[La ciudad de Luciano] Es mejor estar solo que mal acompañado

Conoce al nuevo personaje creado por la escritora Leo Marcazzolo.

Encuentro que todas las mujeres están cortadas con la misma tijera. No importa si son bonitas, feas, malas, buenas, arribistas, o desgraciadas. Todas en algún punto te traicionan. Lo sé. Estoy seguro. Es su naturaleza. Son como esos escorpiones que primero te ayudan y luego te pican. Nacen así. Mi mamá me lo advirtió desde chiquitito, y yo nunca le creí, pero ahora le creo. Mamita ya sé que es verdad lo que tú me dijiste. Tú me dijiste que me quedara aguachadito a tu lado no más, y así nunca me pasaría nada, pero yo de puro huevón no más que soy, me fui a vivir con una loca que hace dos días me sacó la madre. Me echó de la casa, ¿Puedes creerlo mamita? La muy desgraciada. Y lo peor de todo es que era mi CASA. Porque no sólo fue idea mía comprarla, sino que además, como soy el rey de los huevones me encalillé con 150 palos, que en veinte años se elevaran al cubo. No sí las mujeres siempre te cagan. Por angas o por mangas siempre te cagan.

Esta loca, por ejemplo, el día que me echó de MI CASA, me estaba esperando con mis dos maletas hechas y con una cara de mierda que no se la sacaba ni con virutilla. Andaba con las mechas así bien paradas. Se veía así bien loca. Más loca de lo que ya es. Se parecía mucho a esa tía delirante de los locos Adams, la que siempre anda con las mechas bien chamuscadas como si recién la hubiesen sacado del horno, ¿Pueden creerlo? Bueno, la cosa es que me estaba esperando con todo listo y con los dos cabros chicos de espectadores. Mis pollitos. Mis pobres pollitos. Quizás qué tendrán que ver ahora. Ya lo veo venir. Ya puedo imaginarme al desfile de huevones acostándose en mi cama. Porque de que la loca era caliente, era bien caliente. Y eso no se pasa nunca. Imagínense que me hueviaba al menos dos veces por semana para acostarse conmigo. Nunca había visto una mujer semejante. Se los juro. A ésta nunca le dolía la cabeza ni estaba indispuesta ni nada, sino que siempre quería. Me obligaba a pagar “peaje”.

Y eso que yo a veces, como soy un hombre atrozmente trabajador, estaba bien cansado. Pero igual no más tenía que “cumplirle”, porque o si no la loca, se me amurraba hasta por una semana. En todo caso no me echó de la casa por eso. No vayan ni a pensar que me echó por eso. No, no, no, no, me echó de la casa, porque según ella, “le hacía mal”, porque según ella “le afectaba su salud mental” y además por si eso fuera poco, porque me parecía al “viejo beodo, hijo de puta de su papá”. Qué atroz. El viejo era más feo que un lagarto. No sé por qué las mujeres son así. No sé por qué las mujeres siempre te tienen que comparar con las cosas malas de sus papis, y nunca con las cosas buenas. Al parecer así es la ley de la vida. Uno jamás se parecerá, por ejemplo, al “papá hacendoso” o al “papá buenmozo”, uno sí se parecerá en cambio, al “papá hijo de puta violento” o al “papá desgraciado gorrero”. A ese se parece uno. Al que dejó por siempre “traumada” a la hija.

Y créanme que el papá de esta loca, sí que la dejó traumada. No fue así no más la cosa. No. Imagínense lo peor. Imagínense que a su mamá le puso tantas veces el gorro, que los cuernos le llegaron hasta Buenos Aires. Y además mentiroso el viejo. Mentiroso como Satanás. Si de hecho yo no me explico cómo está loca pudo haber llegado al extremo de haberme comparado con él. Si yo soy un niño de pecho al lado de su viejo. Si ustedes me vieran se darían cuenta enseguida. Soy buen cabro. Soy inofensivo. Soy incapaz de matar una mosca. Imagínense que soy tan bueno, que en más de diez años de matrimonio, sólo le fui infiel una vez a mi mujer, y fue por razones de estricta seguridad. Créanmelo. Fue por estricta sobrevivencia. Le fui infiel a mí mujer en Isla de Pascua con una pascuense. Fue hace como cuatro años y sólo lo hice, porque la pascuense, estaba tan caliente conmigo, que prácticamente me obligó a acostarme con ella. Me amenazó que si no lo hacía, me acusaría con su primo, y éste vendría ligerito a molerme los huesos. Le aseguraría que yo la había violado. Díganmelo, quién en esas circunstancias no se hubiese acostado con ella. El primo medía más de un metro noventa, usaba musculosa, y andaba siempre con cara de pocos amigos. Habría sido imposible doblegarlo.

Bueno aunque igual debo confesarles, que tampoco fui tan santo, porque igual me la seguí tirando. Y es que estaba rebuena la pascuense. Pero lo peor de todo no fue eso, fue que mi mujer después se enteró de todo. Se enteró de todo porque la pascuense se puso tan rabiosa con mi vuelta al “conti” que subió todas nuestras fotos a facebook, y mi mujer las vio, ¿Podrán creerlo? Y eso que en algunas hasta aparecía curado, dándole besos a la muy maldita. ¡Puta la huea´! Ahora por culpa de facebook ya todo el mundo se entera de todo. Odio facebook. A veces lo amo, pero esa vez lo odié. Pero la verdad es que mi mujer tampoco me echó de la casa por eso. Me echó de la casa por una razón muchísimo más grave, más profunda, y más dolorosa.

Me echó de la casa porque básicamente ya no me quería. Y esa era la única verdad posible. Ya no estaba enamorada de mí, y ya no existía nada en el mundo que yo pudiese hacer para evitarlo. Es triste cuando pasa eso. Es triste cuando todo se acaba. Cuando uno ya no puede hacer nada y ya todo resulta imposible. Todo se fue y eso era todo. Todo se fue a la mierda y la única solución probable, la única que me quedaba al menos a mí, era hacer las maletas rápido y tragarme los mocos lo antes posible para que no me viera.