El día que lo dejé ir

Todos tenemos algo a lo que amarrarnos, y algo ya amarrado a nosotros. Ese día pude ver cómo una mano invisible pero familiar, izaba una expectativa y una ilusión.

Una despedida es un acto solemne. O debería. Es casi como cuando te reunías en el patio de la escuela a ver cómo izaban la bandera mientras los tambores de la escolta retumbaban de manera horrorosa, casi terrorífica. Y todos los lunes era igual.

En medio del frío congelante y entre el montón de vocecitas, era casi imposible mantener la firmeza con el debido respeto. Así, exactamente así se sintió el día en el que lo dejé ir.

Todos tenemos algo a lo que amarrarnos, y algo ya amarrado a nosotros. Ese día pude ver cómo una mano invisible pero familiar, izaba una expectativa y una ilusión.

No me tomó de sorpresa, para nada, el día que lo dejé ir. El tiempo era tan cruel últimamente que hasta me dio tiempo de prepararme, llorar y secarme las lágrimas, encabronarme y reconciliarme otra vez conmigo, con él y el futuro.

El día que lo dejé ir llovía súper fuerte. No supe qué me indignaba más, si la suciedad del agua que me empapaba la ropa o lo asqueroso que sonaba su voz diciéndome “se acabó el camino”. No —querido—  jamás se me ha acabado.

El frío congelante apareció detrás de la puerta, cuando la cerró cuidando que no se azotara para que no pareciera una despedida furiosa. Puso todo su empeño en hacer la escena lo más sutil posible para cuidar mi ingenuidad. Pero yo sólo sentí frío.

Y qué te digo de las vocecitas; sus palabras eran las mías y luego yo le reclamaba en mi cabeza todo lo que no me atrevía a decirle, olvidando por completo que ya era demasiado tarde y mi corazón pendía de una estúpida cuerda balanceándose.

Recuerdo cuando se fue y me senté en la banqueta mojada. Volteé al cielo y de repente era incapaz de sentir una emoción, estaba completamente seca de ellas. Así pasaron los días.

Siempre deberíamos estar listos para las despedidas, aunque sin esperarlas. Ojalá pudiéramos vestirnos elegantemente y homenajear la salida de ese caos de nuestras vidas sin recordarlo con dolor, sin sacar el tema en las tardes de café, nada trascendental.

El día que lo dejé ir, el cielo no lloraba conmigo, sólo me acompañaba en forma de lluvia, quería que yo sintiera el abrazo de su inmensidad y el rocío de todas las lágrimas que se han derramado antes. No estaba sucia, estaba exhausta y él lo sabía más que yo.

Todos tenemos algo que nos aterra perder y algo que ya hemos perdido. Ese algo me escurría por los ojos, sin que yo me diera cuenta me estaba empapando de mi propio terror, hasta que el terror se convirtió en calma con su partida.

El día que lo dejé ir, por primera vez, probé mis lágrimas y dejaron de saberme a dolor. Amarré su recuerdo al péndulo de la despedida y lo dejé que agonizante contemplara cómo mi corazón estaba de vuelta.

Sonaron los tambores, anduve con firmeza e hice una reverencia al monumento de su olvido. Luego, me retiré junto al atardecer del día, el día que lo dejé ir.

Gracias por ser, estar y compartir.