Violencia… a mí me pasó

Supongo de repente es fácil hacerse el sordo y hacerse el ciego antes de aceptar una realidad tan dura. Supongo que cuesta reconocer que pasan cosas en tu casa que no te gustaría que sucedan. Supongo que ya fue suficiente de quedarse callada.

Caminaba solo con el afán de caminar. El puente Pío Nono no es el lugar más bonito del mundo, pero de repente se encuentran cosas deslumbrantes y otras no tanto, como el letrero gigante que hoy sostiene el concreto. Sobre una mole de metal se vislumbran los cuerpos de algunos rostros conocidos, supuestamente, “en pelota”. “La Jueza” posa desde una silla, mostrando su cara más sensual; una que en vez de simpatizar con la campaña parece hacerle propaganda a Victoria’s Secret. Luego, a su lado, el “tío Emilio” lanza una mirada de ferocidad, sacando a relucir su lado más sexy; mientras a un costado el recién sacramentado matrimonio Sánchez/Bolocco se deja fotografiar en algo parecido a una sesión de esas que repletan portadas de revistas siúticas. No obstante, debajo en letras grandes, reza una frase que no entiendo: “Me empelota la violencia contra la mujer”. Zamarreé mi cabeza. ¿Y qué chucha sabe usté de violencia? Tiene que haberlo vivido para saber.

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Sernam

La verdad es que no tengo idea de las historias de vida de estos personajes públicos, pero sus poses indican más farándula que realidad. No les puedo pedir más en todo caso. Nadie podría imaginar lo que se siente, hasta que (lamentablemente) te toca, te pasa. Es difícil ponerse en los zapatos de otro, es más fácil decir “a mi nunca me pasaría” si no has estado ni cerca de vivirlo. A mi me pasó y hoy puedo escribirlo con todas sus letras. Fui violentada y aunque se me escapen las lágrimas de solo pensarlo, sé que debo hacerlo. Me da impotencia ver como el SERNAM gasta plata en campañas poco efectivas. Poner a un par de hueones desnudos y crear un fonodenuncias no va a hacer que las víctimas llamen. La solución es otra: Como minas, como personas, debemos intentar convencernos de que realmente valemos; que si alguna de estas situaciones te pasa, nada te hace acreedora ni merecedora de ello. La verdad es que podí ser la tipa más segura del mundo, pero pareciera que cuando ese puto momento ocurre, ya no hay vuelta atrás.

Yo me reí toda la vida de “Lo que callamos las mujeres” (ese programa mexicano, cuya copia burda ahora anima la ex reina de los pokemones). Pensaba que si llegaba alguien y me gritaba o pretendía sacarme la cresta, yo lo iba a putear de vuelta; era solo que no tenía idea que finalmente son los sentimientos los que te hacen más vulnerable y pueden llegar hasta inhabilitarte frente a esa persona, entonces te disminuyes. Acatas y te haces pequeñita. Yo pololeé dos años con un hombre que me violentó tanto física como psicológicamente. Un gallo que me decía que yo no lo respetaba como él merecía y que, a raíz de ello, me debía enseñar. Que yo lo sacaba de quicio, que ningún hombre normal me aceptaría, que estaba loca; que lo obligaba a salirse de sus límites para enrielarme. Era una persona a la que yo tenía que aguantarle sus berrinches; que rompiera cosas, que destruyera vasos, que lanzara objetos por los aires para que luego cabeceara como energúmeno contra las paredes. Y mientras yo más me rebelaba, era peor. Llegó un momento en que patear objetos ya no le bastaba.

En un principio, le contestaba. Pero cada vez se ponía más agresivo y el miedo a perderlo me hacía presa fácil de su enojo. Entonces me convencí de que lo tenía que tolerar; que al fin y al cabo sí era un hombre bueno, que en realidad el daño no era tan grave y que todas las parejas peleaban, que era solo que su personalidad era un poco más pasional. Creía que me quería y me había convencido de que quería lo mejor para mi. Y que si yo no entendía con palabras, gritarme era la forma de ayudarme a comprender. Me convenció de que la mala era yo. Me transformé en una sumisa. Asistimos a sesiones con una psicóloga que me recomendó “actuar” de frágil cuando el se pusiera violento, que me hiciera chiquita como pepita de ají, que llorara desenfrenada y que el me viera tan humillada que solo tuviese que parar. Tenía que agachar el moño y ayudarlo con su cometido, así que portaría mejor.

