La masturbación

Rodrigo Jarpa nos cuenta cómo la aceptación social de la masturbación gana terreno/ (cc) Flickr.com/Víctor Ferrer

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De la masturbación hay que decir muchas cosas. Para empezar, podríamos afirmar que en nuestra cultura nacional está mucho más aceptada y menos cuestionada la practicada por los hombres que por las mujeres. De hecho, se ve como anormal a aquel joven que no la practica y que no participa en los traviesos juegos adolescentes, como ese de quién eyacula primero (entrenamiento en eyaculación precoz) o quién logra más distancia en la expulsión del semen.

En relación a la masturbación femenina, tengo la sensación de que no existen torneos que las ponga a competir. Sin embargo, la actitud de ellas frente a la masturbación está cambiando y de paso, la opinión de los hombres hacia las mujeres que la ensayan.

Ya poniéndonos más serios, debemos decir que según el Diccionario de la Lengua Española, masturbación es la “estimulación o manipulación de los órganos genitales o de zonas erógenas para proporcionar goce sexual”. Una definición sutil, que nada tiene que ver con ese aspecto demoníaco y repelente que se le da cuando nos remitimos a la antiquísima etimología latina del vocablo: masturbación es manu stupare, es decir, violarse a sí mismo, tener estupro con uno mismo; nada menos que el molesting himself, como lo dice la rígida expresión inglesa que causa hasta miedo

Otro concepto habitualmente usado para denominar esta práctica de mala reputación es el de onanismo. Una palabra ofensiva que lleva a la confusión que se ha mantenido a través del tiempo con su carga negativa y pecaminosa al hacer de los vocablos -masturbación y onanismo- sinónimos. Explico entonces: onanismo se refiere más exactamente al coitus interruptus o coito interrumpido y procede del personaje bíblico Onán, quien obligado por la Ley del Levirato a tomar por esposa a Tamar, la viuda de su hermano, practicaba el coito interrumpido con ella, botando su semilla en la tierra para evitar que ésta concibiera unos hijos que le serían asignados a su hermano muerto. De ese modo, Onán impedía que la herencia de su padre se repartiera. El libro del Génesis terminó así transformando a nuestro protagonista como sinónimo de la palabra-pecado. “Era malo a los ojos de Yavé lo que hacía Onán, y lo mató también a él”. (Gen 38,10. Ver también Tobías 6, 14; 7,9)

Ya transcurridos tantos siglos de esta triste historia bíblica, no queda más que afirmar entonces que fue la “culpa” el motor principal que llevó a identificar masturbación y onamisno como un solo concepto.

Diversos autores y bibliografías conocidas a lo largo de la historia no han hecho muchos esfuerzos -como yo- por limpiar el honor de esta práctica milenaria realizada por hombre y mujeres.

A modo de ejemplo, recordemos que en el siglo XVIII, el médico suizo Samuel Tissot escribió sobre las consecuencias funestas de esta perniciosa práctica. Según su tesis, la masturbación producía “pérdida de las fuerzas, impotencia, depravación del estómago y vísceras, temblores, vértigos, embrutecimiento y, muchas veces, hasta la muerte prematura”.

Un siglo después las cosas en vez de mejorar, empeoraron. Muchas mujeres europeas y americanas eran tratadas mediante la clitoridectomía, ese terrible corte genital que mutila los genitales femeninos, para terminar de raíz con el antinatural y malsano hábito de la masturbación.

Pero cuando todo estaba perdido, las cosas han comenzado a cambiar a favor nuestro. Hoy en día la masturbación no sólo está exorcizada, sino que ha sido institucionalizada como una práctica sana que ayuda a mantener el control del cuerpo y el alma. Científicos en todo el mundo la consideran beneficiosa para la sexualidad individual y de pareja. Incluso, algunos la usan como técnica terapéutica para tratar disfunciones sexuales, como por ejemplo, la eyaculación precoz o en casos de anorgasmia.

La Enciclopedia Británica, que alguna vez calificó al acto de masturbarse como un crimen muy grande, hoy destaca del acto en sí su naturaleza agradable, sedativa e hipotensa.

Ya hecho el recorrido histórico, hay que precisar entonces algunos aspectos técnicos para practicarla: primero, se debe tener alto conocimiento de nuestro cuerpo para que sepamos qué nos gusta y qué no; segundo, hay que tener cierto grado de reflexión de cómo nos gusta ser estimulados. Este punto es fundamental para el éxito de la misión, porque si no lo sabemos, al estar con otro no vamos a poder comunicar lo que queremos y el otro, que seguro no será un adivino, tampoco podrá ayudarnos a disfrutarla. En esta coyuntura, a lo único que se podrá apostar será a achuntarle siguiendo un modelo de ensayo y error. Suena lógico ¿o no? Y lo que es peor: muchas veces, frente a este escenario, la falta de “asertividad sexual” de las mujeres por no querer hacer sentir mal a su pareja y/o por no querer aparecer exigentes, resuelven el problema con un simple: “Es que todo lo que tú me haces me gusta ” Pero seamos sinceros: ¿es realmente eso posible?

Pongámosnos optimistas entonces. Por ejemplo, con esas otras mujeres que aunque manejan las técnicas de la masturbación, tienen claro lo que les gusta, la experiencia y el conocimiento, prefieren no demostrar y optan por callar para que el otro no se vaya a hacer una mala imagen de ella y menos, causarle angustia a este macho chileno que, digámoslo derechamente, es intrínsecamente inseguro. Una situación que al compatriota le asusta en demasía porque no soporta tener una compañera sexual que pueda mostrar más experiencia que él. Un contrasentido si consideramos que en estos quehaceres, como en muchos otros de la vida, siempre resulta beneficioso aprender de otro más competente.

En fin. Lo claro es que en la actualidad parece haber un acuerdo tácito de que la masturbación no causa problemas, trastornos ni enfermedades; es más bien lo que se siente o piensa acerca de ésta cuando se practica lo que puede causarlas.

Como reflexión final, cito la narcisista y magistral frase lanzada por Woody Allen: “La masturbación es hacer el amor con la única persona que amamos verdaderamente”. Por consecuencia, hay que perfeccionarla.