Hablar durante el sexo para resolver la crisis

Ser muda en la cama no está mal, siempre y cuando el silencio no represente un obstáculo para pasarlo bien.

No concibo el sexo sin palabras. Gracias al lenguaje articulado es posible empezar a coger antes del coito. La lengua es un afrodisíaco, y no me refiero al órgano. ¿Cómo saber si se está hablando demasiado poco? ¿Si se es muda y hay que aprender a pedir, a agradecer, rebelarse un poco, porque a quien no habla Dios no lo oye?

Lo que los especialistas llaman sexo verbal, lo que en inglés se llama dirty talking y que detesto traducir como “hablar sucio” de tanto que me gusta, me ha salvado de algunas crisis.

No soy la más hablantina en la cama. Prefiero que me hablen, mil veces. Pero tengo claro que debo abrir la boca (para algo más que el sexo oral) cuando estoy en alguna de la siguientes situaciones.

Cuando no estoy obteniendo lo que quiero

Decir en voz alta lo que se espera del otro puede ser estimulante, y hasta puede cambiar el destino de un acostón. No digo que siempre haya resultado, pero me siento con la obligación de buscar soluciones.

Y lo mismo me ha pasado cuando obtengo justamente lo contrario a lo que quería. Hablar, con la mayor claridad posible: sujeto-verbo-complemento.

Cuando detecto “áreas de oportunidad”

Lo cual es un eufemismo para decir “en general esto es un desastre”. Si hay aspectos que corregir, hay que hablarlos, de preferencia mientras suceden.

Me ha pasado que hasta cambio de opinión, y la cosa termina mejor de lo que había esperado. Ejemplo:

—No lo hagas así, me duele.
—…
—En verdad me duele.
—¿Y te gusta?

La última vez, a dichas alturas ya me estaba gustando. ¿Me explico?

Cuando no puedo venirme sin fantasear

Entonces es momento de traer las fantasías a la cama, pedir y conceder. Y para todo lo anterior la palabra es indispensable. Me refiero a que hablar es el primer paso para cumplir fantasías.

Cuando descubro que estoy fingiendo orgasmos

Todos fingimos orgasmos, pero si eso es lo único que hacemos, entonces el trato deja de ser divertido. Decidida a no fingir, solicitar, ordenar o suplicar me ha funcionado.

Cuando no tengo ganas de la segunda vuelta

Las palabras calientan tanto como el porno. No hay cansancio que me valga después de haber dicho lo que quiero, cómo lo quiero, en dónde lo quiero.

Cuando me da miedo hablar durante el sexo

Porque el miedo también puede ser estimulante, y si me reconozco capaz de brincar ese bache, entonces puedo hacer lo que sea. Hablar es el primer paso.


Cierto, hay que estar en la misma sintonía, de ahí el peligro. De ahí que una no siempre se anime. Como dijo una vez la escritora Julieta Parra, el lenguaje erótico es una construcción individual.

Lo más importante, creo, es no decir cosas que no se quieren, que no se sienten. El sexo es un poco representación, pero si ésta no apunta hacia el placer, entonces no tiene sentido.