Adolescencia colibrí

Salir del clóset puede ser una etapa difícil, pero vivir la adolescencia encubierto o, peor aún, afeminada es literalmente una tragedia.

Lorenzo se va de viaje a EEUU y nos juntamos los cuatro sospechosos de siempre a conversar. C.V., Feña Olave y yo, más el festejado. Entre copas de champaña y pinchos de pollo al merkén, recordamos nuestras salidas del clóset. “Cuándo estuviste en el clóset voh, huevona”, me dice C.V., todos reímos: no soy el hombre al que menos se le note que es gay. No ando de challa rosa por la vida, pero soy alguien que claramente no pasa piola con su geidad. “El colegio debe haber sido una tortura”, me dicen.

Esa noche, pienso, mientras escribo con una taza de café y un Malboro, que sí, quizás todo hubiera sido más fácil si en mi adolescencia no hubiera sido tan colibrí, si se me hubiera notado menos, si mis manierismos hubieran sido menos femeninos. Luego me enojo: ¿Por qué debería haber sido piola? Y luego leo sobre las Putas Babilónicas. Las denominadas “nuevas Yeguas del Apocalipsis”. Y las amo. LOS amo. PB, como le diremos a este colectivo, son el primer “conglomerado” de estudiantes homosexuales de Chile, todos del emblemático Liceo Lastarria, para más remate. Pienso en lo difícil que debe haber sido hacer ese espacio. Porque claro, en mi colegio todo era rugby y terror/odio al cola, pero me imagino como debe ser en el Chile real, ese donde tiran cáscaras de naranja a los maracos, donde te hacen la vida imposible, al borde de las ganas de suicidarte. No por nada existen iniciativas como “Todo Mejora”, enfocado en terminar con el bullying y discriminación a homosexuales adolescentes, con el mensaje (bien gringo, pero no por eso menos cierto) de que hay que aguantarse. Todo mejora.

Ese mensaje, a veces, me emputece. Porque si bien es cierto, y en Gringolandia varios famosos dan su apoyo a esta iniciativa, también pienso que no hay una postura contestataria de pelear por tu espacio, de ser tú. No es solo que “todo mejora”, sino que mejora siempre y cuando seas tú. Y pelees. Recuerdo en el colegio, cuando las cosas “mejoraron”. ¿Qué implicaba? Pasar desapercibido, ser más piola, hablar menos, enfocarse en escribir, leer, rogando a Diosito que por favor no me molestaran. Cero opción ser maraco-maraco. Y por eso la actitud contestataria de las PB me llena de orgullo. El primer colectivo de estudiantes homosexuales de Chile me genera admiración, ternura, y ganas de salvarlos.

Estos estudiantes, tan seguros de sí mismos, “acuden a las marchas con los labios pintados y tacos, califican a la Ley Zamudio como un placebo para el movimiento gay y abogan por una revolución de carácter sexual”. Forman parte de la Coordinadora de Organizaciones de Disidentes Sexuales (Codisex), se enfrentan públicamente al Movimiento de Integración y Liberación Homosexual, Movilh, el Movimiento por la Diversidad Sexual, MUMS, y la Fundación Iguales, por su no reflejo de la homosexualidad nacional, las generalidades vagas en sus luchas y la aceptación de un sistema “heternormado” donde hay que pasar piola. Entonces viene mi admiración. Mi ternura al ver un escolar peleando contra una sociedad heteronormativa. Y mis ganas de salvarlos un poco de ser los únicos de llevar esta lucha tan pesada en hombros de dieciséis años. En una adolescencia colibrí donde uno solo quiere entender su rumbo y ser aceptado tal cual es.

Y entonces me cuestiono: ¿Habrá algún gay que realmente acepte que “el día que te aceptas como diferente, te vuelves inmediatamente normal”?