El Orgasmo: Parte II

El sexólogo Rodrigo Jarpa habla más de este ansiado placer.

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La semana pasada comencé hablando de los dimes y diretes del tan ansiado orgasmo. Como es un tema para largo, también lo es esta columna. Aquí los dejo con la segunda parte y última, por ahora.

El orgasmo femenino es un misterio policíaco de primer orden dentro de la biología. En su famosa obra El mono desnudo, el zoólogo Desmond Morris sugería en 1967 que el orgasmo inmovilizaba a la mujer y la mantenía en posición horizontal tras el acto sexual, lo que permitía que no escapase el esperma y, por tanto, aumentaban las posibilidades de ser fecundada.

Durante los años noventa, los científicos Robert Barker y Mark Bellis, de la Universidad de Manchester, sugirieron que el orgasmo femenino tras la cópula permitía a la mujer retener más esperma. Sería un laborioso ejercicio de contracciones musculares para inyectar el esperma en el útero. Este punto de vista chocó frontalmente cuando un gigante de la biología llamado Stephen Jay Gould escribió un famoso artículo en la revista Natural History en el que exponía con claridad que estaba muy orgulloso de sus pezones, a pesar de que no tenían ninguna función. “Estoy bastante unido a todas las partes de mi cuerpo”, relató. Gould afirmaba que el hecho de que los hombres tuvieran pezones como un eco de los pezones femeninos no era una razón para avergonzarse de ellos. De igual manera, el clítoris de la mujer no era sino un reflejo del pene humano. Gould retomaba una teoría de la historiadora de la ciencia Elisabeth Lloyd que sugiere que el orgasmo femenino no tiene ningún sentido evolutivo.

En este sentido, el embrión y su desarrollo suponen un fascinante viaje al pasado. “El orgasmo es algo que aparece muy pronto en la construcción de un ser humano”, nos dice Lloyd. Incluso en estas etapas tempranas el sexo masculino obtiene esta capacidad orgásmica, absolutamente necesaria para la reproducción. Pero las mujeres también consiguen este equipamiento desde que están en el vientre, y sin costo. “Obtienen los nervios implicados, los tejidos y los músculos implicados en el orgasmo, de una manera gratuita, debido a que el niño los necesita”. Este razonamiento explicaría, entre otras cosas, por qué sólo ese 25% de mujeres que alcanzan el orgasmo durante el acto; o que una tercera parte de las mujeres no lo experimenten durante el coito; o que “entre un 5% y un 10% de las mujeres, que es una proporción muy grande, jamás lo vayan a experimentar”.

La hipótesis de Lloyd se inspira en otra avanzada en 1979 por el antropólogo Donald Symons, que escribió un libro, La evolución de la sexualidad humana, en el que exponía que el orgasmo femenino no tiene ningún sentido evolutivo. Las réplicas a esa teoría fueron demoledoras por parte de algunas antropólogas como Sarah Blaffer Hrdy, de la Universidad de California en Davis, que llegó a comentar de la obra de Symons que “despedía un tufo a caballero del siglo XIX dejando un distintivo déjà vu”. Hrdy ha defendido la idea de que el orgasmo apareció en los primates como una medida defensiva por parte de la hembra para impedir que el macho mate a sus hijos. En los monos langures la mortalidad por infanticidio de las crías por parte de los machos que no son sus padres ronda el 30%. Pero eso no ocurre en otras especies, como macacos y chimpancés, en los que las hembras son más proclives a copular con varios machos gracias a la estimulación de su clítoris. El orgasmo en estas hembras no humanas podría ser una manera de proteger a los hijos de los ataques de los machos, los cuales no tienen la certeza de saber quiénes son sus retoños. “Aun así no parece que sea algo extendido”, admite Lloyd.

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Hasta la fecha, los estudios científicos no han descubierto evidencias que relacionen la fertilidad de una mujer con su capacidad de sentir un orgasmo, asegura esta experta. “Y estaré encantada si algún día se descubre”. Se considera una feminista: el orgasmo en la mujer es algo muy divertido, y el clítoris sí que resulta una adaptación evolutiva -no el reflejo nervioso de la espina dorsal descrito como orgasmo-, ya que la excitación que produce motiva a la mujer a establecer relaciones sexuales. Aun así, Lloyd sufrió furibundos ataques en forma de mensajes a su página web.

