Machismo, micromachismo y 'femichismo', ¿te identificas?

María Jesús Ortiz propone acuñar este término para referirse a quienes, desde un machismo soterrado, camuflado, mantienen que la igualdad es una meta prácticamente conseguida y que las feministas son unas fanáticas que solo pretenden pasar a dominar y discriminar a los hombres.

Por María Jesús Ortiz, periodista experta en comunicación y género

Hablar de feminismo, hay que recordarlo demasiado a menudo, es hablar de tres siglos de lucha contra la dominación masculina del patriarcado. Es hablar de la conquista de derechos de las mujeres que hoy son incuestionables pero que ha habido que pelear uno a uno. Entre ellos el derecho a la educación, al trabajo remunerado, al voto, a la participación en la vida pública, a la emancipación y desarrollo personal, a la propia sexualidad, a una maternidad libre y deseada, a decidir sobre sus bienes y sus vidas, y a compartir en igualdad de condiciones con los padres las decisiones relativas a sus hijos e hijas, cuando optan por tenerlos.

El recorrido ha sido y es largo, lento y difícil. El patriarcado genera numerosas estrategias y crea continuas barreras para que los privilegios de los varones, aunque mermados, permanezcan. Una de las maniobras más recurrentes ha sido el desprestigio sistemático de las feministas, tachándolas de rencorosas, amargadas, vengativas e, incluso, desequilibradas y paranoicas. Y por supuesto, de muy feas. En cada etapa histórica se ha reproducido esta táctica, con argumentos diferentes pero con el mismo objetivo de ridiculizarlas y despojarlas de la más mínima autoridad y credibilidad.

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En los últimos años, en este habitual contexto de desprestigio, se implanta el término feminazi para colocar a las feministas en una radicalidad agresiva, en un plano equivalente al del machismo más reaccionario y violento. Este calificativo, como bien afirma Ruth Toledano en su excelente artículo Machinazis, publicado en eldiario.es, es otra forma de agresión.

Es un hecho que el machismo, en tanto que actitudes y comportamientos sociales producto del patriarcado, ha ido perdiendo terreno ante el imparable avance de la igualdad de derechos y oportunidades. Pero ha resistido los embates mediante mutaciones que han cambiado su aspecto, pero no su esencia. Una de esas mutaciones es lo que podríamos llamar "femichismo".

Poco a poco ha ido aumentando el número de personas que, con un tono razonable y siempre condescendiente, explican que igualdad entre mujeres y hombres sí, por supuesto, faltaría más, pero que feminismo… que eso ya es un exceso reprobable.

Son los y las que llamaría femichistas, quienes desde un machismo soterrado, camuflado, mantienen que la igualdad es una meta prácticamente conseguida (a pesar de la terquedad de los datos y las investigaciones que demuestran lo contrario) y que las feministas son unas fanáticas que solo pretenden invertir la situación de privilegios, pasando a dominar y discriminar a los hombres.

A diferencia del micromachismo, las actitudes machistas más cotidianas que por estar muy interiorizadas nos cuesta percibirlas, aunque sean igual de lesivas que el machismo más flagrante, el femichismo es una mascarada igualitaria, un lobo disfrazado de cordero.

Femichistas son quienes, cuando se habla de cuotas femeninas en los puestos de decisión y responsabilidad, contestan que están a favor del equilibrio, pero que hay que elegir por criterios de mérito y capacidad. Quienes solo por plantearse candidaturas femeninas cuestionan la cualificación. Criterios de mérito y capacidad ausentes, por cierto, en el juego de relaciones e influencias cuando se trata de elegir solo entre varones.

Femichistas son quienes condenan rotundamente los malos tratos a las mujeres, pero alegan que hay que reconocer que la violencia de género se da tanto de hombres hacia mujeres como de mujeres hacia hombres. Que ellas también maltratan o ponen denuncias falsas.

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Femichistas son quienes dicen que la maternidad no debe ser un obstáculo para acceder o conservar un puesto de trabajo, pero que los permisos por embarazo y crianza causan mucho trastorno en la organización y la productividad de las empresas.

Y Femichistas son quienes defienden la participación de las mujeres en el mercado del trabajo, pero las convierten en una subcategoría laboral que sirve para mantener salarios bajos.

