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Ricardo Barreda y su solitario entierro: solo le acompañó el sepulturero

El odontólogo, que asesinó a su familia en 1992 fue enterrado en el cementerio de Jose C.Paz

El femicida Ricardo Barreda murió el 25 de mayo en un geriátrico.

A su entierro, este martes, podían asistir hasta cinco personas que no superasen los 65 años. Pero nadie acudió.

Solo el sepulturero. Y tampoco nadie quiso pagar por su sepelio.

El cuerpo del exodontólogo permaneció un cajón toda la noche en un depósito de la funeraria Siciliano Hermanos, rodeado de ataúdes vacíos y apilados.

Sus encargados esperaron la documentación para trasladarlo en una ambulancia hacia el cementerio.

El caso del femicidio de Barreda conmocionó a Argentina en 1992.

El 15 de noviembre, el exodontólogo, residente en La Plata, tomó una escopeta y acabó con la vida de su mujer, sus dos hijas y su suegra.

Después del crimen, recogió los cartuchos y los guardó en el baúl de su auto.

Su intención era hacer pasar esto por un robo, así que durante el resto del día fue al zoológico y se reunió con su amante, Hilda.

Cuando regresó a medianoche a su casa, llamó a la ambulancia y se mostró sereno con la policía al contar la historia del falso robo.

Terminó confesando su crimen, excusándose en que lo llamaban conchita y que le hacían la vida imposible.

«Eran ellas o yo», aseguró.

​ El perito Bartolomé Capurro, declaró que Barreda padecía de psicosis delirante.

“Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres”, declaró el femicida.

En 1995 fue condenado a cadena perpetua y a inicios de 2008 se le concedió el arresto domiciliario por buena conducta y superar los 70 años.

Este fue revocado porque Barreda lo violó en 2011 con el pretexto de ir a una farmacia.

El 11 de febrero de ese año se le devolvió el beneficio de prisión domiciliaria.

El 29 de marzo, se le otorgó la libertad condicional.

Más de una vez confesó su arrepentimiento por el crimen.

Barreda, en su libertad condicional vivió durante un tiempo en una pieza del Hotel España sobre la avenida 25 de mayo.

Allí lo echaron porque los vecinos se quejaban del mal olor y de sus gritos, cuando deliraba y hablaba solo.

Finalmente lo trasladaron al Hospital Eva Perón en San Martín, a una habitación especial para evitar la llegada de la prensa.

La casa donde residían él y su familia tiene una deuda de casi $520.000 de impuestos.

 

 

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