Soy demasiado feminista para ser feliz en esta sociedad

No siempre estoy de humor para lidiar con el mundo, pero tampoco puedo ir por la vida discutiendo con todos; entiendo que el sistema funciona perfectamente para conservar las desigualdades entre sexos, pero la gente a mi alrededor no.

Colaboración Antes de Eva

Por: Karen Cymerman

Yo no sé si tú, que me estás leyendo, viste Matrix. Pero quiero hablarte de una escena en específico, en la que Cypher negocia con el Agente Smith su reincorporación al sistema, justo después de que le hayan borrado la memoria. A veces, me siento muy identificada con el traidor del grupo de Morfeo. No por la traición en sí, sino porque la realidad desde las gafas violetas es tan abrumadora a ratos que pienso que podría ser más feliz si no entendiera nada de lo que me ocurre a mí o a otras mujeres.

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Desde que comencé a cuestionar mi posición en el mundo como consecuencia de mi género y me asumí feminista, mi vida cambió. O tal vez no. Lo que cambió fue la manera en la que entiendo el mundo y la manera en la que me relaciono con las demás personas. Yo entiendo que el mundo ha sido creado por y para hombres, y que el sistema funciona perfectamente para conservar las desigualdades entre sexos.

Entiendo que la violencia que se ejerce contra mí y las demás mujeres está legitimada por el patriarcado y que el sistema funciona para culparme a mí por lo que me pase y no para prevenir o erradicar lo que está podrido en su estructura para que esa violencia no exista. Entiendo lo nocivos que son los estereotipos de género. Entiendo lo tóxico que es el amor romántico. Entiendo que la sociedad tiene una deuda con las mujeres por los trabajos de cuidado no remunerados que han realizado a través de la historia. Entiendo que hemos sido infrarrepresentadas en todos los espacios mediáticos. Entiendo que la desnudez femenina sólo es aceptable si se explota con fines comerciales. Entiendo eso y muchas otras cosas más, pero las personas a mi alrededor no.

Las personas que comparten el transporte público conmigo a diario no lo entienden. La mayoría de las personas con las que comparto la oficina de lunes a viernes no lo entienden. Gran parte de las y los compañeros afectivos con los que me he relacionado en los últimos años no lo entienden. Ni siquiera mi familia lo entiende.

Una vez hablaba con mi jefa sobre cómo mis compañeros toman a broma lo que le sucede a determinados grupos vulnerables (las mujeres entre ellos) y ella dijo algo brutalmente cierto: "No es que actúen como si fuera un chiste, es que para ellos es un chiste. Son hombres cis, blancos, heterosexuales y de clase media".

Para los machines que transgreden los vagones exclusivos en el metro también (total, ahí adentro quién va a tocar sus cuerpos sin su consentimiento), para los que critican a las mujeres que se dejan el vello en las axilas también (total, ellos pueden tener pelo en donde quieran sin que los agredan por tenerlo), para los que insultan a las cronistas deportivas también (total, ellos pueden opinar cuanta estupidez quieran sobre el feminismo aunque ni lo entiendan y nadie les va a llenar las redes sociales con amenazas de violación y muerte) y hasta para las mujeres que señalan a las "mamás luchonas" por ser unas "chamaquitas putas que coleccionan hijos" (total, ellas sí tienen acceso a métodos anticonceptivos, educación sexual y un contexto que les permite acercarse a una clínica o farmacia sin ser juzgadas, posibilidades para abortar, o en todo caso, una pareja que no se rehúsa a ponerse un condón).

Y esto es desgastante, porque ya perdí la vena pedagógica. Estoy cansada de explicar lo mismo una y otra y otra vez. Yo también hice preguntas necias, y también hubo mujeres que con muuucha paciencia me explicaron con peras y manzanas por qué lo que pensaba era absurdo (gracias, Diana). Pero también aprendí mucho porque tenía genuino interés por hacerlo, así que busqué textos, leí columnas y artículos, seguí páginas y reaprendí en silencio, sin comenzar un nuevo debate en todos los espacios que visité para que alguien más hiciera el trabajo de deconstrucción que me correspondía a mí.

No siempre estoy de humor para lidiar con el mundo como es, ni para hacerme de oídos sordos, pero tampoco puedo ir por la vida discutiendo con todas las personas que no comparten mi lucha. Yo, que me limitaba a decir que no apoyaba los espacios exclusivos de mujeres feministas, pero que los respetaba (qué pena me doy) ahora entiendo perfectamente la necesidad de espacios separatistas.

¡Todavía nos tildan de feminazis por ello! Ya los soportamos 24/7 ahí afuera, sin más violencia que oponernos con argumentos a sus pensamientos retrógradas (y esto cuando tenemos energías). ¡Neta! Denos chance de descansar de su machismo y de su completa falta de empatía. Las mujeres que todavía no apoyan o comprenden los espacios separatistas, les juro: es cuestión de tiempo, ya rogarán por ellos.

Ciertamente no tengo una gran conclusión al respecto, ni un consejo para ti si de vez en cuando te sientes como yo. Sólo sé que no hay marcha atrás, no hay un escenario en el que yo vuelva a señalar a una mujer por su apariencia o las decisiones sobre su vida sexual, o en el que lea con indiferencia un periódico cuya cabeza rece: "La mató porque la amaba". Me declaro incapaz de ser la Cypher de esta Matrix.

Puedo decirte para consolarte que nos tenemos la una a la otra. Que hay espacios creados por y para nosotras (Antes de Eva es uno de ellos), en donde podemos entendernos y en donde no caben los chistes machistas ni los juicios nublados por el clasismo, el racismo y la homofobia. Y que un día de estos (que tal vez no tengamos la fortuna de presenciar) nosotras ya no seremos las bichas raras.

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