A los o las femichistas les parece justo que las mujeres tengan el mismo derecho a promocionar a los puestos más elevados, pero explican que si no llegan es porque en realidad ellas renuncian, porque no les compensa.

Femichismo es escudarse en el rol de esposa ignorante para defenderse de acusaciones por presuntas prácticas corruptas familiares, calificando cínicamente de machistas a quienes las critican por ello.

El femichismo se da en las empresas que proponen financiación para congelar los óvulos de sus ejecutivas o que los y las trabajadoras se puedan ceder parte de sus permisos, presentándolo como medidas avanzadas para favorecer la conciliación.

Empresariado femichista es también el que condiciona los ascensos de las mujeres a las cúpulas directivas a una previa formación en liderazgo. Deben pensar que, a diferencia de los varones, no vienen equipadas "de serie" con la capacidad de ser líderes. A ellos no se les exige ese adiestramiento extra, que parece responder más a la intención de que las mujeres se adapten bien a los varoniles criterios de cómo ser dirigente en una economía neoliberal antes de que asciendan a las cimas del poder.

Femichismo es defender la concesión de la custodia compartida a padres maltratadores, aún a riesgo de la integridad física y psicológica de los y las menores, amparándose precisamente en el derecho a la igualdad y la corresponsabilidad en la crianza. Derecho que en todas las demás situaciones parece perder relevancia y tiempo de dedicación paterna, en pro de la reconocida vinculación natural madre-hijo/a.

Incurrir en el femichismo es decir que la publicidad no es sexista porque en algunas ocasiones también se utiliza el cuerpo del hombre como reclamo. O publicar reportajes contra la trata y explotación sexual de las mujeres al mismo tiempo que se obtienen réditos económicos de la publicidad de servicios sexuales con el argumento de que no puede saberse si los contratan o no organizaciones criminales.

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Femichista es dar espacio al arte y la creatividad de las mujeres, catalogándolo como arte y creatividad de mujeres.

Femichismo es calificar de exageración las críticas a los piropos. Considerar que puede ser agradable la invasión de la intimidad y el espacio de las mujeres vía chascarrillo callejero. Pero aclarando, eso sí, que "siempre que no sea grosero", sin que se defina cuál es la línea que separa lo grosero de lo aceptable y aunque suponga generalizar la valoración de las mujeres por su aspecto físico y perpetuar la tradicional potestad de los hombres a juzgarlo.

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Para el femichismo el lenguaje inclusivo es otra excentricidad radical del feminismo, de la que se hace escarnio por la vía de reducir su aportación a la repetición del femenino y el masculino en una frase. Sin embargo se adaptan bien a titulares como "las mujeres mueren" para informar de los asesinatos machistas. O a enunciados tan generalizados como "médicos y enfermeras" o "directores y secretarías".

Femichistas son quienes escuchan complacientes el calificativo feminazis, aunque jamás lo utilicen. Más que de las aguas bravas del exabrupto machinazi, ofensivo e indignante, hay que defenderse de las aguas mansas de los colaboracionistas que buscan retorcidas razones para frenar la corresponsabilidad, la paridad o el fin de las mil formas de hacer negocio con el cuerpo femenino.

El femichismo juega la baza de la moderación y "lo razonable", como si los derechos de las mujeres fueran algo que se deben conceder cuando no perturban demasiado al sistema. Como si los 100 o 200 años más, calculados por Naciones Unidas o la OTI, que van a ser necesarios para lograr la plena igualdad al ritmo actual, fueran una corta espera, una pequeña molestia. Frente a ella, la persistente demanda feminista no sería más que un desbocado afán de dar la nota, una intolerable demostración de intransigencia y extremismo.

Con la pretensión de colocarse en una posición de equilibrio entre el machismo y el feminismo, el femichismo no es más que una nueva careta, un juego de trileros, para prolongar al máximo el statu quo patriarcal. Una trampa más grave aún en tiempos de desmantelamiento del Estado del Bienestar, en los que la dedicación de las mujeres a los cuidados vuelve a ser imprescindible para paliar los recortes de los servicios públicos y, de paso, mantener la paz social.

 

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