Equidad

Infidelidades de famosos: ¿Por qué el hombre siempre es el "inocente" del cuento?

Lo que pasó entre la presentadora colombiana Sara Uribe y el futbolista Fredy Guarín solo revela que la lapidación pública va para "la otra", quitándole la responsabilidad a la parte masculina en discordia.

Por Luz Lancheros.

“Es que te degradas como mujer haciendo algo moralmente reprobable como meterse con una persona casada y/o comprometida”, es lo que le suelen decir a la presentadora colombiana Sara Uribe luego de haber tenido una breve relación sentimental con el futbolista de la Selección Colombia, Fredy Guarín, quien está casado.

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Esto, al ella publicar un estado en Facebook donde le acusa, entre otras cosas, de haberla denigrado y hacerla el “hazmerreír de todo un país”. Pero quizás ella le da a Guarín más méritos de los que le corresponden y le quita otros. Porque en una relación entre tres, sobre todo cuando las dos involucradas son mujeres, el hombre sale siempre indemne y Guarín también estuvo involucrado. Y no: no es obra del deportista solamente contribuir a su lapidación. Es obra de una cultura universal en la que en las historias de infidelidad siempre tienden a condenar a la amante como “engatusadora rompe-hogares” y las otras dos partes salen casi limpias. Porque cómo fue que la esposa “no cuidó” a su marido. “Fijo debió aburrirlo o engordó”.

Vean el caso de “Brangelina”. ¿Quién sigue condenando a Brad Pitt por haber engañado a su entonces esposa con Angelina? Nadie. En el folclor mundial (porque sigue existiendo y parece digno de un villorrio medieval), las dos protagonistas del relato son “Angelina
la quitamaridos vampiresa” y “Jennifer la inocente víctima que no tenía nada que hacer ante la sensual Lara Croft”. Y ¿Brad Pitt? como si nada. Bien, gracias. O bueno, últimamente no tan bien.

Esto también pasa en el caso de Fredy Guarín. Sara Uribe es la “zorra”, la que “no se respeta a sí misma”, “la que era plato de segunda mesa”, “quién la manda”, “basura de persona”. Porque ser “la otra” te condena, por lo menos de manera virtual, como a Sara,
a la misma lapidación pública (“shame, shame”), de Cersei Lannister en “Game of Thrones”. Porque “ser la otra” es de inmediato ser la “mala”, porque es moralmente reprobable meterte (“meterte”) con una persona casada o comprometida. Claro, es moralmente reprobable, pero ha pasado desde los tiempos de Matusalén y sigue pasando.

Porque en el relato de los tres involucrados, quizás solo hay una lectura simple, en la que hay una bruja quitamaridos y quizás no un hombre aburrido en su matrimonio, poco comprometido, un imbécil o un desesperado, quizás, o una mujer ilusionada con promesas, regalos, etc. O una mujer que solo quiere echarse un polvo a pesar de los dilemas morales o que simplemente el hombre le gustó a pesar de estar casado, que también vive en la incertidumbre (o no), y que claro, por otro lado hay una esposa que espera, que no sabe, o que sí sabe pero que ya se resignó, se aburrió y a la que le duele todo o que simplemente quiere enviar todo y a todos al infierno. Hay tantas lecturas de una infidelidad, que “meterse” no implica abrirse paso sin que el otro sea un ente que no sabe nada o no reacciona. “Meterse” no existe, cuando una infidelidad es de dos. Cuando el hombre también tiene todo que ver.

Qué ácil es juzgar. Porque eso nunca ha pasado (nunca, pero nunca) con un hombre en el puesto “del otro”. A Russell Crowe nadie le dijo nada cuando Meg Ryan le puso los cuernos a Dennis Quaid con él. De hecho, eso destruyó la carrera de ella y él se ganaba al siguiente año un Oscar. A Richard Burton tampoco nadie le dijo nada cuando comenzó a andar con Elizabeth Taylor. De hecho, la inglesa se llevó todos los improperios. Y así, la historia se repite en un sinfin. El mismo viejo cuento de siempre que ahora vive Sara Uribe en redes sociales y donde toda la culpa la lleva ella. Porque como siempre, la llevan ellas.