Un buen trato

La importancia de ser amable y nada más que amable. Be nice or leave!

Estoy agotada. He tenido uno de esos días en que eliges mal la ropa y te pasas las horas intentando entrar en calor sin conseguirlo. Lo primero que haces al llegar a la oficina es chocar de mala manera con la punta del escritorio (morado gigante en el muslo); se te caen las cosas de las manos todo el rato, desde el bolígrafo al tenedor, todo, y la humedad ambiental hace que tu pelo parezca de lana. El viento en contra, y encima, con partículas que parecen piedras volcánicas, que se meten en los ojos y arrasan con el rímel.

Camino diez calles en busca de un lugar para coger impulso y ánimo. Me meto en un café para ver si puedo darle un giro a la jornada comiéndome algo muy rico y muy dulce . Viene la camarera, a la que seguramente le pagan poco, pero yo no tengo la culpa, y ni buenas tardes ni nada, “cerramos en 20 minutos”, me tira la carta y se va.

Justo lo que me faltaba, pagar para que me traten mal. Me voy porque nunca es buena idea discutir con la persona que tocará tu comida. Me duelen los pies y sigo teniendo frío y ahora, hambre.

Ya se sabe que el mundo puede ser un lugar adverso, y a medida que nos hacemos mayores vamos abandonando la idea de encontrar bondad espontánea por la calle y nos hacemos más resistentes a empujones y todo tipo de agravios. Pero al revés de lo que se pueda creer, sí pretendemos y necesitamos ciertas cosas sencillas para que giren las ruedecitas de la felicidad.

Cada vez nos alejamos más de lo grupal y dedicamos el esfuerzo a construir un refugio, el lugar que nos dé el silencio o el sonido que necesitamos para sentirnos bien. Nos volvemos más selectivos en cultivar la amistad y nuestro tiempo se lo dedicamos sólo a aquellos que verdaderamente nos importan.

El resto de los seres que nos rodean suelen, más temprano que tarde, resultar molestos y la única manera de moverse, sin que cada día sea un día de furia, es caminando rápido y con una buena dosis de cordialidad.

Ya estoy grande y no pretendo que nadie me ayude a llevar la vida. No quiero consejos no solicitados, no creo en fórmulas mágicas ni quiero rejuvenecer. No quiero amor eterno si no se puede, no busco alcanzar el cielo en la Tierra. Sólo quiero que la gente me trate bien siendo nada más que amable. Ya sea porque me quiere o, como la camarera, porque estoy pagando por ello.

Cuando llamo a mi mamá, hace rato que no busco soluciones, cuando hablo con mi papá no le pido plata, cuando veo a mis hermanos no quiero que dejen todo de lado para correr a abrazarme, cuando mi marido entra por la puerta no espero que se desmaye emocionado al verme ¡Sólo quiero amabilidad!

Aunque no venga desde el fondo del corazón, no me importa si es pura o fingida, me basta con el gesto, con un saludo agradable, una mirada afable, un bonito silencio.

Ya no quiero que nadie haga cosas por mi bien, preguntándome impertinencias o dándome instrucciones. No quiero que me reclamen a mí por lo que ha hecho otro, no quiero recibir el infinito cansancio de nadie en un sonoro bostezo.

Si digo que me duele la cabeza, por favor, que nadie me diga que puede ser un tumor cerebral, si tanto te preocupa mi salud, reza por mí en silencio para que no me dé cáncer o alzhéimer sin buscarme lunares o bultos sospechosos.

No hay como un buen piropo, un poco de ingenio o un beso espontáneo para curar lo incurable.  El resto dependerá de Dios (¡si nos oye!) y de tu seguro de salud.

No quiero advertencias de lo maligna y peligrosa que puede ser la ciudad. Sé caminar sola y si doy la impresión de que aún no aprendí, describirme horribles actos de violencia no me ayudará a ser más inteligente que es lo único que podría salvarme. Eso y suerte, y la suerte no viene nunca de la mano del pánico.

La amabilidad en cambio, es depurativa, salva relaciones, hace rico lo incomible, levanta corazones, acorta las distancias, alivia y enamora.

Yo, en días como este, cambio hondos sentimientos por una mirada apacible. Y creo que es un muy buen trato.