Conoce la historia de Angelina Merino: Incluir con el corazón

A través de la fundación que esta terapeuta ocupacional creó y dirige hace trece años, jóvenes y adultos con capacidades intelectuales diferentes acceden a capacitación e inclusión laboral. “Es lo que me llena el alma y me hace feliz”, asegura.

 

“Las crisis son oportunidades de crecimiento”, dice Angelina Merino, absolutamente convencida. Lo sabe por experiencia. La pérdida de un trabajo –una situación estresante para la gran mayoría–, la llevó a concluir que a partir de ese momento tenía que hacer algo que realmente le produjera satisfacción. Su idea era seguir apoyando a personas con capacidades intelectuales diferentes, como lo había hecho durante años. La decisión no tardó mucho tiempo. Gracias a su optimismo y empuje, y con el soporte incondicional de su marido y sus tres hijos ya adultos, en tan sólo unos meses tenía todo listo para crear la Fundación Incluir, que ofrece a personas con dificultades cognitivas, la posibilidad de capacitarse y eventualmente insertarse en el mundo laboral.

“Empecé junto a una profe, trabajando con cinco chiquillos, en una casa que una inmobiliaria me prestó por dos años y medio”, recuerda. Pronto comenzaron a sumarse más profesionales y también aumentó la cantidad de beneficiarios. Hoy, cuentan a casi un centenar de personas que se han capacitado en la institución, teniendo actualmente a unos 45 jóvenes y adultos que asisten todos los días para adquirir herramientas y habilidades en distintos talleres ocupacionales, artísticos y de desarrollo personal. Siguen utilizando las mismas instalaciones, además de un inmueble vecino, “aunque ahora sí hay que pagar arriendo. No tenemos algo propio y ese es un sueño que esperamos concretar”, acota Angelina.

“Los talleres ocupacionales, como de repostería y mosaico, entre otros, son un laboratorio de capacitación. Funcionan como microempresas especiales, ya que, todo lo que se elabora ahí, luego es vendido y eso nos permite comprar nuevos materiales para seguir capacitando. Además, se les da un pequeño estímulo económico a los chiquillos”. Lo mismo ocurre con los servicios de café que ofrecen a quien desee contratarlos, dando una oportunidad real de trabajo a los alumnos.

“Pero todo eso que hacemos es un medio, no un fin”, aclara la terapeuta, orgullosa de la labor que realiza. “Ellos no van a salir de pasteleros o artesanos –sigue–. No les enseñamos oficios, sino que, a través de las distintas actividades, intentamos fomentar al máximo su autonomía, autodeterminación, adaptación social y autoestima. Esas cuatro A son las que les permitirán, el día de mañana, incluirse en un trabajo”.

Aquellos que logran desarrollar las competencias laborales y sociales necesarias, optan al programa Empleo con Apoyo, que consiste en ayudarlos a conseguir un puesto en alguna empresa. “Empiezan en funciones de media jornada o part-time y el peak es cuando comienzan a trabajar con contrato. Pero no todos pueden llegar a eso”, señala.

En la Fundación Incluir aceptan a toda persona mayor de 18 años, con algún tipo de discapacidad cognitiva. “No excluimos ni por edad ni por nivel socioeconómico ni por condición intelectual”, resume Angelina, quien además cuenta que cada año, entre octubre y noviembre, realizan un viaje de estudios, “que es súper importante, porque implica un entrenamiento de vida independiente”.

Dice que muchas veces le han preguntado por qué decidió dedicarse a esto. “Creo que siempre tuve espíritu social. En mi colegio lo fomentaban y a mí me gustaba ir a hospitales, centros de rehabilitación, asilos de ancianos. También puede haber influido que, cuando tenía unos diez años, se fue a vivir a mi casa un primo de segundo grado con discapacidad intelectual. Sus papás habían muerto y estuvo un año con nosotros. Tenía más o menos mi misma edad y me encantaba hablar con él y enseñarle, como una profesora”.

Amante de los deportes, solía practicar vóleibol, natación y movilizarse en bicicleta. Sin embargo, desde que inició la fundación, su labor de directora comenzó a colapsar su agenda y tuvo que dejar un poco de lado esas actividades. Además, otras cosas pasaron en su vida: la familia creció, llegaron los nietos y hoy aprovecha gran parte de su tiempo libre para compartir con ellos. “También me gusta leer, ir al cine con mi marido y tratamos de viajar una o dos veces al año”.

La mayoría de los fines de semana los pasa en su parcela de Casablanca. “Allá cosechamos caléndulas, que plantaron los mismos chiquillos de la fundación. Las traigo a Santiago para que ellos puedan elaborar cremas y pomadas. ¡Son fantásticas!”, dice.

Entusiasta, alegre, jovial y muy cálida, reconoce estar “en una etapa en que todo se ha ido consolidando. Muchas personas dicen que soy buena y me ven casi como una santa por lo que hago. ¡Pero nada que ver! Sólo estoy en lo que me gusta. Es lo que me llena el alma y me hace feliz”.

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