De colegio de monjas, que se note

Con el tiempo te das cuenta que lo que vives dentro de esas paredes rosadas es plástico, no es normal, no es real.

por Paula Beltrán R.

En mi caso, zapatos lustrados, calcetas blancas, y jumper a la rodilla. Ni se te ocurra llevar pantalones, eso es solo para niños. El peinado, importantísimo, los lunes son día de gala y la cinta de tu trenza también debe ser blanca. Vas en colegio de monjas, que se no se te olvide.

Sí, porque si la época escolar te marca, el haber ido en un colegio católico te estampa su logo en la frente y te cuelga la cruz al cuello. Creces en él y no notas cómo te moldea, pero la verdad es que tu calendario gira en torno a las fechas católicas y te sabes más canciones de iglesia que de las que suenan en la radio.

Algunos se acostumbran al ritmo, siguen todas las normas e incluso les gusta. No lo dicen, pero aman condescender a la Monjas, de hecho, a fin de año lo que más esperan es ser los ganadores del premio al Espíritu Bettiniano. Porque sí, ese es el mayor honor. Aquí, lo académico es importante, pero lo valórico es trascendental.

Con el tiempo te das cuenta que lo que vives dentro de esas paredes rosadas es plástico, no es normal, no es real. Junto a otros compañeros buscan marcar la diferencia dentro lo que ese reglamento de más de 80 páginas te permite. Creen que llegando tarde, con el uniforme mal cuidado o por fumarse un cigarro a escondidas son distintos, pero cuidado, el colegio se acaba y cuando la burbuja revienta ves que la ropa no hace una real diferencia y que tienes más cosas en común con los de adentro que con el mundo que hay allá afuera.

Lee también: Lo que opinan los jovencitos y jovencitas de esta nueva generación

Salí del colegio y fui feliz, atrás con toda su moralidad, sus juicios, su machismo ¡chao con todo eso por fin! Por años creí que era más que eso, creí que era mejor, pero entré a la Usach y pude sentir todo el peso que cargaba.

Si salí del colegio jurándome las más “chora” a solo días de entrar a la Usach me sentía la más polla. Ya no era cómico decir que saliste de un colegio de monjas, que te gustó un profe que era cura y que jugaban a la ouija pa’ semana santa. Porque es más fuerte la mochila que cargas y su peso.

Te choca ver el copete, la fiesta y la libertad, no sabes cómo asimilarlo y te sientes amargada. Quieres disfrutar, pero un velo de moralidad juzga, juzga a tus amigos y a sus acciones. La diversidad de posturas, enfoques y visión de mundo te impacta, todos hablan mal de la iglesia católica y eso, aunque no lo expresas, te apena. Pasan los días y ya no es solo molestia, hay cosas que duelen. Te duele cuando una amiga tiene un embarazo no deseado, te duele que sufra y sufres con ella. Deseas el aborto tanto como ella, pero callas, no lo dices, no la apoyas, no es correcto, no es moral.

Duele el miedo y duele el recuerdo, el haber soportado tanto y el haber ignorado tanto. Inicias un proceso de cambio, de desprendimiento, cuesta, pero vas vaciando esa mochila, vas soltando. En el camino tienes miedo, tienes juicios, te impresionas, te descubres, te conoces y te re-conoces.

Pasan los años, te juntas con tus compañeras, conversan y se observan. Qué distintas que están. Pelan a las monjas, a los profes y a algunos de sus excompañeros. Prometen que de tener un hijo jamás irá al colegio al que fueron ustedes. Tiran bromas, se ríen, se enojan y putean. Recuerdan y sienten rabia, podrían llorar, pero vuelven a reír, esos tiempos ya no volverán. ¡Qué bueno!

Tras tus risas, no lo dices, pero sabes que la mochila que te dejaron las monjas como recuerdo aún pesa un poco, que muchos de tus actos van acompañados por el acento italiano y discreto de Madre Mercedes. Señorita ¿Otra vez tarde? No, no! no corra, no grite, no se enoje ¿A ver? no me mire así ¿Qué está haciendo? recuerde que va en colegio de monjas, que se note.