Mi fin de semana infernal en Pichilemu

Cassandra vuelve con una nueva historia…

Esta historia. O sea la historia que le contaré a continuación a mi diario, comenzó en un bus. Más bien mi mala suerte comenzó en un bus. Me encontraba yo camino a Pichilemu con una amiga, (que después descubriría que era mi enemiga), cuando de pronto comenzó a sucederse todo. Los acontecimientos que me llevaron al estiércol. Uno a uno en cadena. Primero me robaron. Una mujer con tres michelines, pelo de paja y cara de culo, me robó. Fue así, la mujer estaba sentada al lado mío, y se aprovechó cuando me paré para ir al baño. En ese momento se llevó mi billetera. La muy desgraciada me dejó completamente a la deriva. El bus arribó a Pichilemu y yo me encontraba completamente a la deriva.

Metí la mano y ya no estaba. No tenía ni un peso para andar. La cartera iba enfriándose por dentro. Como una culebra de sangre fría. Era imposible andar así. Andar sin plata en Pichilemu. Divertirse sin un peso para ofrecerle al mundo. Las cosas estaban comenzando mal. Había planeado por más de dos meses ese viaje, y las cosas estaban comenzando mal. Suponía que sería un paréntesis en mi vida. La invitación de una amiga para divertirme. Yo nunca antes había ido con una amiga a la playa. Nunca antes había hecho un esfuerzo tan evidente por ser feliz. El agua salada me ponía amarga. El mar traía algo triste subyacente. El mar y las amigas eran una nomenclatura nueva para mí. Pero la pobreza la ponía mal.

Éramos definitivamente el punto más negro de la playa. El sol sobre las cabezas. El viento de Pichelemu azotando todo. Mi amiga rolliza bajo un quitasol. Caminando entre surfistas. Surfistas rubios y bronceados. Gente linda caminando. Gente linda enterrando sus piececitos en la arena. La imagen de la perfección. El gusto amargo de la derrota. Ser fea en un país de lindos. La pobreza en los bolsillos. Y los bikinis perfectos que encandilan. Nunca antes había visto gente así. Tal vez sólo un par de veces en mi vida. Tal vez sólo un par de ejemplares en el aeropuerto. Pero nunca un puñado de esa magnitud. Tan grande en una playa. Ni siquiera sabía por qué me encontraba allí. Ni siquiera sabía cómo mi amiga me había convencido de llegar allí.

-¿Por qué estamos aquí?-.Finalmente le pregunté mientras miraba extrañada el ambiente.
Y ella me respondió algo que me dejó aún consternada. Aún más sobresaltada de lo que había quedado con el robo. Me dijo que sólo habíamos llegado hasta allí para ver ganado. Dijo la palabra “ganado” y se río. Quería ver surfistas. Me había hecho llegar hasta allí únicamente para verlos. Además- aclaró-que ya no quedaba más tiempo qué perder. Nunca supe a qué se refería exactamente cuando dijo que ya no quedaba más tiempo qué perder.

-Aquí vinimos a vitrinear, así que ponte las pilas al tiro.- Me dijo.

Y yo pensé que ella era sencillamente muy extraña. Que la gente también podía ser sencillamente muy extraña. Que uno jamás terminaba de conocerla. De saber realmente quiénes eran. Yo con mi amiga, por ejemplo, habíamos estado en miles de situaciones juntas, pero aún así, jamás me había confesado nada. Jamás me había confesado esto, que su gran anhelo siempre había sido pescarse a un surfista. Y que incluso había sido capaz de llevarme a mí, a mí que era su amiga, a un viaje completamente “engañada”, para lograrlo. Era insólito, pero yo ya estaba allí. Y ella seguía insistiendo en pescarse a uno.

