La portada de la tragedia de Mocoa que nunca debió publicarse

¿Cómo es posible que incluso en una tragedia natural el amarillismo prime más que el respeto?

Juanita Riveros/Publimetro Colombia

¿Vale la pena ser grotescos con una tragedia de cualquier índole solo para vender más? En una era donde el público es (aunque no parezca) más crítico con lo que consume, se exige a los medios ser más respetuosos que nunca con el dolor colectivo. Y esto debe ser reflejado en todos los ámbitos de la información. Sobre todo, a la hora de hablar de imágenes y más aún de portadas. En este caso, la de El Espectador y la del periódico Ole, de Neiva, donde la crudeza era innecesaria, si se habla de la tragedia que asola a la ciudad sureña de Mocoa, capital del Putumayo, en Colombia.

Una avalancha de tres ríos dejó 254 muertos y 4500 daminificados. A dos días, las consecuencias humanas, obviamente, son devastadoras.

 

La del segundo informativo es aún más despreciable que la del primero. ¿En serio era necesario exhibir a mujeres muertas y desnudas como única imagen de la tragedia? ¿Con qué propósito? ¿Para qué cosificar (tal y como menciona Mar Candela, de "Feminismo Artesanal") a unas mujeres anónimas de una manera tan burda? ¿Acaso son símbolos de la tragedia (esto entre todas las comillas del mundo), solo por ver las terribles imágenes de su muerte? ¿Para qué? ¿Qué pensarían los familiares, los cercanos de estas mujeres? ¿Y sobre todo el lector, que tiene que asquearse con esto como una cosa extra, cuando ya está abrumado por todo lo que escucha, ve por redes sociales y se reporta sobre una cosa tan espantosa?

Esta fue la portada de Ole, de Neiva:

 

 

Porque una cosa es tratar de reflejar el sufrimiento humano y que eso sea un ícono de una tragedia. Otra cosa es mostrar crudeza sin más. Tenemos a Phan Thi Kim Phúc, corriendo desnuda, quemada por el nápalm en en 1972, quien ahora es activista por la paz, pero que reflejó el sufrimiento de los civiles en la Guerra de Vietnam. También a Omaira Sánchez, en Armero, en 1985, quien murió ante las cámaras y la impotencia de todos los que registraron su sufrimiento. En los dos casos, los informadores trataron de ayudar a estas niñas, con distintos resultados. Sus imágenes fueron certeras y reflejaron humanidad. En el caso de Mocoa, solo vemos crudeza y un oportunismo atroz. Solo hay muerte sin más. Solamente más de lo que se ha visto siempre, solo con el hecho de que acá solo hay repulsión y sí,- las ganas evidentes- del click o de salir con algo de "impacto".

La línea entre reflejar el sufrimiento humano y el amarillismo es muy delgada. Contar una historia tan dura puede llegar a ser solamente basura de tabloide con un encuadre equivocado o la manera en que se presenta una historia. Y el lector de estos tiempos ya no es bobo. Sabe muy bien cuáles son las intenciones del medio, a pesar de que muchas veces ni siquiera lea las noticias antes de comentarlas. Con una imagen, su análisis puede ser más diciente y certero. Y lo que este busca es solidaridad, esperanza y por qué no, algo que vaya más allá de un espectáculo de horror que habla por sí solo y no con una foto desafortunada donde las víctimas que ya no pueden hablar solo sean más carne de consumo. Y nada más.

* Las opiniones expresadas por la columnista no necesariamente representan las de Nueva Mujer.