Una mujer que lee es peligrosa

No hay mejor manera de vivir que con el corazón muy rojo y la piel chinita. Vivir (así como leer) es peligroso, pero es un riesgo que vale la pena.

Desde que tengo uso de la razón he leído: anuncios en la calle, revistas, etiquetas en la ropa, listas de supermercado y, evidentemente, muchos libros que tienen la culpa de cómo pienso el día de hoy.

¿En realidad una mujer que lee es peligrosa? Me parece que es igual que una que escribe, que otra que es especialista en números y muchas más que dibujan. Lo que tienen en común todas ellas es su capacidad para pensar, abstraer y ser creativas.

La peligrosidad radica en todos esos universos que ella imagina en su interior, en su capacidad de destruir(se) con un solo par de palabras (números, trazos).

Sin embargo, una mujer que lee es una persona incansable: acumula libros, escucha las historias de los demás, pone mucha atención en cómo lavar su suéter según la etiqueta de éste y encontrará, con seguridad, una receta secreta con sólo leer la lista del súper que alguien olvidó en un carrito.

Porque leer es un acto integral; no sólo se trata de los grandes libros, ni de las más recientes novedades de una librería. Leer, indudablemente, es un estilo de vida en el que nos reinventamos todos los días.

Soy de esas que rompen en llanto con una sola frase de un gran libro y eso es peligroso, porque no hay nada más delicado que los sentimientos.

Clarice Lispector, la gran escritora brasileña (y a la vez deidad propia) decía que vivir era muy peligroso, tal vez porque en cada letra sentía y se desgarraba. En realidad me parece que no hay mejor manera de vivir que con el corazón muy rojo y la piel chinita. Vivir (así como leer) es peligroso, pero es un riesgo que vale la pena.

No hay más. Los invito a leer esto que partirá de muchos actos de lectura. Insisto, que no les extrañe que a veces sólo se trate de una receta de cocina o de la etiqueta del shampoo, porque cualquier cosa siempre es un buen pretexto para que esta vida valga la pena.