Santiago a las siete de la tarde, como si nada hubiera pasado. Una vez en la capital, Enzo, el conductor, pasó a dejar a cada uno de sus nuevos amigos a sus respectivas casas y luego se dirigió a la suya. Estacionó su auto, lo miró, y se sintió contento de llegar en perfectas condiciones… al menos así lo creía.