10 razones para celebrar que la adolescencia quedó atrás

Los treintas son más dignos que los veintes, y ni qué decir de la adolescencia.

Paso de los 30 y me incomoda la juventud perdida: tal vez el más común de todos los lugares. Me gusta lo que veo en el espejo, pero extraño la flexibilidad inverosímil, el perder peso con sólo omitir la cena, la energía de tiempo completo a pesar de la mala alimentación.

Los dos años anteriores estuve pensando en mis veintes, ese tiempo glorioso de la independencia y la juventud polifacética, de las fiestas que duraban días y no dejaban estragos, de la memoria fotográfica y la fotogenia memorable.

Pero de unos meses para acá pienso en la adolescencia, tal vez porque mi panorama está plagado de adolescentes, tal vez porque la niñez está dos grados más arriba en la escala de la imposibilidad.

El otro día me descubrí una cana. No supe bien qué debía sentir. Además, desde hace un año uso una crema para la cara, costosa, algo que jamás antes había hecho.

La juventud ajena impera y la red no deja de recordárnoslo. Porque los adolescentes de 2014 son criaturas de otra especie. Nuestro internet era visualmente desagradable, lento y poco útil. Los mensajes de texto eran nuestro estar comunicados todo el tiempo. ¿Quién habría padecido nomofobia en los 90? ¿Creen que los neologismos de entonces hayan sido más amables?

No me queda sino asumir mis treintaytantos con el mayor decoro posible y recordar que no extraño la adolescencia, básicamente por estas razones:

  1. Prefiero el conato de arruga a la ramplona zona T.
  2. Mis orgasmos adquirieron conciencia intelectual. Las situaciones narrativas me ponen más que los manoseos: un abanico de posibilidades.
  3. Dejé de esperar llamadas. Dejé de hacerlas. El teléfono es ahora un útil del que prescindo en la medida de lo posible.
  4. Las visitas al ginecólogo siguen siendo incómodas, pero ya no me dan miedo.
  5. Sacrifico sin culpas la figura de infarto por la cena en un buen restaurante. Disfruto mucho más lo que como, hago un poco de ejercicio de lunes a viernes y suplo la belleza de los 16 con buen sexo.
  6. Gano el dinero suficiente para gastar en cosas que en aquel entonces me habrían parecido excesivas: botellas de vino, bolsos caros, flores para adornar mi casa, masajes en un spa.
  7. Sigo hablando mucho, pero ese mucho es menor que el mucho de antes, lo cual seguramente agradecen también quienes me rodean.
  8. Mi cuerpo se comporta con estabilidad: mis senos son del mismo tamaño desde hace lustros.
  9. La intensidad de mis emociones no ha disminuido, pero he aprendido a disimularla.
  10. Mis ataques de llanto tienen causas identificables.

Bienvenida sea mi cana.