Divino tesoro

Un concierto de rock, humo, tiempos de amores y turbulencias, y un “Bohemio” de corazón.

Vengo del concierto que Andrés Calamaro acaba de dar en Barcelona. Fue en una sala no muy grande, donde el público se ubica como le da  la gana.

La última vez que le vi tocar fue en este mismo lugar, el Razzmatazz, en el 2008… Ha pasado un poquito de tiempo, pero según yo, no tanto.

Ese día me puse a pie de escenario y cuando salió Calamaro me quedé impresionada por su aspecto juvenil, estaba delgado, con jeans ajustados y una camiseta que le quedaba de maravilla, tenía una especie de nuevo look capilar y cantó, tocó, bailó y habló exactamente como uno espera ver a su rockstar. El concierto fue lo más parecido a un incendio en lo que he estado. Salí de allí abrasada por el factor humano, sudando música y con sus letras sonando atómicas en mi cabeza.

Ayer, por alguna razón, me puse en la parte de arriba y cuando salió al escenario me pareció bajito, que la camiseta no era de su talla y que los zapatos que llevaba tendían un poco a lo gracioso. Pero se puso a cantar y yo me puse a viajar… en el tiempo, hacia atrás. Me dejé mecer por sus ritmos, su voz rota, sus “te quiero igual”; “mientras por afuera pasan los aviones”; “se acabó todo lo que había, nos queda un cigarro mojado”, dijo.

Aunque parece que ya no fuma y yo tampoco porque hay que cuidarse,  no para morir sano como dice mi padre, sino para estar firme y no salpicando babas o hablando por un tubito si se puede evitar. Tampoco es que estemos para morirnos, pero supongo que a todos nos llega el momento en que sabes que la juventud, ese divino tesoro, eso que no se compra y no se puede recuperar con nada, nunca, se ha ido… un poco.

¿Nostalgia? ¡Claro! No tristemente, ni deseando disfrazarme para intentar parecer algo que ya no soy, pero no creo que haya nadie que, en el fondo de su corazoncito, no sienta cosquillas mentales al recordar los veintialgo.

Ahora que todo son listas de las 10 ó 15 cosas que hay que hacer para… me pongo a pensar en cómo es posible que cuando tenemos 20 años no seamos conscientes de que es ahí cuando somos más bellas que nunca, que somos más libres que nunca, más poderosas que nunca; y se me ocurre una larga lista de motivos por los que habría que ser mucho más espabilada a esa edad.

Los padres, que nos quieren y están ahí para cuidarnos, nos animan a estudiar y nos riñen cuando nos ven hacer el vago y tienen razón. Habría que haberles hecho caso…

Pero también nos mienten o callan muchas cosas “por nuestro bien”, sobre todo en cuestiones de amor. Seguramente para evitarse complejos diálogos o porque muchos parecieran no tener pasado.

Sin alternativa, debemos conformarnos con su “ejemplo”.  Brrrrrr.

Así es como nos quedamos sin pistas para movernos por la vida sentimental que es, para bien o para mal, lo que más nos marca.

La manera, cantidad y calidad de los amores juveniles determinará mucho de lo que lleguemos a ser luego, como adultos.

Por eso, alguien tendría que gritarnos que siempre, pero sobre todo durante la década en que tengamos 20 años, las penas de amor tienen que servirnos para algo más que llorar a lágrima viva, tendríamos que hacer un poema, una carta o una canción como mi “Dulce condena” y seguir, vivir rápido hacia el siguiente momento de alegría. Que hay que hacer mucho el amor, con pasión y entrega, pero evitando el desgarro espiritual; y que por romántico que sea el dolor y el desencanto, es tiempo de amar a borbotones y no de ahogarse más que a intervalos como suspiros.

Lo que viene luego, la edad adulta, puede ser maravillosa, pero es la etapa de las consecuencias, de construir ladrillo a ladrillo, de trabajar para forjarte en lo definitivo. Es muy interesante también, pero son los veinte el momento de armar tu causa. De inventar motivos, razones y argumentos para un presente emocionante, intenso, lleno de besos, uñas de colores, ideas “incorrectas” y osadas.

No todo el mundo se lo puede permitir, pero siempre hay un espacio para ser una chica lista que sabe hacer brillar lo que tiene. Y lo que tienes no será nunca tan tuyo y tan posible, tan fuerte como cuando sabes que estás en el momento de una juventud asumida como superpoder.

Ahora “Flaca” es un clásico, él ya no está delgado y yo he guardado los puñales, pero estoy segura que los dos sabemos qué llaves son las que abren las puertas.