Carta a mi The One

Pensé que serías el primero, el último y el único. Pero fuiste mi peor error y yo el tuyo.

Te conocí un 20 de julio. Pensé que serías lo mejor que me había pasado en la vida. Nunca nadie me había logrado enamorar como tú y tu sonrisa. En un par de semanas, me hiciste tuya. Pensé que serías el primero, el último y el único.

De la mano me llevaste por tu camino. No fui tu primera vez, pero fui tu primera varias veces. Increíblemente lograste envolverme en tu cariño como ningún otro hombre había podido.

Tus palabras acertadas. Tus gestos precisos. Tus besos oportunos e inesperados. Pero así como llegaste a mi vida de la nada, de la nada saliste de ella.

Aún recuerdo cuando en tu cama hace un año me preguntaste mientras me mirabas rebozante de amor ¿por qué te demoraste tanto en llegar a mi vida? Me dijiste que me habías buscado y que al fin me habías encontrado. Sin saber lo que se venía te respondí risueña: ¿Por qué llegaste tan pronto a la mía?

Hoy me cuestiono después de un año y medio juntos: ¿Por qué cresta llegaste a mi vida? Me hiciste amarte. Me cegué y te perdoné mil errores que cometiste – muchos de los cuales ni siquiera te disculpaste. Te justifiqué hasta más no poder.

Hasta hoy pensé que eras el amor de mi vida. Sin importar lo que me dijeran de ti, creí que eras mi alma gemela, mi The One. Alguna vez te mencioné que creía en las medias naranjas, pero que también sabía que hay muchas piezas que pueden encajar casi perfectamente el puzzle.

Día tras día, tus palabras se silenciaron. Tus cariños se extinguieron. Tus besos se desvanecían. De vez en cuando me tomaste la mano, pero no como antes que temías soltarla. Te di todo lo que tenía y tú egoísta tiraste todo a la mierda.

Ya no sólo terminaste lijando los bordes del rompecabezas, sino que pudriste la última esperanza que tenía. Estaba convencida que me amabas, que eras para mí como yo para ti, pero ya no más.

No sé en qué momento te transformaste en un artista porque supiste perfectamente cómo trizar mi corazón en mil fisuras. Ahondabas las heridas con tu indiferencia. Cuando lloraba por tu culpa, en vez de consolarme, decías que era depresiva. Cuando necesitaba tu abrazo, me dabas la espalda.

Me humillé mil y un veces tratando de salvar lo que teníamos. Intenté ser la mejor dueña de casa que existía. Siempre honesta te dije lo que sentía y necesitaba. Te rogué por sexo ni para eso tenías tiempo.

No fuiste capaz de hacerme feliz emocional ni sexualmente. Terminé tocándome porque era la única que me hacía caricias. Ni siquiera recuerdo la última vez que hicimos el amor, porque hace meses que nuestro ocasional reencuentro era puro sexo – especialmente cuando llegabas fermentando en alcohol.

Con mucho dolor, te puedo decir que no habrá nadie que dude que fui lo mejor que tenías en tu vida. Que te cagaste la vida. Que espero que algún día alguien te haga pedazos. Pero que también espero que algún día seas feliz y tengas una familia. Porque sé que por más treintón que seas, sigues siendo un pendejo probablemente aún peor que cuando 15 años tenías.

Fuiste mi peor error y yo el tuyo. Por estúpido e inmaduro con tu mild-life crisis, dejaste que se te escapara el amor de tu vida. Porque tristemente para ti y para mí, estoy segura que estábamos hechos para estar juntos. Pero jamás podría volver a estar con alguien que me hizo tanto daño gratuito cuando decía que me quería.

Alguna vez te dije “espérame que te estaré esperando”. Esta vez no vuelvas porque no te estaré esperando.