Cuando leer es dejar de ser una misma

Una vez más te pusiste la piel de alguien más. Robaste un corazón. Olvidaste tu nombre. Y qué bien se siente.

¿Qué nos invita a vivir en la ficción? ¿A habitar los cuerpos de otros, a utilizar los diálogos de alguien más, a apropiarnos de los sentimientos de aquellos seres entrañables que nos cambian la vida en un segundo?

La respuesta no es sencilla y tal vez tenga muchas implicaciones, pero diariamente tenemos el deseo de ser alguien más por un instante, de escapar del día a día que nos consume cuando las cosas no salen bien o resultan perfectas.

Por eso nos refugiamos en las historias de otros: desde la conversación con un desconocido, la canción que te atrapa en la radio, hasta la voz entrecortada del narrador del libro que está en tu mesa de noche. La mayoría de las veces hemos querido poder volar y sólo así podemos hacerlo: escapando en la ficción.

Unos días atrás me encontraba leyendo un libro impresionante, An Untamed State de Roxane Gay, y de pronto comencé a sentir que las lágrimas corrían por mi cara ante la manera en la que la protagonista narraba sus emociones. Y después, como un niño al que se le olvidó el motivo inicial de su llanto, suspiré y seguí leyendo.

Horas más tarde continué con mis actividades del día, me entretuve platicando, trabajando, tal vez salí por un café y mi vida era normal, pero dentro de mí sabía que algo había cambiado, que ahora era distinta.

Ya no podía vivir sabiendo que había un tema pendiente que debía de resolver, que en casa se había quedado una protagonista secuestrada durante trece días y yo campante en la calle disfrutando de mi libertad.Aunque la ficción era dolorosa, decidí regresar a casa y seguir leyendo. Qué increíble se sentía la posibilidad de escapar a la mente de alguien más, de aprender a través de otra mujer sobre el dolor, sobre la fuerza y el amor.

Sentí una tristeza irremediable cuando me subí al taxi y descubrí que la persona que manejaba no sabía de la existencia de esa otra vida, que tal vez él, al menos ese día, no tenía escapatoria. Al llegar a casa me encerré en mi cuarto y continué, sentí alivio al ver que aún quedaban doscientas páginas. De pronto me detuve ante una frase:

Recuerda que soy una mujer difícil de amar.

Y me di cuenta de que había llegado a ese punto del libro donde yo había dejado de ser quien era para convertirme, en ese instante, en una mujer haitiana que estaba viviendo el peor momento de su vida. Esa noche yo era esa mujer difícil de amar y no quería dejar de serlo. Quería sentir su fortaleza.

Y pasó lo inevitable: las páginas se acabaron. Y como con todos esos grandes libros, de pronto el corazón adquiere proporciones milimétricas. No sabes ni en qué lugar poner tus manos y lo más difícil es verte al espejo y notarte cambiada. Una vez más te pusiste la piel de alguien más. Robaste un corazón. Olvidaste tu nombre. Y qué bien se siente.