Mi traumática primera vez

Dicen que es mejor cuando es con alguien especial que con cualquiera.

Para haber crecido viendo demasiada televisión gringa, ser virgen a los 18 años era un tema. Para haber estado rodeada de puros católicos – algunos hipócritas obviamente -, no era tan terrible.

Pero desde que tengo uso de razón siempre quise tener sexo y más de una pareja. Tener tríos no era una opción, era parte de mi to-do list sexual. Experimentar era más que jugar, era conocerme y a mi sexualidad.

Sin embargo, tuve varios pinches en el colegio y un par de pololos, pero nunca los pude aguantar lo suficiente como para soportarlos entre mis piernas. Ya con 18 años, entré a la universidad. Me fui del campo a la gran ciudad. Era un mar de oportunidades: no me importaba con quién ni dónde.

Pasaron los meses y los wuachitos ricos que conocí el primer día de clases se tornaron en nerds o perritos zorrones que no se merecían mi tan apreciada flor. Nunca la aprecié en sí, pero el acto sexual siempre.

Entre los cambios como novata, mis hormonas tenían mi líbido e histeria por las nubes. Después de un insólito atraso de mi menstruación e incluso haber soñado que llegaba el arcángel Gabriel a anunciarme que sería la próxima Virgen María, que llevaba el nuevo mesías en mi vientre, entre ataque de risas decidí que tenía que volver sí o sí donde mi ginecóloga.

Para ese entonces mi ginecóloga era la mamá increíble que a todas les habría encantado tener. A diferencia de mi madre, el sexo no era un tabú, sino parte de nuestra naturaleza. Aún recuerdo mi primera visita a su consulta, obviamente mi madre entró conmigo – tenía recién 15 años. Me preguntó al frente de ella si había tenido relaciones sexuales, ella contestó antes que yo: No. Minutos después me llevó al baño para cambiarme y me susurró “dime la verdad, ¿ya no eres virgen? Tu mamá no se va a enterar”. Con admiración y un poco anodada le dije que no.

Cinco años después volví a esa misma consulta. Entre un par de chistes sobre sexo, me desvestí y me senté en esa traumática camilla que te abre las piernas para que se te vea literalmente hasta el alma. Estaba tranquila, no sabía qué iba a hacer, pero en el peor de los casos me metería un cottonito, pensé.

No alcancé a preguntarle qué era lo que tenía en la mano cuando me atravesó y sentí algo apunto de pincharme un pulmón. Jamás había enterrado tan fuerte mis uñas. Mi respiración se entrecortó. Mi ritmo cardiaco se disparó encendiendo mis mejillas. Tan rápido como entró, salió.

Cerré mis piernas. Me pidió que me vistiera nuevamente. Sin poder caminar normalmente ni sentarme sin que me doliera, frustradamente pensé: esa wea fue mi primera vez y ni siquiera tuve un orgasmo. Para su sorpresa, cuando me preguntó cuánto tiempo llevaba sexualmente activa, respondí que aún era técnicamente virgen. El furor con el que corría mi sangre por las venas de mi rostro hacía impresionante contraste ante lo pálida que ella se veía al escuchar mi respuesta.

Mientras me iba con una serie de éxamenes que debía realizarme, no pude evitar pensar “me violó el aparato de la ecografía“. En mi caso no fue traumático el hecho, sino el dolor. No lo consideró como mi verdadera primera vez, porque aunque mi himen se hubiese roto aquel día, no es lo mismo tener un aparato que un pene entre tus piernas. Al igual que no es lo mismo tener a cualquier chico que a un chico al que quieres y te respeta.

A estas alturas de mi vida, no es más que una anécdota de la que todavía me río con mis amigas. Cada vez que me hincho o que estoy más guatona, no falta el chiste sobre “ecografito“.