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La condición de mujer “plantable”

Es triste llegar a una cita y que tu pareja se demore, pero es diez mil veces más penca que lleves arreglándote tres horas y que el hombre no llegue.

Sueño con encontrarme una lámpara mágica. Una con un genio que me cumpla tres deseos: que me cambie el caracho, que me corchetee las charchas, que me enrucie el pelo… No, mentira. De trabajar aspectos físicos, solo me reduciría la nariz; esa de pimiento morrón que, en época estival, hace que me parezca a Rodolfo, el reno. Mi segundo deseo tendría que ver con un cambio de actitud; una nueva mentalidad hacia una vida saludable. Me gustaría ponerme a prueba; como en esos programas pa’ bajar de peso, en que les ponen un plato de fruta y otro de papitas y los concursantes deben elegir si zamparse la grasa o servirse la manzanita. Y hay algunos que ni siquiera vacilan. Gracilmente toman el plato sano y trozo por trozo disfrutan de la naturaleza. Yo no. Yo elegiría las papas fritas; además de agregarle queso, crema y ciboulette más una bebida calórica que me quite la sed.

Por el contrario, mi tercer deseo sería algo más austero. Uno que tuviese que ver más con mi personalidad. Besaría el piso, iría hasta Lo Vásquez, donaría mi sueldo pa’ que terminen el santuario de Sta. Teresa si es que la misticidad del mundo me ayudara a perder mi condición de ser humano “plantable”. Sí, plantable. Y no de planta precisamente; sino que de mujer desdichada que suele llegar a la hora a sus citas, apareciendo incluso antes para sorprender al tipo, y se seca esperando como espantapájaros, mientras su rímel forma un río de vergüenza ante la evidencia de que el muy hueón no llega. Y no, no estoy exagerando. Exageras a la primera, lloras a la segunda pero a la quinta, chucheteas a Dios.

Y lo peor es que soy de la raza de las puntuales, las tontas responsables que si les piden juntarse un Viernes a las ocho, llaman pa’ confirmar el Jueves a las diez. Y si nadie contesta, aparecen al otro día igual porque se imaginan todas las variables por las que el sujeto no atendió, entre las cuales claramente no esta la omisión. Minas, como yo, aparecen porque ellas no lo harían, ellas no plantarían (hombres, no otro tipo de yerbas). Soy de las que ha sido invitada a un restaurant; ha llegado, se ha bebido el agua, el vino y el sour machacando el pan ante la mirada atónita de un garzón piadoso que sabe lo que se siente la desdicha del plantón. Menos mal que me ha pasado más veces en el Doggis’ que un local pirulo. No es lo mismo que te planten en el Mc Donald’s a que lo hagan en el Hyatt. No, señor; aún queda dignidad.

Y me he quedado con los crespos hechos. No una, sino que mil veces. Como ayer, por ejemplo. Quedamos en juntarnos a las cinco con el hombre que, de ser mejor amigo, pasó a ser el sujeto sin denominación aparente; a no ser de que se usen términos gringos como “friendzone”, concepto que para una guailona común y silvestre suena demasiado siútico para funcionar. Pasa que el cabro, de muy ser compadre terminó por pintarme pajaritos en el aire y yo, doncella ilusa, le compre el discurso. Me empecé a arreglar a las doce. Media hora para la ducha, treinta mins. para las cremas, quince para rociarme esencias florales, otro cuarto para pintarme y algunos tantos para desmaquillarme y hacerlo de nuevo; para luego llorar frente al espejo, gritar “nada me queda bien” y terminar poniéndome el primer vestido que, en un principio, ya me había probado. Pero fui puntual para llamar y nada. Miré su Facebook y nada. Whatsapp y nada, Line y nada. Foursquare y el muy conchudo estaba tomando. “Es que se me olvidó” ¡Que se te olvido, idiota! Intenté pensar en el típico discurso de que no importa, que él se lo pierde pero la rabia pudo más, mucho más. Me senté en la cama a corear una canción de Marco Antonio Solis mientras me desembetunadaba las lágrimas con la almohada. Sueños llorosos, sábanas marcadas por dormir con la cara pintada.

Otro de mis memorables plantones fue protagonizado por papión de mi ex “amigo con ventaja”; al que realmente dudo si debo llamar amigo o no, porque jamás estuvo cuando yo lo necesite. Lo de la ventaja sí, aunque pa’ mi dejó de ser simplemente “el casero” en el minuto que su boca besó mi cuello y su baba pegajosa se transformó en mariposas. Iba yo en un bus del sur a Santiago cuando recibí la llamada del sujeto que me invitaba a almorzar al otro día. No me hablaba hace tres meses, por lo cual yo dudaba mucho de la veracidad de sus dichos, sin embargo me juro y me rejuro por su madre que todo lo que balbuceaba era cierto. Pero al parecer, no.

Cuando llegue a Santiago comencé rápidamente con el emperifollamiento. Creo que nunca había tenido tanto estuco en mi cara. Qué exfoliante, qué tónico, qué crema, qué astringente, qué primer, qué corrector, qué base, qué polvo dorado y translúcido para terminar pareciendo Barbie coreana en vez de persona. Finalmente, luego de tres horas, treinta minutos y veinticinco segundos de acicalamiento, llamé y no contestó, lo mensajeé y me omitió y terminé por preguntarle, mientras pedía perdón, si es que finalmente comeríamos o no. Pero no, claro que no. Me respondió la prepotencia de no saber de lo que yo estaba hablando, para luego contestar “ek aier estav esho meira” queriendo decir “perdóname, pobre mujer; estaba aburrido y borracho, por eso te llamé”.

Falacia. Al hombre no se le escuchaba ninguna nota de vodka, ni medio tono de pisco en su voz. Porque ¡claro!, con un sorbo chela es bien fácil darse el impulso de llamar, para luego excusarse en que se te había subido el whisky de luca a la cabeza. Y de repente me pregunto por qué. Si yo nunca le hecho mal a nadie. Si soy una galla buena, enrollada, pero buena. ¿Por qué a mí? Quizá sea porque de las veinticuatro horas en las que pololeé con mi primer novio, lo deje plantado al menos veintitrés. No sabía si darle un beso o no. Me daba pánico no saber si es que se había lavado las manos después ir al baño; más la vergüenza inmensa de que alguien me viera con un niño que sufría de sudoración patológica y rosácea incontrolable.

Tal vez a los hombre les pase lo mismo conmigo. Temen a que mis rulos salvajes se conviertan en tentáculos, que los pelos de mis brazos (los que me rehuso a depilar) se conviertan en piel de lobo o que mi lengua tenga una sabor extraño debido a la ingesta excesiva de ajo. ¡Pero no corran, juro que me lavo los dientes cada media hora! ¡Es verdad! ¡Nooooooo, regrese e e e e n… !

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