Entonces, la próxima vez que me tuvo contra una pared, no peleé contra su fuerza, sino que lo deje ser hasta que me vio lloriquear inconsolablemente para después abrazarme y decirme “¿ves lo que me haces hacer?”. Y creí que la psicóloga tenía razón. Dentro de los meses siguientes me dediqué a atenderlo, a hacerlo feliz para que se sintiese satisfecho conmigo, pero había algo que me hacía sentir incómoda, a pesar de que sí se habían apaciguado un poco las aguas. Era que tenía vergüenza. Me daba pánico que alguien supiera, que pensaran mal de mi pololo, que dudara de mis elecciones o peor, que saliera a la luz la verdad de mi casa y que gente se enterase que mi novio era un agresor y que yo no hacía nada.

Pero un día fue suficiente. Siempre hay una gota que rebalsa el vaso. Sus celos lo condujeron donde mi ex con el afán de que yo gritara y ese saliese a defenderme. Y decidí no aguantar. Lo amenacé con denunciarlo y él se rió. “¿Y quien te va a creer, si yo soy hombre y tú solo mujer?”. Me lo creí. Pensé que no había salida y atine a solo correr, prometiéndole a todos los santos que si es que salía de esa, me volvería hasta católica; mientras el caminaba a paso lento tras de mi, asegurándome que por mucho que avanzara, el siempre iba a ser más rápido. No recuerdo haber sentido una impotencia más fiera que la de ese día. Recordaba a los conocidos que normalmente frecuentábamos y, a pesar de que a veces habían signos de violencia, nadie decía nada. Así tampoco los transeúntes esa tarde; era obvio que yo escapaba de alguien; nadie se acercó a ayudarme.

Volví a mi casa y lloré lo que no había llorado ni de guagua. Pensé en morir, en lanzarme al Mapocho pero el bichito del amor propio picaba desde algún lugar del subconsciente y empecé a cachar que estaba mal, que tenía que detenerlo. Que ni siquiera lo quería, que como mierda iba a querer a alguien que me hacía tanto daño y que me hacía sentir como un papel como mocos pateado en el piso. Supuse que mis pensamientos diarios no estaban siendo racionales e intente tratar de pensar con más frialdad. Tenía que aprender a valorarme, a saber de que merecía más; mucho más.

No voy a intentar dármelas de superheroína. La verdad es que el show acabó porque fue él quién me dejó. Consiguió polola nueva y se dedicó a humillarme con todos los que conociera, y aun así, no pasó la obsesión. Pero sobreviví, me volví a rodear de amigos y de a poco, salí adelante. Me di cuenta que no era una mierda, pero jamás conté nada hasta que el daño ya era evidente: Se me desataban crisis de histeria ante el más mínimo estímulo. Ahí tuve que comenzar a hablarlo… Muchos me preguntaba si es que el me pegaba. No, el jamás me pegó un cacho pero sí me tomaba con fuerzas, sí me enterraba las uñas, sí me hundía sus manos en los brazos y azotaba contra rejas. Sí, me decía que yo tenía suerte de ser querida por él porque realmente yo no valía nada, que tenía que estar contenta de que él me tomara en serio. Sí, me hizo sentir una mierda y no necesito exactamente empuñar la mano y lanzarme un combo en el ojo.

Han pasado tres años desde mi infierno y hoy, por fin, puedo decir que se acabo. Le envié una carta hace poco. No me importaba si se reía, si la leía o si no. Yo necesitaba liberarme, gritarle y escupirle en la cara todo lo que me había hecho. No soportaba saber que el era feliz mientras me había cagado la vida. Y me pidió perdón, alegando que el karma se lo había hecho bolsa y que estaba arrepentido. Pero su confesión no me sirvió de nada, la que necesitaba perdonarse era yo misma.

Ahora tengo dos cosas claras: Si es que existe alguna forma de frenar esta situación, es ayudándonos entre compañeras. Si veí una galla que tiene marcas raras, que llora y que siempre está triste, háblale. Hay que apañarnos en minas. Al menos sabrá que hay alguien al que le importa. Dos; a pesar de las buenas intenciones del SERNAM, que Emilio Sutherland te diga que esto está mal, jamás va a ser tan cercano como una amiga. Tenemos que fortalecer las relaciones entre comadres, confiar más. Yo sé que, de repente, no se ve luz al final del túnel. Pero si estai envuelta en esto, necesitai saber que todo pasa y que nada es eterno, pero que si no conversas con nadie y no vuelves a creer en ti misma, nada distinto va a suceder. Hoy escribo esto inundada en lágrimas, pero no son gotas de tristeza. Abrirse un poco es drenar la herida y ahora sé, con certeza, que todos los hombres no son como ese pelota y que un día, pronto, muy pronto, volveré a ser feliz.