Sobre Tesoros Perdidos de Leo Marcazzolo

La escritora chilena María José Viera Gallo comenta el nuevo libro de nuestra columnista Leo Marcazzolo.

No sé como introducir a Leo, si con una mentira o con una verdad. Ya que lo que debo presentar es su libro de crónicas, voy a elegir la verdad.

La conocí en un encuentro de escritoras mujeres en Buenos Aires. Nos daba risa eso de representar un género, el femenino; nos daba risa también el otro género que nos convocaba, el literario, donde por paranoia o inseguridad, tanto yo como ella nos hemos sentido algo outsider. Yo y Leo somos además periodistas, sobrevivientes de una misma generación, (ella una noventera en versión grunge, yo –según ella- britpop), vecinas de una misma comuna arbolada (La Reina), madres de dos hijos. La risa, esa distancia a lo que somos y fuimos, revelada ese fin de semana en Buenos Aires, fue lo primero que nos sintonizó. Luego, el hecho aplastante de que a pesar de nosotras si éramos mujeres y escritoras, ella autora de un libro que me había hecho reír como pocos, Una Loca Maternidad, esta vez también con una panza de embarazada que no le impedía ser Leo. Durante nuestro weekend literario, más que preguntarnos si habíamos leído a Silvina Ocampo, nos preguntamos que habíamos hecho en la vida para parir dos nenes hombres!

Entonces sí, conocí la panza de Leo ante que sus crónicas. En el tiempo en que ella escribía en el Clinic yo vivía lejos de Chile, en NYC y su nombre me resonaba como la de una irreverente provocadora. Ese sonido me hacia amarla sin leerla.

Luego cuando me encuentro con Leo el personaje de Una loca maternidad, haciéndose un test de embarazo en un Mac Donald de Tobalaba, supe que compartíamos un mundo y que lo que me hacia adorar su escritura se resumía en una palabra: POLITICO INCORRECTO. En conversaciones distendidas, las dos llegamos a la conclusión para nada forzada, que la literatura que más detestamos es la de mujeres políticamente correctas, es decir hiper-erotizadas, hiper-maternales, hiper-fragiles, hiper-sentidas, hiper-vaginales. El síndrome Anais Nin llevado a su peor expresión, porque Anais no tiene la culpa.

En un mundo, un Chile, cada día más políticamente correcto, tan “progre”, tan amigo de las causas liberales y modernas, la voz de Leo, suena como el grito de una neoconservadora en ácido. O viajas con ella o te quedas en la tierra.

Yo sigo alucinando.

Hay quienes piensan que escribir sobre cosas reales es más fácil que inventarlas, que las historias florecen solas y tú sólo debes recogerlas.

NO ES TAN SIMPLE, piensa Leo.

Toda escritura, incluso la crónica periodística, es un proceso de invención. Sino pregúntense por qué cuesta tanto escribir siempre.

Pensando en la crónica y su reciente boom –¿cómo no nombrar una vez más a Leila Guerriero?-, se me vino a la cabeza las primeras tareas de Castellano, hoy Lenguaje, que uno hace cuando niño, que al fin y al cabo son crónicas y no cuentos, crónicas llamadas “composiciones” donde te encargan narrar cosas como un “Un domingo en familia”, “Mis vacaciones de verano”, “Una visita al zoológico”. Esas composiciones se vuelven extraordinarias cuando ocurre algo, cuando en el zoológico muere un animal, en las vacaciones te enfermas, ese domingo no resulta tan familiar. Y es esa búsqueda de lo extraordinario en lo ordinario lo que ilumina el proceso de escritura, y convierte la tarea en algo más.

En la vida pasan cosas. Hay tesoros que están perdidos y Leo es una gran excavadora o rescatista. No conozco a nadie capaz de escribir incluso de moscas, una de las crónicas más bellas de este libro llamado modestamente Tesoros Perdidos.

Leo tiene un nervio especial para hablar de moscas, y de perros, y de parejas swingers, travestis evangelizados, fanáticos del nudismo, monjas que mueren asesinadas y boxeadores empantanados.

Este nervio, no sólo se nota en su impecable pluma, y perdón por hablar como profe de lenguaje, pero es un hecho, sino también en vivo, cuando uno habla con ella. Todo lo que ustedes leerán es tan sincero, tan parte de su manera de ver el mundo, que ocurre algo extremo: amas a Leo o no la amas.

Para escribir crónicas o escribir a secas no se necesita buen juicio, templanza, ni siquiera objetividad. No sé bien cómo definirlo, pero Leo lo tiene, Leo es hiperceptiva, palabra que ni siquiera creo que exista.

Este libro debe leerse así, como el registro paranormal de una narradora con más sentidos del común, capaz de hacer con la crónica lo que nadie, ni el periodismo, los medios, la Tv, menos la literatura, salvo excepciones hace, teniendo el mismo material al frente: un encuentro de tercer tipo.

