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El ginecólogo verde

Esta mañana estoy consciente de que odio más que nunca a mi mamá. Mi mamá me acaba de tender una trampa. Se supondría que las madres no deberían andar tendiéndoles trampas a sus hijas, pero mi madre igual me la tendió a mí. Acaba de hacerlo. Llamó al ginecólogo a mis espaldas y me pidió una hora. Lo hizo contra mi voluntad- porque según ella- yo ando con “piñén acumulado” desde hace un tiempo en “cierta parte” y no me dejó “cierta parte” en paz. Como si fuera pecado. Si “cierta parte” me pica, yo me la rasco, y qué tanto. Bueno algo parecido a eso le respondí, y por lo mismo, no se le ocurrió nada mejor que llamar al viejo vetusto de su ginecólogo. Dijo que el viejo vetusto podía ponerme una pastillita, y que así se me iba a acabar definitivamente la picazón. “Los hongos se te irán por la misma puerta por donde llegaron.” Me dijo. Y luego agregó:

-Cassandra, no sé en qué lugar del planeta te los habrás pescado. Deberías rezar cinco Padre Nuestros y tres Ave Marías para que se te vayan. –Me recomendó.

Y yo sólo la quede mirando. Con tal cara de odio, que me tiró otra aún más de antología que esa.

-¡Eres la vergüenza de la familia!-Exclamó.

Y yo nuevamente sólo la quedé mirando. En mi familia definitivamente no teníamos derecho a ocupar esa palabra. Habíamos pasado por tantas deshonras de tantas clases diferentes, que ya desde hacia muchísimo tiempo, que deberíamos haber derogado esa palabra. Podíamos tener de todo: piojos, sarna u hongos e igual ya no teníamos derecho a tener vergüenza. Simplemente no lo teníamos. Y así llegue donde el viejo. Completamente desvergonzada. Lo vi y de inmediato comprobé que efectivamente era un viejo vetusto. Usaba lentes gruesos, y tenía pelos en las orejas. Los tenía enroscados y gruesos como resortes. Jamás en mi vida había visto algo así. Jamás en mi vida podría haber confiado en alguien así. En alguien que tuviese semejante defecto. Y más encima con baba de ginecólogo. Al viejo vetusto se le caía la baba.

Me miraba como si yo hubiese sido un pollo a punto de rostizarse, ¿Qué ginecólogo habría sido capaz de mirar así a su paciente? Me preguntaba yo. Y luego sólo me respondí lo lógico: que el único ginecólogo capaz de eso, era justamente el ginecólogo de mi mamá. De mi mamá que siempre había vivido en el mundo donde llegaban a morir los cisnes. Al menos eso pensaba yo, mientras el beodo estaba a punto de comenzar a auscultarme completa. Me miraba como si hubiese sido un pollito. Entró a la fase más crítica. Seguía mirándome así. Los pechos. Porque fue justamente durante ese examen: él de los pechos, cuando el viejo ya se pasó de la raya. Agudizó sus ojillos minúsculos, y me lanzó el peor de los comentarios posibles.

-Los tienes pequeños pero bien formados.-Me dijo, dejándome completamente anonadada.

Porque se supondría que un doctor jamás debería decirle algo así a su paciente. Su comentario me dejó con una sensación terrible en la garganta. Como de bulímica a punto de meterme los dedos. No entendía por qué diablos me había revisado los pechos, si yo supuestamente, tenía los hongos mucho más abajo que allí. Y se lo pregunté, y él me contestó completamente inquisitivo. Me explicó que lo había hecho por razones médicas.

-Lo hice porque quería aprovechar de hacerte un chequeo completo, Cassandra, ¡No seas mal pensada niña!-Me respondió.

Y a mí me volvieron las ganas de salir corriendo. Las ganas de no verlo más. Pero no podía. El viejo estaba allí, a punto de pasar a la segunda fase más crítica, y yo me encontraba completamente inmovilizada. Estaba en su camilla. Así igualito como si hubiese estado con camisa de fuerza. El viejo sacaba sus pinzas. Argumentaba que gracias a sus pinzas, lograría sacar una muestra para determinar qué clase de infección tenía.

Sus pinzas eran como dos alacranes a punto de tirárseme encima. No tenían ni ojos ni orejas, pero el reflejo del acero me inmovilizaba igual. Ese viejo vetusto las movía despacio. Despiadado. Mientras me repetía una y otra vez que las pinzas no dolían nada. Pero qué podía saber él de dolor, me preguntaba yo, él que si ni siquiera había sido capaz de arrancarse los pelos de las orejas por miedo a sufrir. Ese viejo no sabía nada.

Pero me tenía en su camilla igual. Allí como santa huevona esperando el martirio. Allí sin saber si finalmente tenía hongos o no tenía nada, ¿Dónde mierda me los habría pescado?-me preguntaba yo. Porque la verdad sea dicha, ya llevaba más de un mes rascándome en “cierta parte” sin que esa “cierta parte” me dejara de picar un segundo. Tenía una especie de picazón que ardía. Una especie de diablillo interno.

Pero lo peor de todo no era eso. Era que los supuestos hongos ni siquiera me los había pescado, producto de mi lujuria. Ojalá hubiese sido así. Porque yo ni siquiera lo había pasado bien. Ni siquiera había tenido sexo. Me los había agarrado por mala suerte no más. Siendo casta, pura y fome. Quizás en qué lugar de este maldito mundo me los había agarrado yo. Quizás en ese wáter infesto del after hour donde trabajaba, o quizás en la pequeña base nica de mi mamá. Diablos cómo podía tener tan mala suerte. Porque allí estaba de nuevo, esperando el martirio. El martirio que me propinaría aquel veterano vetusto.

Con las piernas bien abiertas. Pensando en qué imbecilidad del futuro. Aunque lo más urgente era pensar que tarde o temprano tendría que escaparme de allí. Antes de que me metiese sus pinzas como un alacrán. Tenía que arrancar de allí. No podía seguir aumentando mi mala suerte. Y justamente fue en eso en lo que pensé, cuando de repente, le hice la pregunta más inapropiada del mundo.

-¿Doctor con qué afán me va a meter las pinzas, si usted ya sabe que tengo hongos y los hongos sólo se solucionan con una pastillita? -Le pregunté.

Y el viejo vetusto casi se me va en collera. Me dijo que él era el “dostor”, y que yo no tenía ningún derecho de estar cuestionándolo así, que él me metía las pinzas, únicamente para analizar qué clase de infección tenía.

-¿Qué acaso usted estudió medicina Cassandra?-Me preguntó. Y luego me metió las pinzas.

Las sentí tan heladas y quirúrgicas como un alacrán a punto de aparearse en seco. El alacrán me mordió. Una mordedura muda. Seca. Tan silenciosa y rápida como traicionera. Siempre he pensado lo mismo. Siempre he pensado que el dolor es un asunto difícil de sopesar. Uno no podría definirlo así, tan rápido. Porque las pinzas de un ginecólogo también significan dolor. Porque las picaduras de una abeja también significan dolor. Porque finalmente las picaduras de abeja se asemejan tanto a las pinzas de un ginecólogo: porque pican igual de rápido y dejan la cabeza igual de confundida y terremoteada.

Y yo salí así mismo aquel día del ginecólogo. Con la cabeza completamente confundida y terremoteada. De las manos de ese viejo vetusto. Porque yo salí de allí, con mis dos rodillas huesudas temblando. Errática e incierta como siempre soy, como siempre seré, como es Cassandra, porque Cassandra será por siempre Cassandra.

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