El derecho de Claudia Morales a no denunciar a su violador

La famosa periodista colombiana denunció que su jefe la violó. Este es un hombre poderoso en el país.

Luz Lancheros @luxandlan

En Estados Unidos, el movimiento #MeToo y las iniciativas como #TimesUp han logrado que muchas figuras del espectáculo, deporte y política hayan denunciado a sus abusadores por muy poderosos que sean, como Harvey Weinstein.

Pero eso es Estados Unidos, donde hay un movimiento estructural que está dentro de la sociedad y en el que se discuten todas las conductas machistas normalizadas desde hace tiempo. En Colombia, eso está muy lejos de verse.

Sobre todo porque quien denuncia está sometida a las burlas, el acoso, a que la revictimicen, a que le digan que quiere atención o a que la tilden de mentirosa. Y eso para comenzar, porque el sistema judicial tampoco es muy eficiente. De hecho, las mujeres que son golpeadas llegan a sufrir tal negligencia por parte del mismo, que llegan a ser asesinadas, como la mujer asesinada el año pasado en el Centro Comercial Santa Fe.

Imaginen si el perpetrador es un hombre poderoso.

En una justicia comprada por la clase política y claramente viciada, alguien así puede hacer uso de todos sus recursos para acallar a la víctima, enredarla judicialmente y hasta contrademandarla. ¿No? ¿Qué pasó por ejemplo cuando Johana Fuentes denunció al periodista Gustavo Rugeles? Este, ni corto ni perezoso, fue ayudado por alguien con influencia, como Abelardo de la Espriella y le metieron una contrademanda. Incluso este se inventó que ella fue la que lo golpeó a él.

¿Cuántas probabilidades tiene una mujer golpeada o abusada de ver encarcelado a su agresor en un sistema penal como el colombiano, que se revuelve en figuras retorcidas que aplazan la justicia, dilatan casos, que hacen todo lo posible para que alguien tenga que desistir de su denuncia? ¿Hay que llegar al punto de ser asesinada como la mujer del centro comercial Santa Fe para que a uno le crean?

Por eso es comprensible que la periodista Claudia Morales, quien hoy denunció que un jefe (hombre muy poderoso en los medios de este país) la haya violado, guarde silencio si ella lo quiere así. Cómo no, si ese alguien todavía tiene el poder de arruinarla profesionalmente, de arruinar su vida, de ponerla en peligro, de cerrarle las puertas en un medio pequeño y lleno de influencias. Esto no es Estados Unidos, donde las mujeres pueden unirse y donde el puesto de poder del agresor de inmediato se tambalea. No. Acá el hecho de denunciar algo así, tanto penalmente como simbólicamente, es un acto de fe. El escarnio y la cultura de culpar a la víctima son repugnantes, pero también están en nuestro ADN. Y más cuando un hombre poderoso hace cosas así: todo se tapa, todo se olvida, todo se acalla incluso con la muerte en muchos casos. ¿No están ahí diciendo que Gustavo Rugeles solo es una pobre víctima de la izquierda? Imaginen lo que pueden decir de alguien con más influencias.

No, no se puede perpetuar una cultura de impunidad. Pero en un país donde el poder ha agredido  a los ciudadanos haciendo gala de esto por décadas, donde alguien puede destruir a otro solo por mostrar lo que hace y mandarlo a matar, callar se convierte en un instinto por salvar la vida.