La lógica del ¡crash!

No me malentiendan, no es que critique al pobre, es que la experiencia me ha mostrado que la lógica del corazón es la lógica del ¡Crash!

El corazón es un músculo frágil, si me preguntan. El muy idiota se rompe ante cualquier provocación, se siente agredido por canciones, personas, recuerdos y por alguno que otro remordimiento regordete que lo alcanza a patear de vez en cuando. No es su culpa.

Es bastante pusilánime porque se le apapacha de más y no sabe cómo lidiar con las frustraciones, he de ahí que decida quebrarse por nadita de nada. Se podría creer que la ruptura de miocardio es un asunto estrepitoso lleno de mocos y de lágrimas, pero la realidad es que se erosiona con facilidad y, si no se cuida, se va fracturando en pedazos cada vez más grandes.

Eso sí, si bien su gran defecto es la prontitud para la destrucción, su gran virtud es la flexibilidad y la extraña necedad para remendarse una y otra y otra y otra y otra y otra vez…

No me malentiendan, no es que critique al pobre, es que la experiencia me ha mostrado que la lógica del corazón es la lógica del ¡Crash! Una forma de sin sentido que le provoca momentos de extrema felicidad y de caídas libres para romperse en mil pedazos.

No es que no piense el chiquitín, es que es un atascado; le gusta la vida buena, las cosas dulces, el sexo desenfrenado, las palabras tiernas. Está acostumbrado a ser el centro de atención, es el ombligo de su propio universo

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y cuando se siente ignorado o no obtiene lo que quiere cuando lo quiere: ¡Crash!

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© Soda Head

Esta susceptibilidad lo hace un muy mal candidato para este mundo y hay que enseñarle a contenerse a sí mismo, a ser tolerante, a aguantar vara. No es fácil porque es un necio profesional y se rehúsa porque se llena de mariposas y de sueños bobos.

¡Crash!, por el clima oscuro! ¡Crash!, porque no se siente correspondido. ¡Crash!, porque no escuchó las palabras correctas. ¡Crash!, porque tiene ganas de empiernarse. ¡Crash!, porque se siente solo!

La educación del corazón no es cosa sencilla; es un proceso disciplinado, constante y absolutamente necesario. Uno no puede andar con cachitos de corazón desbordándole el pecho ante cualquier cosa. Hay que hacerlo fuerte y, sobre todo, hay que cargar un poderoso pegamento y tener una paciencia de santo para pegar los pedazos.

Esto implica un ejercicio de templanza para aguantar, de paciencia para que esté tranquilo, de tolerancia para que sepa que no todo es como él quiere, de contención para que no se desborde y hay que ejercitarlo para que esté en forma para los embates de la realidad.

El corazón es un músculo idiota. Va a hacer ¡crash! por esto por aquello, pero en su pusilánime existir hay que recordar que antes de que se rompa, antes de tener que recoger los pedacitos, antes de tener que resanar las fracturas, se hinchó de contento, se llenó de alegría. ¿Qué les digo? Es sólo la lógica del corazón.

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