Irrepetibles

Mis abuelas tenían una gracia y un decoro que no trascendió y que ya no veo por ninguna parte. Busquemos en el baúl de los recuerdos, a ver si rescatamos un poco de elegancia.

La reunión se había planteado como “importante”. Estábamos todos citados, gerentes, creativos y hasta el que sujeta la puerta. Sala grande porque la ocasión lo ameritaba. Nos acomodamos; pantallas y libretas dispuestas, y va la que lleva la voz cantante y saca un paquetito de cacahuetes. Una frase maní, pausa, maní… Desconecté. El formato se deshizo y todo se me antojó fofo y deslucido. Además, seguro que luego lo enviarían todo por mail,  así que podía concentrarme en el acto que daba cuerpo a mí manía, alejarme del centro y desde la ausencia ver y escuchar cómo se vaciaba la bolsa, ordinaria y arrugada, de maní con sal.

Una amiga me dijo que por eso me dio pulmonía. Si su teoría es cierta, ahí está la razón por la cual, buena parte de mi vida, me la he pasado con amigdalitis, faringitis y todas las inflamaciones posibles de garganta; porque me atraganto de no poder decir nada ante la tontería, lo impropio y todo eso que está fuera de lugar a cada rato.

Y me pasó ayer que mientras sacaban a la abuela de mi novio en una bolsa de plástico blanco, de la casa en la que entró hace más de cuarenta años, las dos nietas más guapas andaban comprando pollo para el almuerzo porque no querían mirar (pero querían almorzar). Cuando llegaron, el cuerpo ya no estaba, no molestaba para poder comer y hacer crujir las patatas en las bocas que mastican siempre y a toda hora. Haya sol, lluvia o muerte en el horizonte.

Esta semana en que recordaré la fecha en que nació mi abuela paterna y tendré que ir al funeral de la abuela de mi bien amado, también invoco a mi abuela materna y  me pregunto por qué lo importante no importa y todo lo accesorio está en el centro de la vida.

Demasiadas veces escucho “no te preocupes, da lo mismo” cuando no veo que dé lo mismo. Eso sí, que no se vaya a descargar el móvil.

No es igual hacer algo con dedicación que con indiferencia. Cada gesto es determinante y nos hará ser una persona mejor o peor. O eso entendí yo.

No es sólo por cariño que admiro tanto a mis abuelas, a las dos, que por una asombrosa coincidencia, que no busco comprender como diría Cortázar, tenían el mismo nombre y compartían cualidades que luego no he vuelto a ver reunidas en otra persona.

Nunca vi a ninguna de ellas dejar algo a medias o perder los papeles y créeme que tenían motivos a punta pala. No sé si fueron “sin pecado concebidas”, no las pretendo postular a la beatificación; sólo hablo con entusiasmo de lo que yo viví y recibí de ellas porque ha resultado ser irrepetible.

Lo que se me ocurre como explicación rápida para esa imagen radiante que tengo de mis abuelas, es que cada una – con distintos matices- poseía una capacidad singular para “guardar la compostura”. Se trata de una mezcla de fórmula secreta porque no sé bien bien de qué se compone y nadie en mi familia conservó la receta.

Intuyo que es la habilidad para resultar siempre oportuna, mesurada, seria sin ser amarga, modesta, pero regia, prudente, decorosa en el hacer, el parecer y la palabra.

No heredé su manera impecable de ser, pero me declaro admiradora e imitadora intermitente de algunas de sus esencias.

No seré nunca la mujer delicada y pensamiento adelantado que contiene el acto irreflexivo ¡Lástima!

Yo, por el contrario, le daría patadas a medio mundo, al que no se baña, al que grita para que le entiendan, al que te echa la culpa de sus errores, al que por no callar en el funeral al que me estoy yendo ahora dirá “no somos nada”, ¡a ese hasta lo escupiría!