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Sobre meterse en la felicidad ajena

Porque somos “patudos”, porque nos encanta hablar de lo que no nos interesa. Porque somos metidos y porque todo lo “extraño”, se nos hace digno de juzgar.

Arribo el Viernes a las siete de la mañana desde un vuelo procedente del caribe candente. Huelo mal y tengo el pelo pegoteado, por lo que ruego que nadie se acerque, pero no… salgo por aquella puerta y por primera vez no me acosa cuanta empresa de taxi hay en Santiago, sino que flashes… luminosos flashes. Una pena, nadie quiere entrevistarme a mi, sino que al niño que camina con cara de letanía detrás mío. Es Alonso Quintero, de cual no tenía idea el nombre hasta que mi hermana menciona que es el cabro de “Pobre Rico”, a lo que yo le respondo: “Ah, el filetito de Sigrid Alegría. Ambas nos reímos.

Alonso Quintero posee la edad mechona, aparentemente acaba de salir del colegio y tiene facha de rock & roller, pero de esos que también pudiesen cantar una canción de Arjona si se los pidieran. Tiene porte de galán, de “aquí te las traigo”, de conquistador; y además, sostiene a una niñita de la mano. Es una ternura. También se maneja con las cámaras, le responde con elocuencia a una periodista puntuda, tratando de esconder un poco la cara de espanto. Me daban ganas de auxiliarlo, mientras pensaba en lo “asustado” que debía estar el cabro. Pero ayer tuve un sentimiento diferente.

A la hora del té reventó la tele y a web con la confesión de la colorinísima de “Sexo con Amor” diciendo que el guachito la agarró fuerte de la cintura y la besó, o sea que el nene no era tan miedoso como me tincaba. Quizá no tiene ni una pizca. Porque de que es jugado, jamás podríamos negarlo; sin embargo, somos nosotros mismos los que damos plaza para que esta nimiedad sea tema, los que hacemos que esto se vea como algo raro. El tipo venía bajándose de dos vuelos de mierda desde Colombia y lo primero que hacen los programas de televisión es acorralarlo como si fuera una cucaracha para interrogarlo por una relación que, hasta ahí, nadie sabia si era verdad. Miento, ni siquiera era interrogatorio. Porque cuando tu interrogas a alguien le das el beneficio de la duda, la persona que lo estaba “entrevistando” lo estaba afirmando; en buena onda o no.

¿Cuál es su crimen? ¿Haberse enamorado de una de las minas más ricas de nuestra maratón televisiva? ¡Cuántos machitos quisieran estar con la Alegría! Y lo peor no es eso, es la envidia de algunos. De que un pendejo (perdónese el eufemismo) de veinte años se haya atrevido a conquistar a la mujer que todos querían tener, que un niño de menos de dos décadas de experiencia se haya puesto los pantalones para encantar a la fantasía erótica de medio país. ¿Será eso un pecado? Parece que nos tenemos que dejar de tonteras, un rato al menos. ¿Por qué chucha siempre nos tenemos que meter en la felicidad de la gente?

Justamente por estos días vi la “salida” del clóset de la protagonista de “Juno”. Obvio, al principio, como cuando se asumió Nelson Mauri, me reí pensando algo como “claro, y la única que no sabía que era fleta era ella”, pero luego miré el video, y por la rechucha, que me arrepiento de mis pensamientos tan básicos. Una temblorosa Ellen Page se para sobre un podio el jodido día de San Valentín para declarar abiertamente su homosexualidad. Porque estaba chata, porque estaba harta de mentirle al mundo. Entonces declara: “Cualquiera que transgreda las normas se convierte en alguien de quien hablar o criticar”. Y eso se aplica a cualquiera, no solo a los gays. Funciona en la gente que quiere vestirse diferente, que pretende ir a vivir sola a un cerro, que deja la universidad por realizar otro proyecto o a la señora de cuarenta que decidió ser feliz con un hombre veinte años menor que ella.

Luego aplaudí por Ellen Page. Sonreí por Ellen Page. Hasta que me topé con el comentario más asertivo que he leído en la última semana: “¿Hasta cuando los homosexuales tendrán que seguir declarando su condición?  ¿Cuándo será el día en que sea totalmente normal?” Concha, tiene razón. Mi país se jacta de ser una nación libre de pensamiento, pero a penas aparece algo que rompe el esquema lo llevan a la tele como si fuera monito de circo, de uno al que nosotros alimentamos cada vez que nos quedamos en la sintonía de la bajeza de los paneles de farándula que creen ser alguien para marcar pauta.

Así que bravo, Sigrid. Por no tener ni medio pelo en la lengua para asumir que estás encantada con tu nuevo amor, por sonreír de la forma más dulce mientras comentas que Quintero es una caja de sorpresas. Y si tu te sientes bien, si él se siente bien, ¿quién cresta somos nosotros para decirte que no? Así también debemos aprender de gente como Ellen Page, quién medio emocionada y enteramente valiente se manda una cuña pal’ bronce: “Y sí soy joven, pero he aprendido que el amor, su belleza, su alegría y el dolor son el regalo más grande a dar y recibir como humano”. ¡Como sabe “Juno”, señores!

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