Usar tacones, ¿nos empoderan o nos hacen más débiles?

Han sido asociados con al sensualidad, pero su uso puede resulta una verdadera tortura.

Por Diana Margarita Zayas Díaz*
Maestra en Sociología y doctorante en Antropología por la Universidad Iberoamericana

Tarde de un martes cualquiera en Lomas de Chapultecec, a mi derecha casas habitación, a mi izquierda edificios corporativos. Hora de comida. La calle ligeramente ascendente se llena de trabajadores; una apabullante cantidad de hombres en comparación a las mujeres. Vienen de traje, en su gran mayoría con el saco puesto, casi todos en grupos, uno que otro solitario fumando un cigarro pero caminando igual. Su andar es rápido, en algunos casos veloz, su gafete colgando del cuello, la camisa o el pantalón.

Detrás de una oleada de estos trabajadores veo las oficinas del corporativo frente al que estoy estacionada, hay escaleras, siete para ser precisos, al final de ellas se encuentra un lobby, seguramente habrá un ascensor. De las escaleras baja una mujer, se nota que trabaja ahí pues saluda a los que la pasan, además sólo carga su monedero. Su lento descenso contrasta con la prisa de los hombres; la razón me salta a la vista: tacones, ¿10 cm? Parece correcto mi estimado.

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Es por este motivo que también se agarra a la barda, viste pantalones de mezclilla. Veo otros pantalones de mezclilla en la calle, una mujer nuevamente, tacones similares, de aguja, de los que se entierran en el adoquín. Parece una ilusión óptica, hombres que se hacen a un lado para rebasarla, ella intentando subir la calle, digo intentando, porque sólo mira el piso, y se toma de aquellas bardas que se lo permiten.

La escena se repite unas cuatro veces. Ellas no portan gafete, ellas están vestidas de mezclilla ajustada, blusa y tacones. Los tacones varían en altura, pero en todos los casos parecen interponerse para un caminar fluido. No parece que vayan a comer. Sólo entran en alguna de las tiendas de conveniencia que se encuentran ocupando un modesto espacio entre corporativo y corporativo. Emergen de éstas con bolsas, una con un café y una bolsa.
Mientras que a los hombres que pasaban, no los vi más, pues estaría aproximadamente 25 minutos dentro de mi auto a la espera de alguien que había entrado en uno de aquello edificios, a ellas sí las vi, regresando lenta y pausadamente, quizás por la combinación entre tacón y pavimento con textura cambiante.

Pero la estética de las mujeres de ese martes en esa zona tiene sus excepciones; mujeres de tez blanca, con una cola de caballo en el pelo, bolsa de diseñador en la espalda, y zapatos tan cómodos que incluso los desee por un instante, tomando por la correa a su perro. Eran vecinas del lugar, algunas prescindían de la bolsa. Sus zapatos cafés, verdes y rojos aparentaban ser de piel, seguramente lo eran. Eran cerrados, sin tacón, y su andar era igual o más rápido que el de los hombres. Algunas no eran vecinas, eran clientas de los corporativos, entraban y salían rápidamente con este caminar que parece casi injusto comparándolo al otro. A algunas las esperaban choferes, a otras no, y se alejaban en un santiamén.

La inequidad, como la cultura, se corporaliza. La vestimenta que contrasta con la de los hombres no es casualidad, ellos quizás lleven la etiqueta de ejecutivos, ellas de asistentes, secretarias. Cosa que en una organización es necesaria, la división de las tareas, no todos desempeñamos la misma función. Pero hemos transformado la función en un código de vestimenta, donde la mujer está perdiendo la batalla contra el tiempo de desplazo. Son esas normas no explícitas que hacemos los seres humanos, no creo que exista un código de vestimenta que le impida al hombre o a la mujer estar cómodo, y más aún, desplazarse sin miedo a caer por una banqueta; pero al mismo tiempo sí existe.

Las diferencias corporalizadas como la que tuve el privilegio de observar, son la pauta para decir: necesitamos feminismo.