Lo segundo es que siguiendo su anti corrección politica, Leo es honesta y brutalmente honesta.

Es tan fácil hacerse el choro escribiendo crónicas, pienso en las de guerra (Hemingway no me odies) o elevar situaciones, hiperventilar juicios, hacerse el sensible. Leo al escribir se permite la duda, la taquicardia emocional, la piedad, la fragilidad del intento de escribir, la ambiguedad, y muy importante, la renuncia al ego propio para contar la historia de otro.

En lugar de abultar o rellenar historias conocidas, sale a buscar historias incompletas, medias cojas, que no entran en la historia oficial ni under de un país, amorfas, sin sello ni pretensiones de ser cool. Son historias donde lo que está en juego es la tensión entre ella y lo que ve, un ejercicio en el cual su interpretación del hecho contado es más interesante que el hecho en si, y nunca pisan el palito de la fabula moral, sino entrar a una categoría que nietszchiana; la de una experiencia vital plena y nihilista. Las aventuras de Leo son desaventuras.

En esta transmutación, Leo nos planta a su lado sin preguntarnos si queremos seguirla, estamos con ella de manera irremediable, porque es eso lo que hacen los buenos escritores, acercarnos a ellos y después soltarnos al enfrentamiento.

Qué duda cabe. Lo de Leo es enfrentamiento. No es composición inocente.

¿A qué se enfrenta Leo?

Hay dos grupos de crónicas, y voy hablar como académica, solo para molestar a la autora grunge; unas que se construyen como FICCION DEL YO y otras que son UNA FORMA DE CONTAR CHILE, un balance si se quiere, prodigioso del Ying y Yang, o lo femenino y masculino.

En las primeras, Leo se enfrenta a sus alter-ego, es decir personajes anónimos que no son más que almas desencajadas, losers, marginales por opción, y yo diría borderline, pero no intentando ironizar sobre sus vidas, o convertirlos en objeto freak, sino empatizando, convirtiéndolos en sus amigos, amigos a los que por cierto les hace el gallito.

Leo no estudia al otro. No lo reportea. Se mezcla con él. Se tomaría feliz una cerveza con la monja de la Serena, claro antes de ser asesinada, no sé si me explico.

Leo no se traga las cosas tan fácilmente. No es ingenua. Es desconfiada. Una descreída de alma punki. Cuando va la playa nudista de Horcón, los normales son los piluchos, la rara es ella, la vestida. Desde esa rareza cuestiona el sentido de nuestro supuesto liberalismo y el de su pudor. ¿Está mal ser conservadora, insegura, nerd en este mundo? El cuestionamiento del sexo como identidad liberal es un gran tema en el libro. Pero ojo, no es un tema planteado desde el discurso, sino desde la experiencia directa. Leo no finge ningun orgasmo, y eso se agradece en un mundo tan fingido.

Las crónicas del Yo de Leo llegan donde rara vez la literatura traspasa la puerta. Ahí está uno de sus encantos, su poder de maravillar, confundir, asquear, perturbar y hacernos reír.

¿Para qué inventar mundos ficticios si el delirio está aquí en casa?

Qué fácil era hacerse la chora, la Tracey Emin, la Nan Goldin, la Anais Nin, todas mujeres honestas pero tan mal copiadas, en Swingers, una de sus crónicas más bellas, haciendo de ese relato en primera persona, la orgía de su vida. Leo no participa de la orgia y ahí está la gracia. La verdadera liberación femenina no consiste en tener que liberarse, sino en volver a casa a dormir sola, con pijama.

Entre las crónicas que cuentan Chile, está El tesoro perdido de la Noria (sobre un hombre del norte que excava un tesoro salitrero y sólo se encuentra el cadáver de un hombrecillo o feto), o Locos versus Locas (sobre la evangelización cristiana del barrio rojo de Conce). Pero los humanos no bastan para entender nuestro país. Las moscas de Leyda o los perros vagabundos de Valpo, son según Leo, los representantes de nuestra decadencia.

En Moscas Vampiros, hay gente que se traga moscas sin querer, las moscas se despiertan a las 11 de la mañana para infiltrarse en todas partes, un dato que Leo presenta como duro, (y uno solo puede creerle). Misma guerra entre hombres y animales, ocurre con la unidad de asesino de perros de Valparaíso y su intento por eliminar a los kiltros del puerto. Los camioneros y sus prostitutas de Mi burdel es un camión, también cruzan esa frontera, con un plus: Leo describe la intimidad del sexo casual de Utita, sólo como un escritor de ficción lo hace: a ciegas. ¿Es cierto? se preguntará más de un lector. ¿Importa?, digo yo. Lo que el periodismo es incapaz de comprobar, la literatura tiene la habilidad de resolver.

Tesoros Perdidos es libro de una mujer que sale a descubrir los tesoros perdidos del mundo y encuentra otra cosa: su mirada.

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