Equidad

Mujeres que patearon traseros en la Primera Guerra Mundial

Durante la guerra, muchas mujeres fueron activistas, enfermeras, secretarias y telefonistas, pero también fueron espías y combatientes; a Mata Hari, espía de dos ejércitos, se le le achacó la muerte de 50 mil soldados franceses.

Por Miguel Civeira

¡Saludos! Como sabrán, estamos a poco de que se cumplan 102 años desde que inició el conflicto global que dio a luz al siglo XX. Como nerd de la historia que soy, he estado escribiendo cosas al respecto desde 2014 y pienso hacerlo hasta 2018, para conmemorar como se debe este centenario. Hoy quiero invitarles a conocer las historias de algunas mujeres que patearon traseros en la Primera Guerra Mundial:

A manera de introducción, les cuento lo que tiene que ver la guerra con los movimientos feministas. Ya desde el siglo XIX existían algunos con cierto peso político. No sólo las famosas sufragistas, sino mujeres afiliadas al socialismo o el anarquismo hicieron sentir su presencia en la vida pública de los países más desarrollados de Occidente. Pero la Primera Guerra Mundial fue el catalizador que permitió que se acelerara el proceso de transformación de la sociedad hacia una cada vez más equitativa para los géneros.

       

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El reclutamiento masivo de varones en todos los países beligerantes conllevaba el peligro de dejar la industria sin obreros. Por lo regular los trabajadores de sectores económicos estratégicos estaban exentos de ser reclutados. Pero al mismo tiempo que era necesario tener más hombres en el frente se hacía necesario aumentar la producción de armas y toda clase de productos industriales porque una guerra no se gana sólo con gente disparando sino que se necesita de una sólida economía industrial que produzca todo, desde balas hasta comida enlatada y agujetas para las botas.

La forma de cubrir las necesidades de mano de obra fue reclutar mujeres, en un principio solteras con experiencia laboral en otros campos, pero más tarde las mismas madres, hermanas y esposas de los hombres que estaban en el frente. Durante cuatro años de guerra, muchas mujeres probaron lo que era ganar y administrar su propio dinero, sin necesidad de rendir cuentas a ningún hombre. Es decir, saborearon la independencia económica, un primer paso hacia la emancipación.

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Y no sólo conocieron la autonomía individual, sino que también descubrieron su poder colectivo como una fuerza política de peso real. En un principio las mujeres inglesas se manifestaron a favor de la guerra, animando a los hombres a luchar contra el enemigo, y expresaban solidaridad con las mujeres de la Bélgica ocupada por Alemania, que sufrían brutales violaciones por parte de los ejércitos del Káiser. Incluso algunas mujeres andaban por la calle y repartían plumas blancas (símbolo de cobardía) a los hombres vestidos de civil, por no haber tenido las pelotas de enlistarse en el ejército para defender la patria.

Pero conforme la guerra fue avanzando y se reveló como la locura cataclísmica que era, las mujeres constituyeron una de las fuerzas más importantes en pos de la paz. Como la mayoría de los hombres en edad de combatir estaban en el frente, en muchas ocasiones las protagonistas de las grandes manifestaciones en contra de la guerra fueron las mujeres. De hecho, recuerden que la Revolución Rusa inició cuando un grupo de damas, que conmemoraban el Día de la Mujer, encabezó una protesta contra la carestía ocasionada por la guerra.

Terminado el conflicto, mujeres de toda Europa se hallaban empoderadas como nunca antes, y no es casualidad que en los años que siguieron ellas obtuvieran el derecho al voto en la mayoría de los países desarrollados. Oh, es cierto que entonces los gobiernos las obligaron a abandonar sus empleos y volver a sus hogares con el objeto de que hubiesen plazas laborales para los soldados que volvían a reintegrarse a la vida civil, pero no fueron pocas las que se resistieron (duramente criticadas por la prensa: “malas mujeres que no quieren devolver sus empleos a nuestros héroes de guerra”) y de cualquier forma la experiencia de la libertad no puede borrarse por decreto. Finalmente con la Segunda Guerra Mundial el reclutamiento de las mujeres como fuerza laboral se dio a una escala incluso mayor, y después los países que aún faltaban poco a poco reconocieron el derecho de las mujeres a participar en la vida política.

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La segunda ola de feminismo se dio a mediados de siglo y hoy estamos viviendo una tercera, pero todos estos logros muy probablemente se habrían retardado de no ser por el triunfo de la primera ola de feminismo gracias a la Primera Guerra Mundial.

