Responder como Miss

Y si fueras Miss Chile y te preguntaran por el orgullo de ser chilena, ¿qué contestarías?

Por más que traté, me acosté temprano y puse el despertador a las cinco, a las seis y a las siete; nada, ni siquiera los maestros del edificio de al lado lograron despertarme para ver la trasmisión de Miss Mundo. Al parecer la emoción de visualizar a la candidata chilena Camila Andrade bailando con algo en la cabeza, que parecía más de vikingo que de pascuense, no era tan atractiva. De verdad, ni siquiera me interesan los concursos de belleza; mi fascinación nace desde el hecho que no hay nada en el cosmos más morboso y atrayente (aparte de los discursos de nuestro Señor Presidente Sebastián Piñera, con todo respeto) que escuchar las respuestas de las candidatas al cetro femenino más codiciado de la galaxia. Respuestas fantásticas como la de esa mujer única que quería aparearse con el papa o la genialidad de la panameña que creía que Confucio era un chino/japonés antiguo- muy antiguo que habría creado la confusión, son deleites sabrosos que uno se puede permitir una vez al año con solo prender el televisor. Bueno, y si usted busca cosas aún más banales, sintonice esa sandez de “Princesitas”, que es como el alma mater de la estupidez humana.

Está clarísimo que uno como espectador se agarra la cara, se muerde la mano y le pregunta a Dios si es que existe alguna razón de peso para que usted merezca ver a gente tan retardada y subnormal a través de su pantalla, pero intente responder alguna de esas preguntas en el lapsus de 30 segundos. ¿Está seguro que puede? Sí, sí sé que las preguntas se las pasan antes, pero figúrese plantado ante una multitud de gente que espera que usted diga algo coherente y sonría a la vez (lo cual, es un lujo que no todos pueden permitirse). ¿Cuáles son las probabilidades de salir airoso? Por mi parte, casi nulas. Yo, baja y patas chuecas, enfrentada a un sinnúmero de personas que, en silencio, esperan verme caer ante una pregunta tan básica como ¿qué es la felicidad? Creo que podría llegar a desmayarme con solo intentar balbucear algo como “eh, felicidad es sencillez porque las cosas son simples y sencillas y el corazón humilde humano es humilde, gracias”, cuando en verdad querría contestar algo como que “la felicidad se construye con cosas sencillas”, para luego poner cara de emocionada y ondear mi mano de un lado para otro.

O si la cuestión fuera que se me diese la posibilidad de concretar una nueva ley que no existiese en mi país, personalmente, gritaría sin ningún pudor que promulgaría una ley que capara a los violadores de niños y mujeres; pero todas las organizaciones de derechos humanos se me vendrían encima y tendría que improvisar algo menos radical, como que la información nutricional de los productos alimenticios debería ir en la parte de adelante y no en la de atrás de los artículos (lo cual tampoco es una mala idea; creo que debería presentarme a candidata).

Más difícil aún, si mi sinceridad fuese la que estuviera puesta en juego: “Miss Sureña, si no hubiese reglas en su vida por un solo día, ¿qué haría?” Bueno, la verdad es que haría pipí en arbolitos, correría desnuda por las calles y robaría cerveza de todos los bares para llenar una piscina y bañarme en ella, pero como es solo una interrogante hipotética y mi prestigio estaría en juego, tendría que enunciar algo como “entraría a los archivos clasificados de todas las empresas que actualmente están siendo imputadas por diversos casos de dudosa reputación y le pasaría toda esa información a Emilio Sutherland para que pudiese meterlos a todos presos, gracias”.

Pero creo que lo más difícil de todo, sería si es que alguien me preguntase por qué me siento orgullosa de ser chilena. Cresta. No sabría si ponerme a llorar o salir corriendo, porque (lo quisiese o no) esas preguntas están absolutamente diseñadas para mentir. Todas las Misses de todo el mundo dicen que los hombres de su tierra son trabajadores, esforzados y de carácter maravilloso, aunque en la práctica sean amargados y sacavueltas. ¿Por qué yo me siento orgullosa de ser chilena? Creo que es más fácil decir por qué no se me hincha el pecho el pertenecer a esta nación: Mi país creo la ley Zamudio, luego que un tipo inocente tuviese que morir a manos de idiotas intolerantes, sin embargo aún ningún juzgado procesa a ningún tarado bajo esa legislación. Un futbolista borracho atropella y mata a una joven; filo, total es “deportista”, sale libre. Tres niñas y su madre denuncian a un ejecutivo por abusos sexuales. Se sabe que es muy difícil que niños mientan en esas circunstancias, pero él es gerente entonces da lo mismo, sale airoso. Mi país está a punto de escoger nuevo presidente y son dos mujeres las que presentan la mayor posibilidad de ganar. Una ya fue mandataria e inauguró hospitales de mentira, autorizó 42 termoeléctricas e hizo caso omiso a los yankees diciéndole a la gente de Dichato que se fuera a su casa y que no había peligro alguno (además de ser incapaz de reconocer su error); y la otra es una señora con poco tino, baja tolerancia y más chucheta que grito de feria, con un prontuario que incluye escuchas telefónicas no autorizadas y hacerle la desconocida a temas país como Monsanto.

Entonces, ¿de qué me podría sentir orgullosa? Sí, creo firmemente en un Chile de gente alegre, pero todos los Septiembre también veo como mi nación se divide; cómo cierta gente sigue sembrando mayor resentimiento del que ya hay, cómo otros son incapaces de respetar el dolor ajeno y cómo hay viejos que creen que porque somos jóvenes no tenemos derecho a hablar ni a opinar. Creo en un Chile de trabajadores, pero de repente la realidad y las noticias te pegan en la cara y no sabes ya que creer. Creo en un país de esfuerzo, pero también creo que no hacemos nada por hacerlo mejor cuando veo la cantidad de personas apáticas que callan ante temas que nos atañen a todos, pero que no parecen atacarnos directamente. Y si veo tanta gente que flota ante los tópicos nacionales… de verdad, no sabría qué contestar.

Entonces, me miro la guata y los tutos de pollo engordado y recuerdo la suerte de poder hablar tonteras en la absoluta comodidad de mi casa sin tener que responderle nada a una audiencia a la que no le importa. Aunque no miento, me encantaría ser Miss Chile. ¿Y a quién no? Podría hacer un buen negocio y contribuir a una buena causa; creo que ahora luciré “sonrisas pep” más seguido; en volá’ me cae una corona encima. Uno nunca sabe.