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Es momento de dejar de creer que el feminismo es odiar a los hombres

Existen muchos malentendidos en torno a lo que es el feminismo y es hora de romper con esas falsas creencias

Entre las marchas de las mujeres y tantos otros eventos masivos que se han gestado en los últimos tiempos bajo el estandarte feminista, es normal que exista una división de opiniones en la sociedad. Sin embargo, es claro que también hay una gran confusión sobre lo que significa ser feminista, así como lo que busca el feminismo.

Cada quien es libre de tener una opinión, siempre y cuando haya un conocimiento y esté fundamentada, por lo que entre quienes se mantienen escépticos a la necesidad de estos movimientos y quienes sólo buscan provocar, se ha creado una guerra que se aleja de todo lo que es la lucha feminista.

Muchas personas consideran que esto se trata de fomentar un odio hacia los hombres pero no es así.

Primero que nada, es importante entender que el feminismo busca que todos los géneros tengan los mismos derechos y oportunidades. De acuerdo con la organización International Women’s Development Agency, el feminismo trata de «respetar las diversas experiencias, identidades, conocimientos y fortalezas de las mujeres, y esforzarse por empoderar a todas las mujeres para que disfruten plenamente de sus derechos»

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Los hombres no son el enemigo. No es odiarlos ni tampoco querer ser superiores a ellos. No es una guerra de sexos sino nivelar el campo de juego entre género.

Los movimientos feministas son necesarios para todos, para generar un cambio social y sí, garantizar que mujeres y niñas tengan las mismas oportunidades en la vida disponibles para niños y hombres. Porque aunque tenemos derechos que velan por nuestra integridad, no siempre son respetados como sucede con el sexo masculino.

El feminismo gira completamente en torno a la idea de la igualdad política, económica y social de los sexos. No se trata de pelearnos por quién está en la cima ni de pisotear a los hombres o «hacer que sufran como nosotras». Se trata de entender que todos somos seres humanos. Todos queremos un equilibrio, desde un salario justo hasta un trato educado.

Tampoco se trata de adoctrinar a la población y decir que todo lo masculino es malo.

La masculinidad abarca características que tradicionalmente se han asociado con los hombres. Estas características pueden ser cualquier cosa, desde ser el sostén familiar de una familia hasta abrir puertas de automóviles para mujeres. Disfrutar y realizar estas acciones no hace a ningún hombre inherentemente tóxico o sexista. Pero es importante saber distinguir lo que es el machismo y la misoginia, así como otros conceptos como la masculinidad tóxica y el pacto patriarcal. Tanto hombres como mujeres debemos tener claro qué patrones debemos romper para encontrar un punto de equilibrio.

Aunque también existe una división de opiniones entre si los hombres pueden ser feministas o no, hay que entender que lo que se necesita no son aliados u hombres que se unan al movimiento «por quedar bien». Se necesitan hombres que rompan con ese pacto patriarcal que sigue alimentando la ventaja que ellos tienen sobre nosotras. Romper el pacto patriarcal es no quedarse callados, ni proteger ni excusar o justificar actitudes y acciones misóginas, sexistas e incluso homofóbicas.  

Es innegable que muchos hombres se sienten excluidos de la comunidad feminista. Y es nuestra responsabilidad innegable trabajar para cerrar la brecha entre todos los géneros para que podamos lograr la igualdad. Nadie debería creer que la igualdad es una lucha que se debe dejar a otra persona, o que no tienen derecho a expresar sus opiniones sobre la batalla.

Lo importante es que todos estemos en el mismo canal: querer la igualdad y generar un cambio. No tiene que ver con la clase social ni la raza. El feminismo no debería ser exclusivo de los blancos ni de una clase social. El feminismo es históricamente una causa multicultural.  Debe quedar claro que debemos desprendernos de los prejuicios que hacen que el movimiento se desvirtúe y que se cree una división y una guerra que va en contra de los verdaderos principios feministas.

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