Las mujeres no sólo fueron afectadas por la guerra; algunas de ellas tuvieron papeles protagónicos en el desarrollo del conflicto. Fueron activistas, enfermeras, secretarias y telefonistas, pero también fueron espías y combatientes. Aquella generación cambió para siempre el rol que tendrían las mujeres en el mundo moderno. Sin más preámbulos, aquí están las mujeres que patearon traseros:

Empecemos por alguien que dedicó toda su vida a la paz y que murió justamente el año en que empezó la guerra. Nació como la Condesa Bertha Kinsky, de una familia aristocrática austro-checa venida a menos. Tuvo que aceptar un puesto como institutriz en casa de la rica familia von Suttner y tuvo un romance secreto y prohibido con uno de los hijos, Arthur, siete años menor que ella. Cuando la relación se descubrió, ella se vio obligada a dejar Viena rumbo a París, donde se convirtió en la secretaria del mismísimo Alfred Nobel.

Bertha von SuttnerDespués de un tiempo volvió a Viena a buscar a Arthur; la joven pareja se casó en secreto y se fugó para vivir su romance en Georgia, entonces parte del Imperio Ruso. No fue precisamente un idilio, pues además de las dificultades económicas y el ostracismo social allí les tocó vivir los horrores de la Guerra Ruso-Turca (1877-1878), que marcó para siempre la ideología pacifista de Bertha. Cuando en 1885 los enamorados se reconciliaron con la familia von Suttner, pudieron regresar a Austria.

Poco después, en 1889, Bertha publicó su obra más influyente Die Waffen nieder!, que significa algo así como ¡Deponed vuestras armas!, y que la colocó en el centro del movimiento pacifista europeo. Ella creía que la paz universal sería el resultado inevitable del progreso social y tecnológico, pero que había que hacer avanzar ese proceso activamente. Con este objetivo en miras fundó publicaciones pacifistas y una organización de la que fue presidenta; abogó por la creación de una Corte de Justicia Internacional y participó en la organización de la Primera Convención de La Haya.

En su afán de abolir la guerra, Bertha fue quien convenció a su antiguo patrón y amigo Alfred Nobel de crear el premio de la Paz, que ella misma recibiría en 1905. El galardón podrá llevar el nombre del rico industrial sueco, pero es gracias a Bertha von Suttner que existe. Quizá debería haberse llamado Premio von Suttner de la Paz.

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Su caso fue muy peculiar, porque su fama se debe menos a sus acciones reales que a las circunstancias de su muerte y cómo fueron aprovechadas por la propaganda de los Aliados. Edith nació en una familia inglesa de clase media. Vivió en Bélgica, donde trabajó como institutriz durante cinco años, antes de regresar a Inglaterra y estudiar enfermería en Londres.

En 1907 fue reclutada como directora de una nueva escuela de enfermería en Bruselas y fue allí en donde realizó sus actividades más importantes, pues fue la responsable de introducir modernas técnicas en la escuela, a pesar de tener que trabajar en condiciones muy desfavorables y con una infraestructura anticuada.

Cuando la guerra estalló, Edith se encontraba visitando a su madre en Inglaterra. Eso podría haber sido considerado una gran fortuna (recordarán que Bélgica fue el primer país invadido por el Imperio Alemán, a pesar de ser neutral), pero esta enérgica mujer no abandonaría a sus colegas y alumnas, de modo que, apenas tuvo la oportunidad, volvió a Bélgica, en contra de los deseos de sus familiares y amigos.

La escuela de Edith se convirtió en un hospital de la Cruz Roja, abierto para heridos de todas las nacionalidades. Cuando las demás enfermeras británicas regresaron a casa, Edith y su asistente permanecieron en la Bruselas ocupada por los alemanes. “No puedo detenerme mientras haya vidas que salvar” dijo alguna vez. Ante el avance de los ejércitos del Káiser, Edith proveyó de escondite a los soldados aliados y ayudó a más de 200 de ellos a escapar hacia la neutral Holanda.

Los alemanes descubrieron sus acciones en 1915 y la acusaron de espionaje y colaboración con el enemigo. Tras su arresto, ella confesó los “delitos” que se le imputaban. Fue sentenciada a muerte y fusilada. Antes de morir, dijo que el patriotismo no era suficiente y que no debía sentir odio ni rencor por ninguna persona.

Los Aliados rescataron su historia y la convirtieron rápidamente en material de propaganda; una muestra de las atrocidades cometidas por esos bárbaros alemanes. Funcionó; la indignación estalló no sólo en el Reino Unido (donde precipitó una oleada de nuevos reclutamientos voluntarios), sino en Francia y del otro lado del Atlántico. Se erigieron monumentos en su honor y hasta se bautizó una montaña en Canadá con su nombre. Justo lo contrario de lo que ella quería, pues había expresado sus deseos de no ser recordada como mártir o heroína, sino como una enfermera que cumplía con su deber.

