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Dejemos de decir que las otras mujeres son competencia

Dejemos de referirnos a otras como “putas”, “maracas”, “viejas”, “frígidas” o “guatonas”, ampliemos la visión, dejemos de generalizar y no odiemos sin razón.

Me cansé de competir con mis compañeras de género. Me aburrí de escuchar comentarios que se refieren a las mujeres y a esa necesidad de imponernos unas sobre otras, como si fuéramos enemigas.

Pero es cierto, las mujeres nos hemos acostumbrado a mirar con recelo a las demás. Miramos a la que es más flaca, a la más rubia, a la más morena o a la más rellenita.

También miramos a la que tiene la mejor ropa, a la que se viste distinto y a la que usa lo que todas las demás usan. Evaluamos si esa vestimenta es correcta para esta y esta otra ocasión, si es adecuada para “causar una buena impresión”.

¿A quién queremos impresionar? A otras mujeres, porque a todas las que nacimos con una vagina, útero, ovarios y glándulas mamarias se nos enseñó que nos tiene que costar, que todo tiene que ser más difícil y sufrido, porque para la mujer “no es fácil moverse en un mundo dominado por hombres”.

Pero no tiene por qué ser así, no tiene. Hablamos de feminismo, de la lucha que llevamos para reivindicar nuestros derechos, pero miramos con desdén a la mujer que no se parece a nosotras mismas, una mirada de odio gratuito que no tiene por qué existir, que en realidad, disfraza una inseguridad tremenda.

No digo que no apoyo al feminismo; de hecho, soy una mujer que desea profundamente vivir en un mundo justo y equilibrado, sin diferencias arbitrarias, pero también quiero que implementemos eso entre nosotras mismas.

No quiero hablar a espaldas de mis amigas, ¿por qué llamarlas amigas entonces, si tenemos tantas cosas malas que decir de ellas? Tampoco de mujeres que no conozco, llenando mi cabeza de prejuicios estúpidos que sólo llevan a perpetuar esta continua competencia.

Quiero dejar de ser esclava de mi imagen, porque serlo conlleva vivir preocupada del hecho de que siempre habrá otra mujer más joven y atractiva, y eso es una condena autoimpuesta que no merecemos llevar.

En ese sentido, los hombres suelen ser más sinceros. Si a alguno le pasa algo bueno, los demás lo felicitan. Si hay algún problema entre amigos, se lo gritan a la cara (no valido la violencia) pero una vez que pasa, se dan la mano y piensan en que eso fue una estupidez.

Las mujeres felicitamos de corazón, pero nos cuesta no recalcar algo malo de nosotras mismas cuando escuchamos que a otra le va mejor. Nos culpamos, nos preguntamos qué será lo que estamos haciendo mal para no lograr lo mismo que ella. Y lo peor, hablamos del físico de la otra vinculándolo ilógicamente a ese éxito.

Sigamos adelante. No creamos todo lo que dice la televisión, las revistas, los medios, las películas, las redes sociales, etc, etc, etc. Mirémonos con empatía y compasión, porque no somos competidoras, sino que aliadas.

El valor de alguien no puede tener que ver con el género y una situación tampoco tiene un desenlace distinto porque fue visto desde un punto de vista feminista o machista.

Empecemos por casa y dejemos de considerar como competencia a otras mujeres. Dejemos de referirnos a otras como “putas”, “maracas”, “viejas”, “frígidas” o “guatonas”, ampliemos la visión, dejemos de generalizar y no odiemos sin razón, eso sólo te intoxica más.

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