Encuentro con una Dominatrix

El sexólogo Rodrigo Jarpa cuenta la historia de una soberana del sexo

Ya han pasado casi dos meses desde que volví de un viaje que hice a Nueva York y quiero compartir una anécdota que viví en esa intensa ciudad, con ustedes lectores de Belelú.

Todo ocurrió una fría noche de invierno “newyorkino”, en el departamento de mi amigo Mike, junto a la chimenea, mientras compartíamos una copa de un grueso vino tinto refugiándonos del frío. En eso, alguien toca el timbre y Mike le dice rápidamente que suba. El único comentario que me hace antes de pararse para abrir la puerta es “esta mina que viene está muy loca”…abre la puerta y entra Mimi; una mujer mezcla de japonesa con china, nacida en Suiza y viviendo en Nueva York. Eso fue lo menos raro que supe de ella esa noche.

Después de hablar del frío, de la nieve y servirle vino, le pregunté a qué se dedicaba; Mike mientras hablaba por teléfono a unos metros de distancia le dice algo como: “dile Mimi, el es sexólogo…” y tímidamente me responde: “soy Dominatrix”.

Así comienza a contarme de su inusual trabajo, aunque ahora es poco lo que ella trabaja como Dominatrix propiamente tal, ya que se está dedicando a gestionar encuentros de mujeres con los clientes, tiene una especie de agencia y sólo hace algunos trabajos para clientes importantes. Todas las niñas que trabajan con ella son chinas o japonesas y en los contactos con los clientes está prohibido cualquier intercambio de fluidos, las mujeres por lo general están completamente vestidas y tienen una serie de normas y reglas muy claras, aludiendo a que todo lo que queda fuera de ese marco, es ilegal, y que en Nueva York hay una legislación muy clara para este tipo de prácticas.

Los encuentros con los clientes se hacen por lo general en calabozos o sótanos, que están repartidos por toda la ciudad. Me comentó que uno de los mas importantes, era uno abierto hace poco en Wall Street, donde los empresarios y gente de la bolsa, satisface sus deseos menos neuróticos… Los calabozos son custodiados por guardias de seguridad y cámaras y las chicas pueden interrumpir la sesión en el momento que quieren si se sienten amenazadas de cualquier forma.

Dentro de las prácticas más comunes están todas las relativas al Sado-Masoquismo, siendo los clientes los que en la mayoría de los casos, sienten el placer a través del dolor. Más allá de dolor, hay prácticas de sometimiento y humillación, donde los clientes buscan que los insulten, los amarren, los golpeen, les orinen o defequen encima, los pisen con tacos altos, etc.

Ella me cuenta que tenía un cliente del que ella era dueña: el pagó para que ella fuera su dueña y aunque nunca se habían visto en persona, el tenía un código de barra tatuado en la nuca de lo establecido y ella le podía dar todo tipo de órdenes, a través de emails, que el cumplía con mucho placer. Otro cliente la pagaba 3.000 dólares por una hora en que ella se tenía que fumar una cajetilla de cigarros entera y  tirarle el humo en la cara. Mimi tenía su propia mujer esclava, que le hacía constantemente adoración de pies y todas las prácticas y deseos sexuales que ella quisiera satisfacer.

El haber comenzado a hablar con ella de esto, fue como apretar play en una canción interminable, mostraba una necesidad imperiosa de sacar todo eso afuera, hablaba y hablaba sin parar de experiencias cada vez más extrañas y perversas. Pero Mimi sabía que algo no estaba bien: en una pausa de su verborrea le pregunté que decía en el tatuaje que tenía en el pie, a lo que respondió: Amor Enfermo.

Luego tomó un trago de vino y me preguntó acerca de mi.