Soy mujer, y no quiero que hables mal de mi género

No me interesan tus quejas, menos si se trata de las mujeres, porque yo soy una.

Hace algunos días, tuve que tomar un taxi para volver a mi casa. La noche anterior la había pasado con amigas, y como se hizo tarde, decidimos que dormiríamos todas en el departamento de una de ellas para no correr ningún riesgo.

Lo más irónico, es que ese temor nacía de la idea de tener que viajar sola en taxi, cosa que estaba haciendo la mañana siguiente, pero en ese momento no me daba miedo, porque era de día. Como si los villanos salieran sólo de noche.

Pero no sólo tuve que privarme de llegar a mi propia casa por la noche —a pesar de pagar extra por un servicio de traslado que se supone es más seguro— sino que además, tuve que aguantar los comentarios inadecuados del chofer.

Pago ese servicio de “taxis privados” porque puedo y también, porque soy responsable y no manejo si he tomado alcohol. No le debo explicaciones a nadie. Pero no sé hasta qué punto es un servicio seguro, si aún así las mujeres corremos riesgos de enfrentar a personas que dañan nuestra integridad de distintas maneras.

Como había dormido en la casa de mi amiga, estaba vestida con ropa de fiesta. Obviamente, eso no es de incumbencia de nadie, pero el chofer no dudó en preguntarme “cómo había estado el carrete” y “si había conocido a algún chiquillo”.

Para no ser descortés, le respondí que lo había pasado bien. Luego de eso, insistió en hablar de cosas privadas y en ese momento, dejé la cortesía y le llamé la atención.

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Desvié la conversación porque estaba incómoda: no importa si era un chofer de taxi, un gerente, un sacerdote, un economista o un tío, es el hecho de insinuar cosas sólo porque una es mujer. Los hombres creen que tienen ese derecho.

Yo no le pregunté si lo había pasado bien con su pareja anoche, tampoco insinué cosas por la forma en que estaba vestido. Jamás lo haría, porque no es mi tema.

Cuando le dije que no hablaría cosas así con alguien que no conozco, se molestó y comenzó a vociferar en contra de las mujeres. “¿Usted maneja?”. Le dije que sí, pero que ando en taxi a veces porque es más cómodo.

Acto seguido, este individuo me dice que “menos mal que no manejo, porque todas las mujeres manejan mal”. Le dije que nunca en mi vida había tenido un problema manejando, y para cerrar con broche de oro su machismo, me dice que “probablemente no me pasaron partes o multas porque soy rubia y bonita”.

Obviamente, mi ira estaba apunto de salir por mis orejas, ojos, nariz, pero me contuve. Le dije que estaba generalizando y me quedé callada. Esperando que dejara el diálogo que tanto me incomodaba, prosiguió.

Me dijo que las mujeres son exageradas, que sus pasajeras femeninas son las peores, por que “se quejan que se las jotean cuando huelen a copete”. Cuando me decía esto, yo me preguntaba si me estaba tratando de molestar o si en realidad, su cerebro no era capaz de dimensionar que estaba hablando mal de las mujeres, con una mujer. Como si yo fuera a reafirmar su postura.

Esta no es primera vez que me pasa. De hecho, cada vez que me subo a un taxi o al transporte público voy a la defensiva y espero fervientemente que no me lancen un comentario inapropiado. Una vez, me preguntaron si tenía sueño, respondí que sí y el sujeto del taxi me dijo “su pololo la dejó cansada”. Esas son las cosas que soportas cuando eres mujer. Esas y otras mucho peores.

No quiero escuchar comentarios malos sobre las mujeres, no quiero hablar de mi vida privada con un desconocido, no quiero que me pregunten si tuve sexo o no, no quiero que me pregunten por qué no soy mamá a los 28 años.

No hables mal de mi género, porque estoy orgullosa de ser mujer. 

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