Anotaciones sobre la vida adulta

Levántate temprano, mantén el orden, ama tu trabajo, desmaquíllate y sueña. De eso se trata crecer.

A los veintidós años terminé la universidad y, como era de esperarse, no sabía ni dónde estaba parada. Dejé mi querido pueblo bicicletero para conquistar la Gran Ciudad. Tenía unas cuantas ideas sobre qué colores quería en mi vida y, sobre todo, qué tipo de sensaciones. Al mismo tiempo estaba llena de incertidumbres.

En muy poco tiempo comencé a entender lo fácil que era perder el brillo universitario y por fin comprendí la razón de las caras largas de muchos de los que van por ahí. Y después de dos años y medio de haberme sumado a las filas de aquellos que caminan de prisa y chocan con otros sin pedir disculpas, he descubierto unas cuantas cosas:

  • La suerte sí se reparte antes de las siete de la mañana. No es broma, cuando tienes horarios que cumplir o cosas por hacer, lo mejor es levantarse temprano y comenzar el día con calma. Tomar un café, sacudirte los restos de sueños (y lagañas), organizar la manera en la que repartirás tu tiempo y tal vez, sólo tal vez, tendrás un tiempecito para ti y para evitar que cualquier tontería te impida ser feliz.
  • Mantén tu clóset ordenado. Una vez más todo es cuestión de tiempo en la vida adulta. Si tu clóset está ordenado, probablemente encontrarás qué ponerte más rápido, tendrás tiempo para cambiarte de ropa tres veces en caso de que no te convenzas a la primera y, bueno, tal vez encontrarás aquel par de pantalones que siempre disfruta de verte sufrir cuando menos tiempo tienes. No es por nada, pero al parecer la clave del éxito es la organización, y eso no me lo enseñaron en mi clase de literatura medieval, qué lástima.
  • Los impuestos son la verdadera película de terror. Desde que éramos pequeñas nos preguntaban, ¿qué quieren ser de grandes? De haberlo sabido yo hubiera preferido responder: una persona feliz que no pague impuestos, en pocas palabras una vagabunda. Cada mes, agotada por haber trabajado tanto, sientes cómo el corazón se te rompe cuando tienes que entregar una gran parte de tu sueldo a algo parecido a Mordor. Nunca más volverás a saber de ese dinero. Los impuestos se parecen a: un one-night stand, el tamaño de tu cadera cuando ibas en la secundaria y que nunca más volverás a conocer, en fin, historias de terror.
  • Tu primer trabajo es como el primer amor. Tal vez sus besos no te gustan, tal vez su mano suda, pero aprendes taaantas cosas. Sí, entiendo que en la universidad te digan que estás lista para comerte al mundo, pero la realidad es otra, al mundo no le gustas tanto y si no le echas ganas puedes quedarte desempleada y olvidarte de la dulce miel de la primera quincena. Aprendí a amar mi primer trabajo y una vez que lo disfruté con todas mis fuerzas supe qué era la felicidad que consigues, no aquella que te regalan. Queridas amigas graduadas, está bien que quieran ese gran puesto, pero Roma no se construyó en un día; nosotras somos Roma, necesitamos picar piedra.
  • Desmaquíllate. Lejos quedaron esos días en los que podías salir de cara lavada y un atractivo chongo parecido al de las hermanas de Cenicienta después de una noche de fiesta. ¿Recuerdas tu clase de las 8 am? Bueno, el trabajo no es eso. Un poco de rímel por aquí y un poco de labial por allá no caen nada mal. Pero eso sí, aunque suene a mi madre, quien por cierto nunca se desmaquilla, necesitas darte unos minutos para dormir sin plastas de pintura negra o al otro día tendrás que hacerlo, y perderás tiempo, y probablemente tu cara tendrá una sensación grasosa.
  • Tiempo para soñar. En mis observaciones me he dado cuenta de que la cara larga de los adultos se debe a su falta de sueño(s). En su mente sólo pasa lo siguiente: renta, mensualidad del auto, qué voy a comer hoy, el gimnasio es importante, tengo cita con el gastroenterólogo, necesito hacer un reporte, blablablá. Se olvidaron de aquellos días en los que querían viajar, ser la nueva Mark Zuckerberg, hacer una maestría o incluso conocer al hombre de sus sueños. Se olvidaron también de que el helado aunque engorde es el mejor remedio. Date tiempo para retomar proyectos y un día ser capaz de renunciar para seguir creciendo y borrar las caras largas.
  • Un día encontrarás tu trabajo ideal. Así como un día encontrarás al hombre de tus sueños. De pronto sabrás qué quieres, a dónde quieres ir y cómo quieres crecer. No es que el trabajo sea lo único que da esas respuestas, pero si consideras que pasarás gran parte de tu día en él, más vale que te las dé. Y ese trabajo te ayudará a que cumplas todos los puntos anteriores. No hay más.