Rodeada

¿Has estado en una situación absurda, donde los necios devoran la razón y tú te quedas arrinconada sin poder hacer nada?

Hay días en que me siento completamente  “rodeada”, acorralada. Es un estado de agobio intenso provocado por la intromisión inesperada y excesiva de personas que, como mínimo, resultan molestas. Es como en las películas antiguas cuando el vaquero estaba rodeado por los indios. Cercado y en franca desventaja, pero con una pistola y una puntería mágica que, claro, yo no tengo.

Se puede tener a los buenos de nuestra parte (que por alguna razón siempre están callados), contar con argumentos lógicos y probados, estar arropada por el valor moral de estar diciendo la verdad, o simplemente tener la razón porque la iluminación de la experiencia se ha hecho presente. Puedes incluso decir que lo que propones es una fórmula avalada por la NASA… Finalmente, nada sirve si te encierran los necios. Se conjuran los ineptos bailando al ritmo de la más pura ignorancia y no tienes nada que hacer.

Este fenómeno es habitual en el trabajo, y matizado pero en la misma línea, alcanza su expresión más enrevesada al interior de las familias.

Anda tú a explicarle a una persona que ve el cartel de “No pasar” y pasa,  la intención o el significado de algo que dijiste, cualquier cosa que suponga tener sentido del humor y sensibilidad a la ironía, o que requiera simplemente prestar atención con ganas de entender lo que dices y no dispuesto a sabotear u ofenderse de antemano. O más allá, intenta explicar tu impopular visión acerca de los animales domésticos o la infidelidad a otros que ya se han puesto de acuerdo en que eres culpable; culpable de decir siempre cosas que podrás pensar pero que nunca deberías mencionar. ¡Es imposible!

No hay posibilidad alguna de diálogo cuando ya se acordó que eras una infame atrevida. Ahí o sacas el palo y te lías a golpes, que es algo que siempre he rechazado más que nada por mi nula presencia física o te tapas los oídos, la boca y los ojos, te tomas un Valium con una buena copa de vino y ves caer el sol imaginando que te tiras sobre una nube a Gared Leto.

El principio de esto está en la Biblia, de verdad ¿Saben ese capítulo de María Magdalena en que todos le querían tirar piedras por puta? Y viene Jesús (con el que parece que tuvo un rollo) y dice que no es buena idea porque todos somos pecadores, etc. Y sentencia con la frase esa de “que lance la primera piedra aquel que esté libre de pecado”. Arriesgado Jesús porque anda que hubiese habido ahí en el público una señora amorosa de ésas que se piensan a sí mismas realmente libres de toda culpa ¡zas! piedrazo para la pobre María Magdalena y de paso para Jesús por entrometido.

En fin, la cuestión es que nadie está impoluto, nadie no ha dicho o hecho nuca nada malo, y no lo digo yo, lo dice Jesús al que crucificaron como quieren crucificar siempre al que dice “mentiras” con olor a verdad, impertinencias que le llaman. Las cosas se pueden decir, pero suavecito, haciendo salir pequeñas gotas de sangre bien camufladas de buenas intenciones. Ésa es la tradición y tú no eres nadie para cambiarla. Se puede decir que el nuevo novio de tu hermana es peor que el anterior y que bebe demasiado, pero cuando se haya ido de la fiesta. También se puede comentar que el director aparte de inepto es un casposo con mal aliento, pero siempre que esté en el baño y no pueda oírte. Se puede decir de todo, aquí no se trata de censurar a nadie, pero la regla de oro es que el aludido no esté presente; y hay que hablar siempre con “buena intención” como si fuera una “crítica constructiva”. Sólo así se mantiene en su sitio la piedra angular de la sociedad familiar en la que vivimos.

Las familias (y muchas empresas) son la agrupación de personas más compleja y conflictiva que se me ocurre, porque estamos ahí, todos vinculados sin tener, la mayor parte de las veces, ni una sola razón para estarlo más que el azar que nos juntó.

Ahora, si hay una cosa que une a los parientes y compañeros mejor que la gotita, es el desprecio de varios hacia uno.

Yo no he visto motivo de unión más férreo. Bueno, eso, y el chismorreo. El chisme, aglutina, amalgama y compromete más que el  caucho caliente. Si se pudieran asfaltar las calles con chismes de los buenos, no veríamos nunca  un hoyo.