¿Por qué tanto ruido?

Para Lloyd, demostrar que el orgasmo femenino es un subproducto de la evolución no significa, desde luego, que sea menos importante que el masculino, ni un ataque a la sexualidad femenina. “Quizá debí prestar más atención a cómo reaccionarían las mujeres y los hombres al llamarlo así. Quizá el miedo de la mujer provenga del hecho de haber proporcionado una razón a los hombres para que no se tomen sus orgasmos en serio”, argumenta Lloyd.

Claro que este miedo puede tener una base real. Si examinamos cómo el orgasmo femenino ha sido tratado por las distintas religiones y creencias, encontramos enormes barreras que distan mucho de ser derribadas. En muchas culturas, desde la antigüedad, todo lo que tiene que ver con la sexualidad femenina ha pasado por un filtro de oscurantismo que raya en la maldición. El clítoris también ha constituido un elemento prohibido. El año pasado más de 80 millones de niñas y mujeres africanas de entre 18 y 49 años sufrieron la ablación del clítoris, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). La ablación se practica mayoritariamente en África -hay 28 Estados que la asumen como tradición-, aunque sucede en un 20% de mujeres en países como India, Indonesia, Malasia, Pakistán y Sri Lanka. Se lleva a cabo en la mitad de las comunidades musulmanas y en lugares donde se practica el cristianismo, como los coptos de Egipto, Etiopía y Sudán. Se ha querido ver la ablación como una práctica asociada a una creencia religiosa, y aunque se esgrime esta causa, lo cierto es que no se menciona ni en el Corán ni en la Biblia.

La represión del deseo sexual impuesta por las religiones ha operado en la sociedad occidental durante los cuatro o cinco últimos siglos hasta la década mítica de los años sesenta. De acuerdo con Muchembled, esta represión puede haber funcionado como una fuerza dinámica que ha hecho posible la sociedad moderna con sus economías capitalistas. ¿Cómo es posible? En lo que se refiere a la gestión del orgasmo y el sexo antes del siglo XVI, “la sociedad era en realidad muy abierta y libre, y ocurrió igualmente durante la Edad Media”, comentó recientemente este historiador al programa de radio de la BBC Thinking allowed. “Quiero decir que por entonces había una gran cantidad de bastardos y sexo fuera del matrimonio, y que no había represión contra la sodomía ni contra la bestialidad (actos sexuales con animales)”. A mediados del siglo XVI esta represión empieza a tomar forma mediante los nuevos crímenes sexuales creados por el poder. “La brujería estaba relacionada con la sexualidad, ya que las brujas se supone que hacían el acto sexual con los demonios”. Se empezó a castigar duramente la sodomía en toda Europa. En 1660, por ejemplo, un joven escritor francés que producía relatos pornográficos fue obligado a pedir perdón enfrente de la catedral de Notre-Dame antes de que se le cortara la mano derecha. Luego fue quemado vivo.

Claro que es un punto de vista, y en lo que se refiere al sexo y al orgasmo siempre encontraremos saludables desacuerdos. “No creo que la represión sexual jugara algún papel en el desarrollo del capitalismo”, concluye por su parte el historiador Thomas Laqueur. Quizá fue al contrario: el acceso al sexo aumentó a medida que los ingresos per cápita crecían. “El control del sexo es una función que se ha ejercido en todas las sociedades, pero ese control se aflojó durante el siglo XIX en las sociedades industriales”.

Dos siglos más tarde no es mucho lo que ha cambiado el panorama. En algunas partes vivimos un sexo más libre en información y acción, mientras que en otros países la represión o falta de conocimiento es la misma que hace cientos de años.

Afortunados aquellos que gozan del sexo y por qué no, del orgasmo. Ese tan ansiado placer del que hay tanto que aprender.