Jamás besada

Cada beso, de cariño o cachondez, tiene una intención especial, un alguito que comunica en diferentes niveles.

Mi primer beso ocurrió un lunes por la mañana, las clases en la secundaria acababan de empezar y pasó como por arte de magia. Fue suave, sencillo y creo que hubo algún atisbo de lengua que parecía coqueta y despreocupada. Casi accidental.

Desde ese momento supe que los besos se iban a convertir en algo importante. En mi mero mole, pues. He encontrado, en los labios de alguien más, el secreto para una auténtica conexión porque nada me parece más íntimo que cerrar los ojos y entregarse al arte de dar un beso bien plantado.

La noble tradición de este ritual se remonta a la época del cromagnon, en donde no sólo no había aire acondicionado, sino que los besos eran la base de la nutrición infantil. Las mujeres, para ahorrarse la lavada de los trastes, masticaban la comida y se la daban a sus hijos en un antihigiénico acto de amor maternal.

La asociación, después, fue pan comido: las mamás aman a sus críos y acercan sus labios a los de ellos, ergo, para mostrar amor, nos embarramos la boca. ¡Charán!

La moda de los besos corrió como reguero de pólvora y se popularizó por todo el reino. Cada quien le fue poniendo lo suyito hasta crear la ciencia del beso moderno que dicta que no es nadita  necesario pasarse comida y que establece que un beso es un acto de cariño o cachondeo, ¡grrrrrr! Por si lo dudan, I googled that shit.

Han pasado mucho años desde ese primer beso y, créanme, agradezco haber nacido bien pinches después de los cromagnones porque he descubierto que cada beso, de cariño o cachondez, tiene una intención especial, un alguito que comunica en diferente niveles.

Ningún beso se parece entre sí y cada terminación nerviosa que se activa en el primitivo acto de juntar los labios comunica un mensaje particular: “te necesito”, “buena suerte”, “¡carajo, cállate!”, “estoy desesperada”, “buenas noches”, “te quiero tanto”.

Es en ese lenguaje, en esa lógica, en que aseguro que un beso nuevecito es como una primera vez: un evento único e irrepetible, como si nunca te hubieran besado. Una oportunidad para contar una historia distinta, un dichoso accidente que se muere de ganas de ocurrir. Como ese lunes en la mañana, cuando las clases en la secundaria acababan de empezar…


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