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Actualidad 20/12/2013

Nacer en el vientre equivocado

Hoy, hace 23 años, nací. Pero no sé de quién ni dónde. Solo sé que días después mis padres me escogieron y yo a ellos.

Por : Rosa del Pino

Hoy, hace 23 años, nací. No sé si patas pa’ arriba o patas pa’ abajo, si nací llorando o me tuvieron que incitar a hacerlo o si tenía demasiada sangre en mi la cara como monstruito satánico. Cosas insignificantes, detalles que podría preguntarle a mi mamá. Es solo que ella no sabe y a la mujer que me parió la desconozco. No sé qué rostro tiene, como sabían sus besos o la temperatura de sus abrazos. Me dejó en un hospital el mismo día que dio a luz y decidió entregarme en adopción a gente que no conocía.

Creo que sí me quiso, solo que no con certeza. Pero con los ojos más abiertos que cerrados y con dos décadas de meditación, sé que dar en adopción no puede ser otra cosa que un acto de amor, el más profundo de ellos. La verdad es que no tengo idea de quiénes son mis padres biológicos. Pero sí sé una cosa,  podrían haberme abortado, pero me mantuvieron viva los meses de gestación y luego se preocuparon de realizar el proceso legal de entregarme a otros. No me abandonaron y eso, no puede ser otra cosa más que afecto. No me importa realmente si mi madre era prostituta o drogadicta. Quizá no era nada de eso, sino que una niña que fue abusada o una adolescente que se condoreó tan brígido, que no le quedó otra que entregar a su guagua. Claro que son puras suposiciones. Pero elucubraciones que no duelen; no tanto como otras, al menos.

Tuve una infancia como la callampa y no tuvo nada que ver con mis viejos, sino que con mis pares. Tenía la “mala suerte” de además ser morena, gorda y chica. Maleficio imperdonable para el ambiente en donde me crié; un colegio de “élite” donde solo la supuesta “crème de la crème” llegaba a codearse con otros de igual condición, siendo que la institución “católica” no pasaba de un grupo de viejas que se juntaban a pelar en las mañanas y a pegarse en el pecho en las noches. Señoras, que a pesar de que yo tenía 10 años y ellas 45, les parecía lo suficientemente prudente hablar del alzamiento de la “negra curiche de población” que se había ido a meter donde no le correspondía; para luego ir a rezar treinta “Padre Nuestro” y otros tantos “Ave María”. Y con padres así, que más puedes pedir de los hijos: Crueles, en todos los sentidos.

Lo soporto en niños. Lo aguantaba cuando chica porque, aunque sean malos como el natre, hay una cuestión de inocencia y entendimiento, para el cual se requiere madurez, pero no lo banco de adultos: Hace poco estuve en una reunión donde mujeres hablaban de sus hijos. Una decía que quería tener uno más pero que creía que su esposo ya no estaba en edad de procrear, por lo que había decidido que no. Otra le preguntó que por qué no adoptaba. Hubo un silencio y luego una risotada al unísono. “Te imaginai un hijo que no es tuyo en tu casa”, “¿y qué le decí a los demás cuando se den cuenta que no se parece a ti?”, “no, ¡que atroz!… imagínate, si tiene otros hábitos”. Me puse tan roja que creí que iba a explorar, pero sin embargo me quedé callada. Me fui, sin decir ni una palabra, a llorar afuera porque no había escuchado nada semejante en años, menos de mujeres profesionales e hipotéticamente cultas. ¿Qué mierda pasa, cuál es el problema?

Y sí tengo otros genes, pero ¡¿qué tiene eso de relevante!? Mi papá es rubio de ojos verdes y yo soy mulata mapuche de pies a cabeza; y jamás me he cuestionado si soy su hija o no. Y la diferencia sí se nota. Mamá, de forma objetiva, se parece más a la hija del vecino que a mí, pero articulamos la boca de la misma forma, gesticulamos de manera exagerada y cuando peleamos es como si estuviéramos vendiendo papas en la feria. El hombre es un ser de costumbres. Y sí, nací de otra sangre, llevo una herencia distinta sobre mis hombros pero padres no son los que te crean, sino los que te crían. Sino las abuelas que cuidan a sus nietos no podrían ser llamadas madres o los tíos que se quedan con los hijos de sus hermanos fallecidos tampoco podrían formar una familia bien constituida con ellos.

