Yo no quiero leer “50 sombras de Grey”

Yo no quiero saber nada de la película, ni del libro, porque no me recuerda a nada: ni a mí, ni a mis amigas, ni a las amigas de mis amigas.

Leer siempre nos ha transformado en cosas que queremos ser, o que no podemos ser, o que no sabemos ser. Leer también nos ha enseñado cosas terribles de nosotras mismas. Escogemos lo que leemos según nos sentimos, y hay ocasiones en las que todo nos falta y nada nos sobra; y así como somos susceptibles a las malas influencias, también somos frágiles ante la mala literatura.

Definitivamente yo no soy quién para decidir cuál es la mala y la buena literatura, pero sí tengo una lista de cualidades que caracterizan a los libros que me han cambiado todo:

  • Una buena novela no sólo te hace desear el cuerpo de alguien, te hace añorar su alma y querer devorar su espíritu.
  • Quizá sus protagonistas son seres humanos llenos de defectos, aquellos que a veces no saben cómo tocar el corazón de ese otro y mucho menos entender cómo funciona la desnudez repentina.
  • Quieres subrayar cada frase, cada diálogo, intentar descifrar qué dicen los silencios.
  • No te interesa encontrarte con tu amiga para entender la posición sexual del capítulo cinco, quieres conservar para ti ese momento a solas, pues contar lo que sentiste cuando leíste ese encuentro es casi como desnudarte frente a alguien.
  • Existe otro tipo de virginidad, la que pierdes cuando una gran novela se queda para siempre, cuando sabes que nunca más la literatura volverá a ser igual.
  • Es cierto que una buena novela no depende de la cantidad de lágrimas que derramas al leerla, pero claro está que la primera vez que tus lágrimas mojan el papel es porque alguien rompió tu corazón literariamente. Y vaya que se siente bien.

Ojalá que en los días difíciles nos encontráramos con más novelas así y con menos 50 sombras de Grey, que de tan explícitas pierden el sentido del sexo, del amor y muchas veces de la vida; que de tan plásticas no puedes recordarte a ti misma en una situación parecida, y qué carajos es la literatura sino un momento de identificación y pérdida.

Yo no quiero saber nada de la película, ni del libro, porque no me recuerda a nada: ni a mí, ni a mis amigas, ni a las amigas de mis amigas. Me recuerda al sexo que es producto, a los libros que se agotan en la primera noche de su lanzamiento, a las películas que arrasan en las preventas, a la canción que suena una y otra vez en la radio.

En ningún momento pienso en ese ejemplar olvidado de Anaïs Nin que se asoma con pudor entre la repisa de la librería, tampoco me imagino la sensualidad que descubre Clarice Lispector en alguna de sus frases.

Y es una pena, verdaderamente es una pena, que el señor Grey haya aceptado darles a muchas mujeres esa entrevista, porque las cosas hubieran sido de otra manera, tal vez el amor hubiera dolido un poquito menos.