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Actualidad 17/12/2013

Perro Muerto

¿Alguna vez te has ido de un restaurante sin pagar la cuenta? Cassandra lo hizo, averigua cómo le fue.

Por : Leo Marcazzolo

El otro día elegí el peor lugar del planeta para hacer un perro muerto en la vida. Una fuente de soda donde vendían papas fritas grasientas y jugo de frutilla en polvo. Mi “perro muerto” debe haber sido el perro muerto peor planeado. Yo y mi amiga Poli lo hicimos únicamente porque no teníamos plata. No había ninguna ideología detrás. Ningún aire de usurpación. Simplemente nos dejamos llevar. Entramos a esa fuente de soda barata y cuando ya nos habíamos terminado todo, tuvimos que salir corriendo. Eso fue lo que paso. Lo único que quedaba era salir corriendo.

Y así lo hicimos. Todo comenzó cuando movidas por extrañas fuerzas estomacales decidimos entrar a la ya citada fuente de soda, para llenarnos de fritanga. Íbamos caminando cuando de pronto se nos vino el hambre. El hambre cayó sin previo aviso. De pronto mi estómago comenzó a sonar.

-Mi estómago quiere decirme algo.-Le dije a mi amiga Poli.

Y luego ella me respondió que su estómago también quería decirle algo.

-A mí también me está mandando un mensaje.-Me dijo.

Y luego las dos decidimos en ese preciso momento que debíamos hacer un aro en el camino. Resolver la situación. Según ella los estómagos mandaban. Según ella los estómagos siempre hablaban por algo y uno no podía obviarlos. Ese era su lema. Mi amiga Poli tenía muchos lemas. También tenía el lema de “no dejar para mañana lo que podía hacer hoy”.

-Debemos ir a comer algo inmediatamente.-Me insistió.

Y entramos súbitamente al primer boliche que encontramos allí. Parecíamos un par de autómatas. El hambre era lo único que nos motivaba. Ninguna de las dos sabía si tenía plata. Simplemente pedimos. Las papas fritas eran gordas y grasientas. Mi amiga abusaba del kétchup y el ají. Sobre todo del ají. Según ella le gustaba mucho. Le gustaba mucho porque su mamá la había hecho adicta. Solía mandarle pan con ají al colegio, y de esa forma le creó el hábito.

Pero eso no era lo peor de todo. Lo peor de todo era que le picaba tanto, que parecía un verdadero dragón que echaba fuego. Y eso era lo que más la motivaba a consumir refrescos. Mi amiga Poli tomaba bebida como condenada. Pedía y pedía, aún sin saber si tenía plata. Yo tampoco sabía si tenía plata. Nuestros estómagos dominaban todo. Nada importaba aparte de ellos. Éramos como dos autómatas de la comida. Eso hasta que de pronto llegó la cuenta. La cuenta llegó como la más fatídica de las sorpresas. La mesera la puso en frente de nuestros ojos.

Al frente de mis ojos. Revisé mi billetera y seguía allí. La Poli revisó su billetera y seguía allí. Nos habían cobrado 10.000 pesos y un sobrecargo de 50 pesos por el ají. El sobrecargo era porque la Poli había consumido mucho. Casi cuatro pocillos y medio. Casi me voy de espalda cuando descubrí, de que sólo teníamos doscientos pesos y una tarjeta BIP.

Lo único que nos quedaba era salir corriendo. Yo era la única nerviosa allí. Mi amiga Poli seguía comiendo. Se encontraba de lo más tranquila. Pese a que ya estaba enterada de nuestra pobreza se encontraba de lo más tranquila. Comencé a preocuparme en serio. A transpirar helado. Comencé a pensar demasiadas cosas. Comencé a preguntarme demasiadas cosas. Me preguntaba yo, si me obligarían a lavar los platos.

Si me convertirían en esclava sexual para pagar con cuerpo, cada papa frita que me había comido. Me sentía en las fauces del lobo y mi amiga seguía comiendo. ¿Por qué yo debía estar sola en esto? Volví a preguntarme. Y le sentí aún más rabia que antes. Lo único claro era, que las dos habíamos comido lo mismo, y que las dos debíamos bancarnos juntas la fuga. Se lo dije y no se le ocurrió nada más inteligente que gritarme que debíamos salir corriendo.

-¡Cassandra, corre!-Gritó.

E increíblemente se paró en ese mismo momento de la mesa y comenzó a correr. Creo que ha sido la fuga más bochornosa de la historia de las fugas. Mi amiga escapaba y yo por alguna extraña razón seguía sentada allí. Sola. Catatónica. Me quedé catatónica en la mesa. Debo decir que siempre me he quedado catatónica en las situaciones de peligro. El letargo ha sido más grande de lo que yo he sido. Repentinamente vi pasar mi vida completa en un segundo. Eso hasta que de pronto reapareció mi amiga. Se asomó desde la puerta, y me grito nuevamente que corriera.

-¡Cassandra corre!-Me gritó.

Y fue en ese momento y no en otro, cuando finalmente pasó lo que tenía que pasar: las meseras comenzaron a inquietarse. A mirarme con ojos de huevo frito. Con cara de estupefacción. Con tal estupefacción, que no me quedó más remedio que seguir a mi amiga. Comencé a correr. Las meseras ni siquiera intentaron perseguirme. Sólo comenzaron a mirarme. A mirarnos. Ni siquiera nos perseguían, sólo se reían de nosotras. Nosotras corríamos y ellas nos miraban como si de verdad estuviesen presenciando un circo. La escena más ridícula de sus vidas. Nosotras corríamos como tortugas. Eso era lo ridículo, que poníamos cara de velocidad y seguíamos corriendo como tortugas. Corrimos y corrimos pero nunca nadie nos persiguió. Las dos de la mano moviéndonos con cara de velocidad. Como la anti tesis de dos atletas. Con nuestros zapatitos de taco de corcho, mirando el suelo para no caernos. Eso hasta que de pronto desaparecimos. Lo único que aún no podemos entender es que nadie nos haya perseguido nunca. Mi amiga Poli dice que fue porque les dimos pena. Y yo pienso que es verdad. No hay nada más triste que dos personas que hacen perro muerto sin saber hacerlo.