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Actualidad 02/12/2013

Hoy: Un extraño en mi casa

Los extraños siempre traen un haz bajo la manga. Te pueden sorprender aún más cuando te emborrachas.

Por : Leo Marcazzolo

La verdad es que hay veces en la vida en que uno hace cosas demasiado extrañas. Cosas por las que uno debería arrepentirse después. Uno jamás debería, por ejemplo, abrirle la puerta a un extraño. Los extraños siempre traen un haz bajo la manga. Algo que puede obrar en tu contra. Así son los extraños, como el lobo de la Caperucita Roja o algo peor. De hecho fue el martes pasado, que uno me dejó trasquilada.

Fui víctima de mi propia tragicomedia. Vamos a ver. Haré un esfuerzo por recordar cada detalle. Cada detalle morboso que compuso la escena. La escena de mi propia tragicomedia. Mi amiga Poli fue la culpable de todo. Definitivamente la culpable de todo. Ella puso al extraño en mi casa. Mi amiga Poli es definitivamente la persona más subnormal que he conocido. Es tan subnormal que una vez, por ejemplo, hasta llegó al extremo, de proponerse alimentar a su propio sobrino de tres meses, con tallarines a la boloñesa, sólo porque estaba llorando. Y otra vez quiso probar cuánto tiempo podía resistir un pez fuera del agua, y lo termino matando. Eso, porque las cosas siempre mueren a su alrededor.

Pero lo peor de todo no era eso, era que el sujeto extraño era igual que ella. Tan subnormal como ella. Venía vestido con una casaca gris y un pantalón floreado. Me dijo que la Poli lo había traído hasta mi puerta, sólo porque quería conocer a una “persona que era potencialmente tan extraña como él”, ¿Habrase visto semejante sujeto? Me tiro su frase, y luego se quedo allí parado, como huevón, esperando a que le contestara algo. Y yo no supe qué contestarle. Nunca sé qué contestar. Simplemente, en vez de echarlo a patadas, lo invité a mi casa. Se sentó en la esquina más alejada de mi sofá que pudo. Muy lejos de mí. Era verdaderamente indescifrable ese sujeto. Era verdaderamente difícil saber, qué lo había motivado finalmente a llegar hasta mi casa. Por la cara de Teletubi que traía, era imposible saberlo.

Comenzó a sorber su té desesperadamente. Parecía un ovni sorbiendo su té. La manera en que se enfrentaba al líquido se me hacía demasiado extraña. El palurdo era el ser menos atractivo que yo había visto en el mundo. Definitivamente lo era. Además era el ser más callado también. Se mantenía mudo e inerte en mi sofá. Eso hasta que de pronto la Poli intervino para poner más “amena” la cosa. Dijo que había que “entablar conversación” como la gente normal. La Poli “inventó” el término “entablar conversación” en ese preciso momento para sacarse los pillos. Eso porque había metido las patas al traer al extraño a mi casa.

-Acaban de pasar como veinte angelitos, ¿Por qué no mejor entablamos conversación?-Dijo.

Y yo sólo pensé que me habría encantado asesinarla ahí mismo. Terminar de una vez por todas con ella. Con su cara de huevona de exportación. La Poli siempre ha puesto la misma cara de huevona de exportación. Increíblemente siempre se ha imaginado que está  en un programa. A la Poli le encantaría, por ejemplo, ser la nana de los Méndez para aparecer todos los días en televisión.

-¿Cierto que tu sueño sería aparecer en la tele?-Le pregunté de pronto a la Poli.

Y la Poli sólo me quedo mirando.