Ahora, dos datos curiosos e irónicos. Uno, que por esos mismos días los franceses fusilaron a una enfermera alemana por ayudar a compatriotas suyos a escapar de Francia. Sin embargo, el alto mando alemán ni protestó por este caso ni lo usó como propaganda: creían que los franceses tenían todo el derecho a fusilarla. Dos, que recientemente el MI5 (la agencia de inteligencia británica) reveló que en efecto Cavell estaba espiando para los ingleses, por lo que las acusaciones de los alemanes resultaron ser acertadas. Creo que eso sólo la hace aún más genial.

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Quizá la mujer más famosa de la Primera Guerra Mundial. La historia de Margaretha Zelle (su nombre real) es una de tragedia y osadía, de una mujer tratando de sobrevivir en un mundo de hombres arrogantes que quieren reducirla a una criatura dominada. Pero ella les viró la tortilla.

Nacida en 1876 en Holanda, a los 19 años se casó con Rudolph McLeod, un militar veinte años mayor que ella, y a quien conoció porque el señor había anunciado en un periódico que buscaba esposa. Con él se mudó a Indonesia, donde la pareja tuvo dos hijos (un varón que murió a los dos años y una niña que vivió para ver el final de la guerra, sólo para morir de sífilis al año siguiente). El matrimonio sólo duró cinco años, que para Zelle fueron de frustración e infelicidad, pues el hombre era alcohólico, abusivo e infiel. Ella se refugió en el estudio intensivo de la cultura local, en especial sus danzas. Por un tiempo abandonó a su esposo y se convirtió en bailarina exótica, adoptando el nombre artístico de Mata Hari, que en lengua malaya significa “El Ojo del Día”.

Mata HariAl volver a los Países Bajos, la pareja se divorció. Entonces ella se mudó a París e inició una exitosa carrera como bailarina y modelo, cautivando a las audiencias con su exótico y sensual estilo dancístico y su coquetería. Elevó la danza exótica a un espectáculo artístico de altos vuelos que se ganaba los comentarios favorables de críticos prestigiosos.

Poco antes de la guerra, al cruzar la barrera de los 30 años, su carrera comenzó a declinar. Entonces se convirtió en cortesana de tiempo completo. Aunque no poseía una belleza espectacular, encantaba a los hombres con su personalidad sexy y desinhibida, consiguiendo así muchos privilegios de sus adinerados amantes. Y cuando inició la guerra, sus habilidades le permitieron hacerse de una nueva fuente de dinero.

Seduciendo hombres de uno y otro bando, Mata Hari obtenía información tanto de los alemanes como de los franceses y la vendía a ambos. Los franceses creían que trabajaba para ellos, mientras los alemanes pensaban lo mismo y así ella obtenía dinero de ambos.

Sin embargo, en 1917 las autoridades francesas habían interceptado telegramas alemanes y con ayuda de los británicos los habían descifrado. Estos mensajes hablaban de un misterioso agente cuyo nombre código era H-21, que la inteligencia francesa identificó como Mata Hari. Ella fue arrestada y acusada de espionaje, y por sus acciones se le achacó la muerte de 50 mil soldados franceses. En realidad, las acciones de espionaje de Mata Hari no habían tenido un impacto apreciable en el resultado de los combates, pero por esos días el ejército francés enfrentaba fuertes motines y tomó a la bella mujer como chivo expiatorio como parte de sus esfuerzos propagandísticos para demostrar que tras las sublevaciones estaba la manipulación extranjera (cuando fueron las deplorables condiciones en las que vivían los soldados las verdaderas causas de que se rebelaran).

Tras un juicio cuyo veredicto había sido decidido desde antes de que comenzara, Margaretha fue ejecutada por un pelotón de fusilamiento a la edad de 41 años. Se dice que antes de morir, le envió besos a los soldados que estaban por dispararle y un periodista presente en la escena afirmó que ella no quiso que la ataran ni que le vendaran los ojos, y que tras recibir las descargas ella mantuvo la frente en alto y la expresión digna, siempre mirando a los hombres que le estaban quitando la vida.

Al no tener familia, su cuerpo fue usado para investigaciones médicas y su cabeza fue embalsamada y conservada en el Museo de Anatomía de París, de donde desapareció en una fecha indeterminada.

Tragedia, exotismo y sensualidad marcaron la existencia Mata Hari, la extraordinaria femme fatale que engañó y manipuló a hombres que dirigían ejércitos, una mujer cuyos últimos años de vida bien habrían podido formar la trama de una inverosímil novela de espías.

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Espera la segunda entrega de esta historia. 

Imágenes: GETTY IMAGES 

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