En dos ruedas

A veces la fe se pone a prueba. Entonces te descubres moviéndote y, aunque caigas, sabes que al día siguiente volverás a intentarlo.

Las bicicletas siempre me han parecido un vehículo que pone a prueba nuestra fe. Seguramente hay una ley nerdaza que puede explicar el misterio de cómo es que, estando en movimiento, mantienen un perfecto equilibrio que permite transportar a una persona de un lugar a otro.

Yo de física no sé nada, sin embargo, el ciclismo me parece maravilloso porque creo firmemente que es un acto de magia circulando por la calle. ¿Cómo resistirse, pues, a ese encanto ambulatorio? Y pues, ni hablar, tuve que llevar una bicicleta a casa; una que me queda muy grande y muy pesada y a la que, como todo en mi vida adulta, no acabo de agarrarle el pedo, pero lo intento, de verdad que lo intento.

El domingo llegó con la estrepitosa sensación de estrenar. Me subí valientísima al armatoste y mi primera dificultad fue ponerla en movimiento. No sólo se trataba de pedalear, sino de ponerme de pie sobre la bicicleta e impulsar los pedales con todo mi peso, los primeros metros fueron un trastabilleo, que sólo he conocido en mis más memorables borracheras, y el andar estaba muy lejos de parecerse al elegante balanceo de los ciclistas experimentados.

Ahora bien, yo aprendí a andar en bici a una edad más intrépida y en calles mucho más apacibles. No esperaba el bullicio citadino, ni el terror de morir indignamente atropellada por algún malparido taxista.

En esa lógica, cuando se me atravesaba algún peatón, frenaba, bajaba las puntitas de los pies (que es con lo que alcanzo) y esperaba a que pasara. Cuando me topaba con un perro, frenaba, bajaba las puntitas de los pies y esperaba. Cuando escuchaba cumbia cerca, frenaba, bajaba las puntitas de los pies y le daba el paso al taxi que rondaba por ahí. Cuando las calles se hacían estrechitas o accidentadas, frenaba, me bajaba y empujaba la pinche bicicleta hasta que el camino se hiciera transitable porque qué terror reventarme la cara por atorarme con alguno de los baches decorativos de la ciudad.

Mi primer viaje en dos ruedas fue todo menos exitoso, mis razonables terrores me acompañaron en todo el trayecto y me mantuvieron alerta y aprensiva. Sin embargo, como en todo, hubo un momento en el que la fe se pone a prueba y te descubres moviéndote en perfecto equilibro, realizando el acto de magia, sucumbiendo al encanto y es justo ahí donde sabes que al día siguiente, quizá con menos miedo, vas a volver a intentarlo y regresarás a pedalear otra vez.

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