A uno que capeara olas y tuviera el cabello tan amarillo como el pichi. A uno que fuese exactamente igual que una imagen de Turistel. El único problema era que mi amiga no pertenecía a la categoría folletinesca de Turistel. Mi amiga era justamente lo contrario de eso. Mi amiga era de esa clase de personas, que miraban el mundo a la redonda. Lucía como una verdadera pelota de fútbol bajo un quitasol. Pero aún así, era incapaz de verlo. De ser testigo de su verdad. De ser testigo de que era la antítesis de un surfista.

-Estos surfistas jamás nos van a pescar a nosotras.-Le dije. Pero ella en vez de encontrarme la razón, comenzó a echar humo por las narices. Estaba completamente enfurecida.

-Pucha Cassandra, ¡Eres pájaro de mal agüero! No ves que así sólo atraerás la mala suerte.-Me dijo.
Y yo casi no pude creer lo que escuchaba. La encontré tan perdida que me puse a mirar hacia el horizonte. Hacia cualquier lugar desconocido. Hacia cualquier lugar donde mis ojos no se tuvieran que cruzar con su humanidad. Miré el mundo de los surfistas. El mundo al cual ella anhelaba pertenecer. Ese mundo, compuesto por esa gente que capeaba olas hasta que se escondiese el sol. Hasta que se acabase el mundo. Ese mundo inalcanzable.

-Ninguno nos pescará nunca.-Volví a repetirle, y ahí sí que se enojó conmigo.

Tanto que hasta se negó a comprarme un Superocho. Yo no tenía ni un peso y sólo quería uno, pero ella me lo negaba hasta el infinito. Me decía que no me merecía nada. Me encontraba a su merced.
-Los pájaros de mal agüero como tú, se deberían cagar de hambre.-Me dijo.

Y después se engulló un helado. Se lo engullo completo y sólo me dio una mascadita. Se merecía un bofetón. Cómo alguien podía ser así. Cómo alguien podía tener a una amiga en semejantes condiciones; muerta de calor, muerta de hambre y muerta de sed. En plena playa, mirando hombres, que jamás nos pescarían. La situación era a todas luces denigrante. E increíblemente se volvería aún más denigrante. De hecho nos llegaría una sorpresa aún peor.

La sorpresa se llamaba Mickey. Mickey dijo hola y se puso a conversar. Comenzó a latearnos con sus historias sin sentido. Mickey era una verdadera pesadilla. Cualquiera que lo hubiese visto, hubiese pensado, que era la quinta esencia del papanatas. Mickey era una especie de sujeto triste. Era amigo de los agraciados, pero sin ser ni una gota agraciado. Era una especie de puente para llegar a ellos. De hecho mi amiga lo vio como un puente para llegar a ellos.

-Nos servirá más adelante.-Dijo mi amiga, mientras calculaba fríamente todo el usufructo que podía llegar a sacarle a su invitación.

Porque Mickey nos había invitado a una fiesta con los surfistas. Y aunque mi amiga juraba que esa era su gran oportunidad en la vida, nada resultó como esperaba. Las cosas suelen no resultar como se esperan. El ocaso de esa playa se tiñó de gris. Un saco repleto de mala suerte cayó sobre nosotras. Dos niñas perdidas caminando solas en un potrero. Mi amiga terminó más sola de lo que ya estaba. Y yo, bueno yo, aún peor. Yo terminé revolcándome en el estiércol. Quedé con olor a estiércol.

La fiesta se hizo en un potrero. Y en el potrero abundaba el estiércol. Ambas estábamos allí. Allí cuando de pronto Mickey comenzó a darnos de su brebaje. Su brebaje era de lo peor. El peor pipeño de este mundo. Tan malo que me dejó “terremoteada”. Girando en mi propio eje. Lo bastante damnificada como para comenzar a girar en mi propio eje. Eso, hasta que de pronto me caí. Sólo vi un montón de paja. Paja mezclada con estiércol. Olor a estiércol. Ese olor a estiércol se impregnó en toda mi ropa y mi propio pelo. Mi amiga me dijo que había quedado con ese olor.

-Apestas como un zorrillo.- Me dijo.

Y luego la noche comenzó a decrecer. La noche con olor a estiércol comenzó a bajar de plano su telón.