¡Sé un hombre! ¡Ponte los pantalones!

Esta es la historia de un tipo de 30 años que no responde al típico modelo de hombre que la sociedad espera. Y tampoco está preocupado por ello.

Lo peor de andar en taxi es tener que hablar con el taxista. O esa por lo menos es la peor parte para mí. ¿Por qué él piensa que me puede interesar conversar sobre los últimos arreglos que le ha hecho a su auto? Está bien, no es su culpa. Él ve como pasajero a un hombre, cercano a los 30 años e imagina que puede utilizar el mismo repertorio que saca con los hombres de 30 años: autos, fútbol, mujeres, chistes de doble sentido, lucha libre, etc. Seguro siempre le resulta. ¿Pero qué pasa cuando se topa con alguien a quien le importan un bledo esos tópicos?

Esta es mi historia. Soy un hombre de 30 años y no respondo al tipo de individuo que la sociedad espera que sea. No pienso en mi futuro financiero, no estoy casado, no tengo hijos, ni casa propia. En otras palabras, no me interesan las responsabilidades que debería asumir un hombre en mi condición, lo cual no me molesta para nada.

Pareciera que ya todo estuviese escrito para los hombres. La sociedad nos obliga a seguir un camino que otros construyeron para nosotros. Nos exigen estudiar, sacar la carrera, casarnos, comprar una casa, tener un hijo, abastecer a nuestra familia, adquirir un auto, tener otro hijo y agrandar la casa antes de cambiar el auto por otro más moderno y más caro. Me da sueño sólo enumerar estas cosas.

Aquellos que optamos por otro camino, siempre somos mirados de reojo. Es como si quisiéramos vivir al margen de la sociedad.

Todo empieza desde pequeños. Se esmeran en moldearnos para seguir un único ideal de hombre. Nos prohíben llorar; nos enseñan a reprimir nuestros sentimientos pues esas actitudes son típicas de las mujeres, el mal llamado “sexo débil”. Tenemos que andar a empujones, jugar con violencia, pelearnos, rascarnos en público, escupir, oler mal, decir garabatos… Ser hombres.

¿Y si eres sensible?

El primer golpe duro que sufrí en mi vida ocurrió a los seis años. Vi morir a Schwarzenegger en Terminator 2.  Mientras desaparecía en metal fundido despidiéndose con el pulgar hacia arriba pensé: -¡Terrible! ¿Cómo se recupera un niño de un golpe así? Yo lo hice. Esperé a que mi viejo llegara del trabajo y le dibujé la escena, luego se la mostré y lloré. Él sólo atinó a mirarme y dejó que me desahogara; en una actitud muy distinta a la de mis tíos que siempre me decían que “los hinchas del Colo no lloran”.

¡Grande mi viejo! Él a mi edad ya estaba casado, tenía un auto, casa y al primero de sus tres hijos y aún así nunca intentó que me convirtiera en un prototipo de hombre.

No es fácil cuando en tu casa, tu país, en la sociedad entera sólo se escucha: “¡Cásate!”, “¡Conviértete en el proveedor!”, “¡No te muestres débil!”, “¡Sé un hombre!”, “¡Ponte los pantalones!”.