Se me hacía realmente difícil soportarla. Y quizás a ella también. Y tal vez por lo mismo que comencé a embriagarme. A llenarme con pisco. La piscola siempre me ha hecho ver burros verdes donde no existen. El mundo color de rosa. El palurdo menos feo pese a lo feo. Un amigo me enseñó, por ejemplo, a hacer eso. Un amigo me enseñó que una persona siempre era más linda después de un par de Pilsen bien heladitas. Según él con la Pilsen la mente comenzaba a operar completamente disociada de la realidad. Y de hecho mi mente comenzó a comportarse así. Después de cuatro piscolas, comenzó a operar completamente disociada de la realidad. Increíblemente de pronto el palurdo comenzó a parecerme cada vez más atractivo. Quería pescármelo en serio. Mi mente ya estaba viajando. Ya había logrado llegar al punto de imaginar el sexo con el palurdo.

El sexo con alguien de la fealdad del palurdo. El palurdo no cambiaba de posición y seguía mirando. Miraba hacía el suelo como un niño taimado. Se rehusaba a tomar piscolas. Se rehusaba a “entablar conversación” y sólo seguía mirando. La Poli estaba hablando sola. Eso, mientras yo pensaba muchas cosas a partir del palurdo. Pensaba que el palurdo sólo quería verme mientras me embriagaba como una cosaca. Mientras me acercaba, cada vez más, hacia mi propio piso. Al parecer era del tipo sádico que disfrutaba de ver sufrir a una dama. Hoy Cassandra era la dama. O quizás no. Quizás el palurdo sólo quería permanecer allí por inercia. Porque no atinaba a dónde moverse. Era verdaderamente extraño el palurdo. Tanto que me comenzó a parecer cada vez más atractivo. Aún más atractivo. A un punto que lo único que tenía claro era, que tenía que sacar sí o sí a la Poli de allí, si quería pescármelo.

La Poli era el único impedimento que tenía para pescármelo en serio. Y cuando se lo dije, de inmediato se fue. Eso sí, no sin antes advertirme de algo muy importante. Me entregó su especial punto de vista sobre el palurdo. Me quedo mirando fijo, y con sus ojos diabólicos me dijo.

-Agárratelo tranquila no más, que veces las apariencias engañan.-Me advirtió y luego se fue.

La Poli cerró la puerta, y el palurdo quedó nuevamente mirando hacia el piso. Durante toda la noche me fue imposible entender cómo podía continuar de esa manera. Haciendo lo mismo. Tan catatónico. Al único animal que yo antes había visto comportarse así, era a la iguana. Las iguanas también se quedaban con los ojos fijos esperando qué hacer. Tal como lo estaba haciendo el palurdo. El palurdo también se encontraba en una posición como esperando qué hacer. Eso hasta que las cosas cambiaron. Hasta que yo las cambié. Hasta que yo me tiré encima de su cuerpecito enclenque como una leona. El cuerpecito del palurdo era realmente enclenque.

Prácticamente nunca antes en mi vida había visto un cuerpecito compuesto sólo de huesos. Tan esquelético. Un cuerpecito que temblaba-como una hoja seca-al primer contacto de piel. No sé si habrá sido el efecto de la piscola o qué, pero al contacto físico, el palurdo, me parecía cada vez más atractivo. El palurdo era como uno de esos adolescentes, que uno escogía,  para darlos vuelta como trompo en las pistas de baile. De esos que enfrentaban el mundo con sus espinillas, su chaleco a rayas y una mueca invertida. De ese tipo de hombres era el palurdo. De los que sufrían de dolor por acercarse a una mujer: dolor de colón antes de sacarla a bailar, dolor de colón antes de tomar el teléfono, dolor de colón antes de tomarle la mano. De esa clase de hombres era el palurdo. Y eso extrañamente me estaba pareciendo cada vez más atractivo.

Hasta que de pronto llegué de la manera más terrible a mi punto final. Recibí un balde de agua fría en plena cara. El palurdo me hizo parar. Cuando estaba a punto de darle un beso más apasionado, de pronto me hizo parar. Me dijo que no. Nunca antes en mi vida me habían dicho que no. Maldito réptil. Maldita iguana que me dejó con las ganas, según dijo, sólo porque estaba embriagada.