A veces la gente se extraña de que no conozca a mis padres biológicos y que no me interese en demasía conocerlos. Creen que mis papás me contaron de grande que era adoptada o no entienden por qué cresta me dijeron. ¿Por qué se supondría que podría ser más sano vivir en una mentira? Además se cuestionan majaderías como que por qué una familia de recursos aceptaría a una niña que no tiene nada que ver con ellos, que si la nana le arrendó el vientre a la patrona, que si realmente quiero a mis papás a pesar de que sepa que no lo son, que si era huérfana y me tuvieron en un orfanato, que si de verdad mis viejos me quieren y me tratan normal, que si nací en un vertedero o en la China. Créalo o no, la adopción es un proceso normal y bastante menos trágico de lo que ignorantemente se cree.

Muy pocas personas tienen la opción de escoger a sus hijos. Yo no soy “lo que les tocó” o esa frasecita de que uno no elige a su familia; a mi sí me eligieron. Entonces, ¿por qué chucha debería esconderlo? Es cierto que mi vieja no me tuvo 9 meses en su vientre, sin embargo por más de un año espero a que una pequeña niña llegara a darle toda la felicidad que ellos siempre habían esperado. ¡Qué tiene eso de anormal! Es solo otra manera de formar familia.

Y de repente me da paja escuchar ciertas cosas como que “a nadie se le puede negar ser madre por falta de dinero”; enunciado dicho por M. Tondreau en relación a su lucha por tener otro hijo (en base a tratamientos fertilizantes). Yo sé que es una cuestión de naturaleza querer engendrar un niño en tu guata, pero si no se puede, esa no es la única forma. La adopción es una opción seria y no tendría por qué ser tampoco visto como la última instancia. Tal vez me digan que hablo de lo que no sé, pero la verdad es que la vida es tan sabia (o maricona) que hizo que yo probablemente tampoco pueda quedar embarazada nunca. Y entonces más aún, con la experiencia a cuestas, jamás dudaría en adoptar.

De repente me da impotencia no poder hacer algo. Me da pena negra ver el Metro tapizado de una campaña del gobierno sobre la adopción que dice “Soy chico: Llévame a la playa”, como si los miles de niños que esperan una familia fueran un bien de consumo. La adopción no es llevar a un niño al cine y devolverlo, es un compromiso de por vida. Un verdadero mensaje, por ejemplo, es que el vínculo real entre padres e hijos no lo da la sangre, sino que algo mucho más allá. Algo que no puedo explicar sin ponerme cebollera y atribuírselo a cosas maravillosas como la magia; la más pura, blanca y brillante de ellas.

Yo pasé solo un par de días en una cuna esperando familia, pero hay millones de niños que después del hospital pasan a casas de acogida y se hacen grandes pidiendo papás para Navidad. Yo llegué para la Pascua del 90’ a la que ahora es mi casa y creo que es el mejor regalo que alguien me pudo dar a mí y a mis padres. Estoy orgullosa de mi familia y de ser adoptada, pero sí estoy aburrida de tener que contestar absurdos por la ignorancia de la gente y que aún en Chile, un país que se autofelicita por ser moderno y solidario, hayan personas que crean que adoptar es algo “antinatural”. Sí, es un riesgo. No se lo niego nadie, pero él que no se arriesga no cruza el río y conmigo podría no haber funcionado, pero funcionó. Y puta que funcionó.

He cumplido 23 y hoy ya ha dejado de ser un día que me da pena. Soy feliz, de tener la gente que me quiere a mi lado, de tener manos y de tener pies. No me lamento porque hubo una familia que me entrego, sino que estoy contenta porque al darme en adopción me hicieron la persona más dichosa del mundo. Y sí, hay gente que me rodea que no logra comprender la dimensión de esto. Hay parte de mi familia que no me quería integrar a un árbol genealógico porque por mis venas no corre sangre germana. A esos tíos, aunque no me lean, hoy quiero decirles que me importa un rábano su orgullo europeo, porque yo tengo algo mucho más importante: amor.