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Actualidad 17/12/2013

La fuerza de la música

A veces nos falta el valor, ese pequeño empujón, para pedir lo que queremos y no quedarnos con lo que nos dan.

Por : Victoria Ojeda Castro

Fui a la peluquería y por supuesto salí con el pelo veinte centímetros más corto de lo que quería ¡No hay caso!  Le dije, con todo el énfasis que pude, que me cortara sólo las puntas. Ahora tengo un pelito de nada y 50 billetes menos.

Es demasiado habitual que pidamos una cosa y nos den otra y que encima tengamos que pagarla como si nos encantara.

Salí con la goma en  la mano para nada más llegar a la esquina atarme, como buenamente se pudiera, los restos de pelo. Me vine mirando las figuras del pavimento en busca de razones y en porqué yo no puedo hacer como esa señora rusa…

Los días han estado movidos y también tuve que ir al temido dentista. Le tengo pánico; cuando me cobra me quedo casi siempre en shock. Suelen ser personajes muy simpáticos, pero no puedo evitar sentirme como cerdo en el matadero en sus consultas tan blancas. Te reclinan y ya no tienes ni la más mínima posibilidad de interferir a tu favor, de hacer algo para asegurarte que no te fastidien una encía, un nervio y, de paso, te desangren el bolsillo sin compasión. La entrega es total. Pones el cuello, abres la boca y cierras los ojos… Que sea lo que Dios quiera.

Me ha dicho  el doctor, un alemán muy de Berlín, que no hay problema para hacerme el aparato para no apretar los dientes por la noche (férula), pero que, además, me tengo que hacer también una “limpieza con fluorización”. Me entrega el presupuesto en un sobrecito, quedamos a las once del martes que viene y salgo a tomar el aire.

Claramente, no necesito una limpieza (acabo de hacerme una cuando estuve de viaje), pero necesito la dichosa férula para histéricas que no podemos dejar de rabiar ni durmiendo. Me joroba que se saque de la manga la limpieza encarecida con flúor y la imponga como condición para hacer lo que le pido.

Miro el papelito con el dibujo de mis dientes y sus numeritos azules, lo doblo y asumo que voy a tener que pagarle por la dos cosas, aunque no quiera, y vuelvo a pensar en esa señora rusa.

Cuando estaban arrasando con mi cabellera entró una mujer con muy poco pelo, una melena hasta el mentón, rubia platino, con un acento tan duro que la hacía parecer de hielo. Pidió hablar con el dueño que salió ipso facto.  Rotunda, tremenda en su trato, seca, le dijo pausada todo lo que quería. Por si hubiera alguna duda, traía en un papel anotada la mezcla exacta de colores y los tiempos, se lo puso en la mano al peluquero y le preguntó: ¿Puede hacerlo?

A los pocos segundos la señora tenía a tres peluqueros trabajando para ella. Uno le ponía las cremas, otro las toallas, otro ayudaba con los implementos, sólo el dueño le tocaba los pelos y yo estupefacta de admiración no me daba ni cuenta de que me iban dejando trasquilada.

En un momento entró una chica que la saludó y así me enteré que la mujer de ideas claras y maneras precisas era una violinista rusa recién retirada por una lesión en la muñeca. Como para bromas iba a estar la rusa. Contó los segundos y determinó cada cosa que le hicieron, vigiló todos los componentes y fue indicando en qué dirección quería cada uno de sus finísimos y escasísimos cabellos. Yo, sinceramente, hubiese aplaudido al final… si no me hubiese sentido tan disminuida mirando mi pelo repartido por el suelo, lo hubiese hecho, me habría puesto de pie para aplaudirla.

Llegó el martes y tuve que sentarme en la silla del dentista con mis pelos tijereteados. Me pusieron el babero ese que debe ser, más que nada, para doblegarte la voluntad y me puse a escuchar la música de fondo en espera del todo poderoso dentista alemán. Por alguna razón me saludó en inglés y empezó a hablar en ese lenguaje casi de signos que usan con la asistente. De fondo sonaba Paganini.

–       Doctor, no me voy a hacer la limpieza fluorizada.

–       ¿No?

–       No. Quiero hacerme sólo la férula ¿Puede hacerlo?

–       Yes.

Me volví a tumbar y mirando el techo impoluto me sentí inspirada por los violines. Hubiese sido genial ir a algún concierto de la rusa, como para verla en acción ¿no?